|
|
|
 |
LA CONTINENCIA DEL
ESTOMAGO |
Como primera cosa, hablaremos de la continencia del
vientre, que se opone a la gula. Diremos pues, cómo hacer los ayunos y cuál
deberá ser la calidad y la cantidad de los alimentos. No hablaremos de
nosotros mismos, sino que mencionaremos lo que hemos recibido de nuestros
santos Padres Ellos no tenían una única regla para el ayuno ni una única
manera de comer los alimentos; ni siquiera nos han transmitido la indicación
de una medida, ya que no todos tienen la misma fuerza, ya sea por edad, por
enfermedad, o por una constitución física particularmente delicada. Hay, sin
embargo, un único objetivo: huir de la saciedad y evitar llenar nuestro
estómago.
Un cierto ayuno diario ha sido considerado más ventajoso y más adecuado para
conducirnos a la pureza, que un ayuno que se arrastra por tres, cuatro días
o aun una semana. Se dice que el ayuno que se prolonga sin medida es seguido
por un período de exceso en las comidas. De tal modo, es posible que la
abstinencia exagerada de alimentos haga que el organismo pierda su vigor,
tornándolo perezoso en su servicio espiritual, o que el cuerpo, sintiéndose
pesado por el exceso de comida, produzca en el alma pereza y relajamiento.
Los Padres no consideraron apto para todos el ingerir
verduras o legumbres, ni que todos pudieran hacer uso, como alimento
cotidiano, del pan duro. Se ha visto cómo uno que come dos libras de pan
sigue teniendo hambre, mientras que otro, comiendo solamente una, o aun seis
onzas, se siente satisfecho. Tal como se ha dicho anteriormente, lo que nos
han transmitido como regla para observar la continencia es solamente esto:
que no nos dejemos engañar por la saciedad del estómago, ni nos dejemos
arrastrar por el placer de la gula. En efecto, no solamente la variada
calidad de los alimentos, sino también las distintas cantidades de los
mismos, pueden encender en nosotros las flechas inflamadas de la
fornicación. Más aún: no es solamente la ebriedad del vino la que embriaga
nuestra mente, sino que incluso la saciedad del agua o el exceso de
cualquier comida la tornan aturdida y somnolienta. El motivo que produjo la
destrucción de los sodomitas, no fue la ebriedad producida por el vino o por
los variados alimentos, sino por la saciedad del pan, tal como dice el
profeta.
La debilidad del cuerpo no nos impide alcanzar la pureza
del corazón, si no ofrecemos a nuestro cuerpo otra cosa que lo que la
debilidad nos pide, y no lo que exige el placer. Debemos utilizar alimentos
tanto cuanto es necesario para mantenernos con vida, no lo que nos induce a
servir a los impulsos de la concupiscencia. Una toma moderada de alimentos,
según nuestro razonamiento, contribuye a la salud del cuerpo y no quita nada
a la santidad. La regla de continencia y la norma exacta que nos
transmitieron los Padres, es la siguiente: el que tome un alimento
cualquiera, deberá detenerse cuando aún tiene apetito, sin esperar la
saciedad. Cuando el Apóstol nos dice que no debemos preocuparnos de la carne
para satisfacer nuestra concupiscencia (Rm 13:14), no trata de prohibirnos
lo necesario para mantenernos con vida, sino que intenta prohibir un
tratamiento que nos induzca a la voluptuosidad.
Además, para lograr una pureza perfecta del alma, no es
suficiente con abstenerse de alimentos, sino que otras virtudes son
necesarias. Mucho beneficia a la humildad la obediencia en el trabajo y la
fatiga del cuerpo, así como beneficia el mantenerse lejos del amor por el
dinero, lo que no significa sólo no tener dinero, sino también evitar
desearlo ansiosamente: esto es lo que guía al alma realmente a la pureza. El
abstenerse de la cólera, de la tristeza, de la vanagloria, de la soberbia,
son todas cosas que producen la pureza global del alma. En cuanto a esa
particular pureza del alma, fruto de la templanza, la misma se obtiene con
la continencia y con el ayuno. Porque es imposible luchar en nuestra mente
con el espíritu de la fornicación, teniendo el estómago lleno. Por lo tanto,
nuestra primera lucha será por lograr la continencia del estómago y el
doblegamiento de nuestro cuerpo, no solamente mediante nuestro ayuno, sino
también velando con la fatiga, la lectura y con el recogimiento de nuestro
corazón, temerosos de la gehena y deseosos de acceder al Reino de los
Cielos. |
 |