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LA TRISTEZA |
Nuestra quinta batalla es contra el espíritu de la
tristeza que oscurece el alma y no le permite ninguna contemplación
espiritual, impidiéndole toda obra buena. Cuando nuestro espíritu
malvado aferra el alma y la obnubila, no le permite cumplir sus
oraciones con buena disposición de ánimo ni perseverar en el provecho
que traen las sagradas lecturas, no permite que el hombre sea humilde y
tierno hacia sus hermanos, en pocas palabras, le genera odio por
cualquier tipo de actividad y por la promesa misma de la vida. Quiero
decir esto: la tristeza, confundiendo todas las saludables decisiones
del alma, aflojando su vigor y su constancia, la vuelve estúpida y la
paraliza, sostenida por el pensamiento de la desesperación. Por tanto,
si estamos dispuestos a combatir la batalla espiritual y, junto a Dios,
vencer a los espíritus de la malicia, deberemos custodiar nuestro
corazón con toda posible vigilancia contra el espíritu de la tristeza.
Así como la polilla roe el traje, y el gusano la madera, así la tristeza
carcome el alma del hombre. Ésta induce a retirarse de toda buena
conversación y no nos permite aceptar una buena palabra de consejo, ni
siquiera de amigos sinceros, ni a su vez darles una respuesta buena o
pacífica; por el contrario, envuelve toda el alma colmándola de amargura
y de tedio. También le sugiere rehuir de los hombres, como si éstos
fueran culpables de su turbación. No le permite reconocer que su mal lo
lleva dentro y que no le viene del exterior; se manifiesta cuando,
estimulada por las tentaciones, es llevada a la superficie. Nunca un
hombre causará daño a otro si no lleva en sí mismo las causas de las
pasiones. Por este motivo, Dios, creador de todas las cosas y médico de
las almas, Él, que es el único que conoce con precisión las heridas del
alma, no nos manda abandonar nuestras relaciones con los hombres, sino
que eliminemos en nosotros mismos las causas de la malicia y
reconozcamos que la salud del alma no se practica por la separación
nuestra de los hombres, sino cuando vivimos y nos ejercitamos junto a
los virtuosos.
Cuando abandonamos a los hermanos con un pretexto cualquiera -
¡razonable, por supuesto! - no hemos eliminado las ocasiones que
producen la tristeza, las hemos solamente cambiado por otras, porque el
mal que se ha instalado dentro de nosotros las renueva sirviéndose
incluso de objetos diversos. Por tanto, toda nuestra guerra deberá ser
llevada a cabo contra nuestras pasiones íntimas. Una vez que, con la
gracia y la ayuda de Dios, las hayamos echado de nuestro corazón
podremos vivir fácilmente, no digo con los hombres, sino también con las
bestias salvajes, según lo dicho por el bienaventurado Job: Estarán en
paz contigo las bestias salvajes (Jb 5:23).
Antes que nada, deberemos luchar contra el espíritu
de la tristeza que empuja el alma a la desesperación, a fin de echarlo
de nuestro corazón. Porque es éste el espíritu que no ha permitido a
Caín arrepentirse después del asesinato de su hermano, ni a Judas
después de la traición al Señor. Practicaremos solamente esa tristeza
que es necesaria para la conversión de nuestros pecados, unida a una
buena esperanza. Y de ésta el Apóstol nos dice: La tristeza según Dios
produce una conversión saludable de la que no nos arrepentiremos (2 Co
7:10). Porque la tristeza según Dios al nutrir al alma con la esperanza
de la conversión, se halla mezclada con la alegría. Por tanto, el hombre
se torna dispuesto y obediente en cada obra buena; se torna afable,
humilde, manso, paciente, capaz de soportar toda buena fatiga y toda
aflicción, todo lo que es según Dios. Y por esto se reconocen en el
hombre los frutos del Espíritu Santo, es decir, la alegría, el amor, la
paz, la paciencia, la bondad, la fe, la continencias. De la tristeza
contraria reconoceremos los frutos de un espíritu malo que son: el
tedio, la intolerancia, la cólera, el odio, la contradicción, la
desesperación, la pereza en la oración.
De una tristeza tal, deberemos huir como de la
fornicación, del amor al dinero, de la cólera y otras pasiones. Esa
tristeza se cura con la oración, la esperanza en Dios, la meditación de
las divinas palabras y viviendo con hombres píos.