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Nuestra sexta lucha es contra el espíritu de la
acidia, que está unido al espíritu de la tristeza y con él colabora,
siendo éste un terrible y pesado demonio, siempre pronto a ofrecer una
batalla a los monjes. Cae sobre el monje en la hora sexta produciéndole
desasosiego y escalofríos, causándole odios hacia el lugar donde se
encuentra y contra los hermanos que viven con él, así como respecto de
su trabajo y de la lectura misma de las divinas Escrituras. Le insinúa
también el pensamiento de cambiar de lugar y la idea de que, si no
cambia y no se muda, todo será fatiga y tiempo perdido. Además de esto,
le dará hambre alrededor de la hora sexta, un hambre tal como no le
sucede después de tres días de ayuno, de un largo viaje o de una gran
fatiga. Luego hará que surjan pensamientos varios, tales como que no
podrá nunca liberarse de tal mal o de tal peso, si no sale
frecuentemente visitando a tal hermano, para obtener una ventaja, se
entiende, o visitando a los enfermos. Cuando el monje no se encuentra
atado por estos pensamientos, lo sumerge entonces en un sueño profundo,
tornándose el sentimiento aun más violento y fuerte en contra de él, y
no podrá ser ahuyentado si no es por medio de la oración, evadiendo el
ocio, con la meditación de las divinas palabras y con la resistencia a
las tentaciones. Porque si este espíritu no encuentra al monje defendido
por estas armas, lo golpea con sus flechas y lo torna inestable, lo
agita, lo torna indolente y ocioso, induciéndolo a recorrer varios
monasterios, no preocupándose, no buscando otra cosa más que lugares
donde se coma y se beba bien. Porque la mente del acidioso no piensa más
que en esto o en la excitación que proviene de estas cosas. Y llegado a
este punto, el demonio lo envuelve en asuntos mundanos, y poco a poco lo
engancha mediante estas peligrosas ocupaciones, hasta que el monje
rechaza del todo su profesión monástica. Sabemos con cuanta sabiduría el Apóstol nos muestra las causas del tedio. Llama "sin disciplina" a los que no trabajan; pone en evidencia con esta sola palabra una gran malicia, porque el que lo hace no teme a Dios, no considera a su hermano al hablar y es presto al insulto: es decir, no sabe estar en paz y es esclavo del tedio. El Apóstol nos ordena mantenernos alejados de tales personas, es decir, separarnos como de un mal contagioso. Y no según la tradición que han recibido de nosotros (2 Ts 3,6), y con esta expresión indica cómo aquellos son soberbios, discruptores y malos difusores de las tradiciones apostólicas. Aun dice: No hemos comido gratuitamente pan de nadie, sino que hemos trabajado día y noche con fatiga y afán (2Ts 3:8). El Doctor de las gentes, el heraldo del Evangelio, aquel que ha sido raptado hasta el tercer cielo, aquel que dice cómo el Señor ha establecido que aquellos que anuncian el Evangelio viven del Evangelio, trabaja de día y de noche para no ser una carga para nadie (2Ts 3:8). ¿Qué haremos nosotros, que frente al trabajo nos mostramos tediosos y buscamos el reposo del cuerpo? Nosotros, a quienes no nos ha sido confiado el anuncio del Evangelio ni la preocupación de las iglesias, sino apenas el cuidado de nuestra alma. Y el Apóstol agrega: mostrando claramente el daño causado por el ocio: ...sin hacer nada pero inmiscuyéndose el todo (2Ts 3:11). Del ocio viene la curiosidad, de la curiosidad, la falta de disciplina y de ésta toda malicia. Pero el Apóstol nuevamente prevé una cura para éstos y agrega: A éstos recomendamos que coman de su pan trabajando con tranquilidad (2Ts 3:12). Y de modo aún más impresionante, agrega: El que no quiera trabajar, que tampoco coma (2Ts 3:10). Los santos Padres que viven en Egipto, adiestrados por estos preceptos apostólicos, no permiten a los cristianos permanecer ociosos en ningún momento, sobre todo si se trata de jóvenes. Porque saben que sometiéndose al trabajo alejan el tedio, obtienen su propia comida y ayudan a los necesitados. Éstos no trabajan sólo para obtener su propia comida, sino para proveer a los extranjeros, a los pobres y a los presos con su propio trabajo; a causa de su propia fe, las buenas obras que hacen se convierten en un sacrificio santo, grato a Dios. También dicen esto los Padres: "El que trabaja, no tiene a menudo más que un solo demonio a quien combatir y por el cual está oprimido, mientras que el ocioso está atormentado por miríadas de malos espíritus. Pero es bueno agregar también una palabra del padre Moisés, hombre de probadísima virtud entre los Padres. Me refiero a una palabra que recibí de él. En un breve período transcurrido por mí en el desierto, fui atormentado por el tedio, por lo que acudí a su consejo contándole lo que me había ocurrido. Habiéndome el tedio reducido a los extremos, logré superarlo acudiendo a san Pablo. El padre Moisés me contestó así: "Ten coraje. No te has liberado, sino que te le has entregado totalmente como esclavo. Debes saber que, puesto que has desertado, te hará una guerra aún más grave, si de ahora en adelante no te dedicas a combatirlo con celo por medio de la paciencia, de la oración y del trabajo manual." |
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