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LA VANAGLORIA |
Nuestra séptima lucha es contra el espíritu de la
vanagloria. Ésta es una pasión multiforme, muy sutil, y no la reconoce
ni siquiera aquel que por ella ha sido tentado. En efecto, los asaltos
de las otras pasiones son mucho más manifiestos, por lo que la lucha
contra ellos es más fácil pues el alma reconoce al adversario y lo
rechaza enseguida mediante la resistencia y la oración. Pero la malicia
de la vanagloria, justamente por ser multiforme es difícil de ser
distinguida. En cualquier ocupación, usando la voz y la palabra o aun
callando, en el trabajo o en la vigilia, en los ayunos o en la oración,
en la lectura, en la hesichía, en la paciencia; en todo esto trata de
abatir con sus flechas al soldado de Cristo. A quien la vanagloria no
logra seducir con el lujo de los vestidos, trata de tentarlo por medio
de una prenda vil. Y al que no puede agrandar con honores, lo induce a
la tontería, haciéndole soportar cualquier cosa que parezca un deshonor.
Al que no puede ser persuadido a vanagloriarse con la sabiduría de los
discursos, lo atrapa con el lazo de la hesichía, como si se hubiera
dedicado al recogimiento. Al que no puede convencer con la suntuosidad
de los alimentos, lo debilita con el ayuno para que obtenga alabanzas.
En una palabra, cualquier trabajo, cualquier ocupación brinda a este
pésimo demonio una ocasión para promover batalla. ¡Y además de esto,
sugiere también fantasías de ordenaciones clericales! Recuerdo a un
cierto anciano, cuando vivía en Escete, quien al dirigirse a visitar a
un hermano en su celda, acercándose a su puerta, sintió que éste estaba
hablando. El anciano, pensando que estaba meditando las Sagradas
Escrituras, se detuvo a escuchar. Y oyó que aquel, tornándose insensato
por la vanagloria, ¡se imaginaba haber sido ordenado diácono, y que
estaba despidiendo a los catecúmenos! Oyendo esto, el anciano empujó la
puerta y entró. El hermano se adelantó y se arrodilló según la usanza,
tratando de saber si el anciano había estado un buen tiempo detrás de la
puerta. Pero el anciano le contestó sonriendo: Llegué cuanto tú estabas
despidiendo a los catecúmenos." Ante estas palabras, el hermano cayó a
los pies del anciano, suplicándole que rogara por él, a fin de ser
liberado de este engaño.
He recordado este hecho para demostrar a qué grado de
insensatez este demonio conduce al hombre. El que quiera combatirlo con
perfección, y llevar firmemente la corona de la justicia, usará de todo
su celo para vencer a este demonio polimorfo. Y que tenga siempre bien
presente lo dicho por David: El Señor ha dispersado los huesos de
aquellos que gustan a los hombres (Sal 52:5). Y que no haga nada mirando
a su alrededor, con el fin de obtener las alabanzas de los hombres. Que
busque solamente la merced que viene de Dios; que siempre rechace
aquellos pensamientos de autoelogio que provienen de su corazón, que se
anule frente a Dios, y podrá así, con su ayuda, liberarse del espíritu
de la vanagloria.