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LA ENTRADA DEL SEÑOR EN
JERUSALEN |
(Icono
de Theofhanes
de Creta. 1546. Monasterio Stavronikita
del Monte Athos. Grecia.)
Texto bíblico: Mateo 21, 1-17
INTRODUCCIÓN
"Enterrados junto a Ti, oh Cristo
Dios nuestro, mediante el bautismo, a
través de Tu resurrección no hemos hecho
dignos de la vida inmortal. Por ello
ensalzando Te cantamos: Hosanna en lo más
alto de los cielos, bendito Aquél que
viene en el nombre del Señor". (Apolytikion
y kontakion de la festividad)
La
Fiesta
La primera noticia de la celebración de
la Entrada de Jesús en Jerusalén nos
llega por el Diario de Viaje de la
peregrina Egeria, que se remonta a los
años 381-384.
"...Cuando empieza la hora undécima
se lee el texto evangélico en el los
niños con ramos y con palmas van al
encuentro del Señor, diciendo: Bendito
Aquél que viene en el nombre del
Señor...."
Desde el siglo II, la entrada triunfal de
Cristo en la Ciudad Santa ha sido
considerada una de las grandes
afirmaciones del mesianismo.
Se lee, en efecto, en la obra de Justino,
Dialogo con Trifón: "La entrada de
Jesús en Jerusalén no ha realizado en
sí el poder que lo ha hecho cristo, pero
ha indicado a los hombres que él era
Cristo." Con el tiempo, la
conmemoración jerosolimitana creció en
importancia y en solemnidad de forma que
en el siglo VI era de uso en casi todas
las Iglesias orientales, mientras que en
Occidente se menciona un siglo más tarde,
en las obras de Isidoro de Sevilla (+
636).
La
iconografía
Las primeras representaciones
iconográficas de la fiesta, se remontan a
mediados del siglo IV, y son esenciales:
Cristo a lomos de un asno, a su paso se
extienden los mantos y se agitan las ramas
en señal de alegría.
Dichas representaciones nos muestran a
Cristo sentado "de lado" y no a
horcajadas. El motivo debemos buscarlo len
la transformación de la representación
de "naturalista" a
"simbólica", por lo que la
cabalgadura se convierte en un
"trono" del Cristo-Rey.
En el manual de iconografía de Dionisio
de Furná, de alrededor de 1700,
ejemplifica la escena tal y como se
representa en la ilustración. La
estabilidad del esquema iconográfico se
debe sobre todo al hecho de que el
elemento inspirador ha sido exclusivamente
el relato de los Evangelistas.
El
Pollino
Los
enviados fueron y hallaron el pollino como
les dijo. Mientras lo desataban, sus
dueños les dijeron: "¿ Por qué desatáis
el pollino?" Ellos respondieron:
"El Señor lo necesita".
"Cristo -comenta Crisóstomo- en esta
ocasión realiza dos profecías: una
mediante sus actos y la otra con sus
palabra. realiza la primer montando una
burra, y la segunda realizando las
palabras del profeta Zacarías que había
predicho que el rey habría montado en un
asno. Y realizando la antigua profecía da
comienzo a una nueva era prefigurando con
sus actos lo que habría ocurrido
después. Es decir, Cristo aquí
preanuncia la llamada a los gentiles, que
hasta ahora han vivido como animales
impuros; junto a ellos Él descansará y
estos vendrán a Él y le seguirán. Así
la realización de una profecía marca el
inicio de otra." "Tú, asido al
pollino - se canta en uno de los himnos de
la fiesta-, prefiguras la conversión de
las gentes indomables de la incredulidad a
la fe."
El asno representa el elemento instintivo
del hombre, una vida desarrollada toda
ella en el plano terrestre y sensual.
Simbólicamente por tanto el espíritu
debe "montar sobre la materia, como
Cristo hace sobre el asno. La teología
"monta", está por encima de
cualquier conocimiento humano y sensible.
Crisóstomo dice que "aquí el
pollino representa a la Iglesia y al
pueblo nuevo que hasta entonces era impuro
y se hace puro cuando Jesús se sienta
sobre él. Notad aquí como se mantiene la
relación entre la imagen y la realidad.
Los Apóstoles desatan a los animales:
pues son los Apóstoles lo que han llamado
a los judíos como a nosotros a la fe, y
por ellos hemos sido conducidos a
Cristo."
Las
montañas
"Quien
confía en el Señor -dice el salmista- es
como el monte Sión: no vacila, está
asentado para siempre. Los montes ciñen
Jerusalén y así circunda el Señor a su
pueblo ahora y por siempre."
La montaña que se yergue generalmente a
la izquierda es el Monte de los Olivos,
del que Jesús bajó para entrar en
Jerusalén; no obstante, sus significados
simbólicos son numerosos.
cuando en la cumbre presenta dos cimas, se
quiere evocar el motivo de la doble
naturaleza de Cristo: la divina y la
humana. En cualquier caso es la
montaña mesiánica, la Sión santa,
"madre de todos los pueblos",
morada divina. que el Salmista había
celebrado, como residencia del rey de
Israel y lugar del templo, en el corazón
de la antigua Jerusalén, y de la que el
profeta Isaías había dicho: "El
monte de la casa del Señor será
establecido como cabeza de los montes, y
será ensalzado sobre los collados. (...)
Él alzará su mano sobre el monte de la
hija de Sión."
La montaña, en los iconos está frente a
Jerusalén, se yergue y se despliega en
toda su mole, ocupando un espacio visual
mayor que la ciudad; por sus laderas se ve
bajar al Señor y sus discípulos hacia
Jerusalén, la ciudad encerrada en sus
murallas.
Los
discípulos
En
algunas representaciones Cristo mira a los
Apóstoles, el pueblo nuevo, y ellos
realizan un gesto de bendición típicamente
sacerdotal: "pues son los Apóstoles
los que han llamado a los judíos como a
nosotros a la fe, y por ellos hemos sido
conducidos a Cristo."
Por un momento, antes del escándalo de la
Pasión, son protagonistas y partícipes
del triunfo del Maestro. Han ejecutado sus
ordenes, han puesto sus mantos sobre el
asno, lo han aclamado con sus cantos,
antes de la futura dispersión, y gozan
por la revelación mesiánica de su
Maestro, pregustando un triunfo que no
será definitivo ni a su medida.
En el flanco de la montaña se abre un
antro del que parecen salir los Apóstoles
que siguen a Cristo. Representa la cueva
del Monte de los Olivos "en la que
enseñaba el Señor", como se puede
leer en el Diario de Egeria. La gruta es
una vorágine negra, que representa a las
tinieblas. Y los discípulos encarnan al
pueblo que caminaba en tinieblas y que vio
una gran luz, "sobre los que habitan
en la tierra de sombras de muerte."
Ellos son el pueblo nuevo, "el
cortejo del Cristo-Rey, sacerdote y
víctima, que aparece entre los
fieles".
"Antes era la noche -escribe el
teólogo Nicolás Cabasilas (1320-1390)-
cuando la impotencia era absoluta y
ninguno sabía donde caminar, reinando
aún la noche sobre la tierra: quien
camina en las tinieblas no sabe a donde
va."
"Multiplicaste la alegría, has hecho
grande el júbilo -profetizó Isaías-.
gozan ante ti, como gozan los que recogen
mies, como se alegran los que se reparten
la presa (...) porque (...) tiene sobre
los hombros la soberanía y se llamará
maravilloso consejero, Dios fuerte, Padre
sempiterno, Príncipe de la Paz."
Y mientras Jesús se acercaba a la bajada
del Monte de los Olivos, toda la multitud
de los discípulos, exultante, comenzó a
loar a Dios en voz alta, se lee en el
Evangelio de Lucas.
La
Palmera
En
el centro de las representaciones, se
hallan Cristo, y sobre el fondo, la
palmera de la que los niños sacan ramas
para festejar al Hijo de David. En
Jerusalén, aún a mediados del siglo IV,
una tradición local indicaba la palmera
de la cual habían sido cortadas la ramas
para aclamar a Cristo. La presencia de la
palmera, sin embargo, no es tanto el
recuerdo de un hecho histórico sino un
elemento simbólico. "Y brotará un
retoño del tronco de Jesé y retoñará
de sus raíces un vástago. Sobre el que
se posará el espíritu del Señor. (...)
En aquel día el renuevo de la raíz de
Jesé se alzará como estandarte para los
pueblos...."
La palmera es una imagen mesiánica: llena
el vacío entre el monte de Dios -la
Divinidad- y la ciudad -la humanidad.
Cristo
Solo
el Cristo lleva nimbo. Pues Él es el
único Santo: "Yo soy Aquél que
soy", como se lee en los brazos de su
nimbo crucífero. Su túnica es púrpura
regia y su manto azul dorado, porque la
púrpura de su carne -su humildad- ha sido
envuelta por su divinidad.
Tiene entre las manos el rollo de nuestras
deudas "el documento escrito de
nuestra deuda, cuyas condiciones nos eran
desfavorables".
Cristo está sentado de forma innatural
sobre el pollino. Está sentado en el
trono del Rey pacífico y manso; y su
mirada triste, vuelta al pueblo que le
acoge, parece reproducir las palabras de
Romano el Meloda: "Me estoy acercando
a tu entrada: Te rechazaré, te renegaré,
no porque te odie, sino porque advierto tu
odio hacia mi y hacia los míos".
Jesús se acerca como Esposo. la liturgia oriental hace resonar el tropario:
"Que viene el esposo, salid a
recibirlo" Una exhortación a la
vigilancia y una palabra reveladora de la
situación de Jesús que va a dar la vida
por su Esposa, la iglesia.
Los
niños
Su
pequeñez contrasta en el icono con las
medidas de los otros personajes; son los
pequeños del Reino que Jesús defiende en
sus aclamaciones. Es el triunfo de la
inocencia, la elocuencia de los niños, la
manifestación de los que acogen el Reino
con su sencillez.
El
Domingo de Ramos es la fiesta de los
niños y la iconografía dedica a ellos
gran atención. Ellos no se preguntan:
"¿Quien es éste?"; son, en
cambio, lo que con sus gritos:
"Hosanna al Hijo de David"
suscitaron la indignación de escribas y
fariseos.
El episodio de los niños que van al
encuentro del Señor con los ramos no está reflejado en los Evangelios, por lo
que se trata de una tradición
local.
Los niños entonces realizan la profecía del rey David: "Por la boca de los
niños y de los que maman has dado
argumento contra tus adversarios para
reducir al silencio al enemigo y al
rebelde."
El
Pueblo
Frente
a Jesús está el grupo de los habitantes
de Jerusalén. No todos son enemigos. pero
su actitud hierática y su rostro adusto parecen
identificarse con la
recriminación que algunos le hacen,
pidiendo que haga callar a los niños.
Jesús es signo de contradicción. El
ingreso que ha organizado en la ciudad
Santa, en un tiempo en que se junta mucha
gente por la Pascua, su tolerancia ante
las aclamaciones mesiánicas, es una
autentica provocación.
El grupo, a la entrada de la ciudad santa,
parece representar esa actitud de
hostilidad, de rechazo y finalmente de
condena con que Jesús será sacado de esa
ciudad en la que entra solemnemente,
cargado con la cruz de la ignominia y de
la muerte. Volvamos
la vista al icono, contemplemos al Señor
sentado en el asno, y recordemos que es el
Rey, el Siervo, el Esposo, el Mesías. El
icono proyecta en el futuro la imagen del
crucificado y del Resucitado. |
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