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Icono de Theófanes de Creta.1546. Monasterio Stavronikita. Monte Athos. Grecia.
La fiesta , de origen estrictamente agrícola, asumió sucesivamente un sentido histórico-salvacional, ligado a todas las Alianzas. Esta acepción, a partir de la segunda mitad del siglo II a.C., fue asumida por la Sinagoga que, a su vez centró la memoria en la Alianza del Sinaí. La Iglesia primitiva, por su parte, no parece haber sido especialmente sensible a ninguna de estas memorias judaicas, porque tuvo una experiencia propia de la Cincuentena. El Período sagrado de los cincuenta días, en efecto, tenía un preciso correlato en su propia historia, es decir, en la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, ocurrida en el quincuagésimo día desde la celebración de la Pascua de Resurrección, y había marcado el inicio de la misión evangelizadora. El Pentecostés, día del nacimiento de la iglesia, es el momento en el que el verdadero significado de la Cruz y de la Resurrección de Cristo se hace manifiesto, y una nueva humanidad retorna a la comunión con Dios. La fiesta de la Alianza del Sinaí, que celebra en el mundo hebreo la entrega de la Ley, se convirtió con el cristianismo en la fiesta de la donación de las lenguas, porque a través de ellas cada pueblo o nación puede recibir el anuncio y retornar a la primitiva unidad que se quebró en Babel. Desde aquel día la Iglesia tomó conciencia de la Nueva Pascua según cuanto había predicho el Cristo:" El consolador, El Espíritu Santo que el Padre mandará en mi nombre, él os enseñará cada cosa y os recordará todo lo que yo os he dicho." Es la herencia de la tradición primitiva de la Iglesia en la que los cincuenta días sucesivos a la Pascua constituían una sola fiesta: todos los días de esta cincuentena eran celebrados con gran júbilo, porque formaban un único día de fiesta, que tenía "la misma importancia del domingo". Y, como en el domingo, el día del Señor Resucitado, se celebra el misterio de la Resurrección con toda solemnidad, en la que no se hace penitencia, no se reza de rodillas y se debe uno librar de todo afán, así era durante toda la cincuentena. En la segunda mitad del siglo IV, la celebración indiferenciada del misterio pascual sufrió un proceso de transformación, que llevó a la evocación, en orden cronológico, de los eventos de la salvación, según la narración de los Hechos de los Apóstoles. En aquella época, como se deduce también del relato de Egeria, en Jerusalén, el último domingo de la Cincuentena se celebra tanto el envío del Espíritu Santo sobre los Apóstoles como la Ascensión, mientras que en otras Iglesias se iba estableciendo la conmemoración de la Ascensión en el cuadragésimo día después de Pascua y en el quincuagésimo el Pentecostés en recuerdo del descenso del Espíritu.
La
Iconografía Su presencia ha sido explicada de diversos modos: en el sentido de una transportación adherente a la narración de los Hechos de los Apóstoles, o en sentido deductivo, es decir, teniendo presente que el evento se desarrolló en Sión, lugar donde la Virgen vivía; luego, por tanto, es de suponer que participaba dentro del grupo de los Apóstoles. Por lo que respecta, en cambio, a las razones de su ausencia en la iconografía bizantina y en la occidental, durante tanto tiempo, se han formulado distintas interpretaciones: por el hecho de que, concebid sin pecado y habiendo concebido por el Espíritu Santo, ella había sido transformada por el Espíritu, o también porque los textos litúrgicos no ofrecen indicaciones relacionadas de forma clara y puntual con la presencia de la Madre de Dios y su papel concreto en el momento del descenso del Espíritu Santo; o aun como consecuencia de la transformación del significado del icono de Pentecostés de histórico a simbólico, por lo que la "reintroducción" de la Virgen en Occidente y sucesivamente en algunos filones iconográficos bizantinos refleja el influjo que tuvo sobre el arte el ascenso del culto mariano. En el ámbito bizantino-eslavo, probablemente en el siglo XVI, la representación de la Hospitalidad de Abraham ha tomado el lugar de la de Pentecostés tanto en los iconostasios como en los iconos de las doce fiestas.
La
tribuna y las lenguas de fuego Los edificios, simétricos, presentan aberturas solo en la parte alta, siguiendo las direcciones de las lenguas de fuego que emanan de la esfera celeste: de ésta parten los doce rayos. "Apareciéndose en lenguas de fuego el Espíritu fija el recuerdo de aquellas palabras de salvación para el hombre que Cristo recibió del Padre y transmitió a los Apóstoles", se canta en el Canon de los Maitines de Pentecostés. Los Apóstoles comenzaron a anunciar la Palabra a partir de ese momento en el que habían recibido al Espíritu, y su estar juntos daba vida a una junta, una unión espiritual, un sínodo; de forma análoga los iconos que representan los Concilios Ecuménicos reproducen el mismo esquema iconográfico.
El
Viejo Rey Cuando
se indica su nombre, se le llama: Ho
Kósmos (el Mundo). El Viejo Rey
pretendía ser una imagen simbólica
que evocara el conjunto de pueblos y
naciones que tenían en el Sasileus
(emperador) bizantino su punto de
referencia. En la tradición arquitectónica de las iglesias sirias y caldeas, encontramos, en efecto, un elemento del que hoy solo queda algún resto: el ambon o bema en el centro de la Iglesia. Se trata de una tribuna con forma de herradura colocada en el centro de la iglesia frente al ábside y el santuario en el que se halla el altar. Sobre éste se desarrollaba la liturgia de la Palabra, el anuncio a Jerusalén y al mundo, y tomaban asiento los celebrantes. El rey entonces, en el centro del hemiciclo es el mundo, puesto que él detenta el mandato celeste sobre la tierra. El anciano está representado de forma en que se suele pintar al rey David, puesto que está representado a los "muchos profetas y justos que han deseado ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y escuchar lo que vosotros escucháis, y no lo escucharon", aprisionados por la naturaleza humana que el Espíritu ha bajado a edificar. En algunos casos, el rey es identificado con el profeta Joel. El motivo es de naturaleza litúrgica. En efecto, en la gran víspera de Pentecostés, la segunda lectura veterotestamentaria está extraída precisamente de Joel, que dice. "Yo infundiré mi espíritu sobre vuestra persona, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros ancianos tendrán sueños, y vuestros mozos verán visiones". Profecía ésta que fue expresamente mencionada por Pedro para justificar el comportamiento de los Apóstoles frente a los "hombres de Judea" y a todos aquellos que se encontraban en Jerusalén después del descenso del Espíritu.
Los
Doce El misterio0 de Pentecostés, en efecto, no es la encarnación del Espíritu, sino la efusión de los dones, que comunican la gracia increada a la persona humana, a cada miembro del Cuerpo de Cristo. La unidad que se realiza en la comunión eucaristíca es "por excelencia un don del Espíritu". |
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