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LA TRANSFIGURACION DEL
SEÑOR. |
(Icono
de Theofhanes
de Creta. 1546. Monasterio Stavronikita
del Monte Athos. Grecia.)
Textos bíblicos: Mateo 17, 1-9; o bien
Marcos 9, 1-9; Lucas 9, 28b-36
"Te
has transfigurado en el monte, oh Cristo
Dios,
mostrando a tus discípulos tu gloria,
según us capacidades.
Haz resplandecer sobre nosotros tambien tu
luz;
por las plegarias de la Madre de Dios,
oh dador de luz, gloria a ti.
La
Fiesta.
Para las iglesias de tradición bizantina,
la fiesta de la "Transfiguración (Metamòrfosis)
de nuestro gran Dios y Salvador
Jesucristo" expresa en el modo mas
completo la teología de la divinización
del hombre. En uno de los himnos de la
fiesta se canta en efecto: "En este
día en el Tabor, Cristo transformó la
naturaleza oscurecida por Adán.
Habiéndola cubierto de su esplendor la ha
divinizado."
La solemnidad tiene su origen en la
memoria litúrgica de la dedicación de
las basílicas del Monte Tabor. Es
posterior a la fiesta de la Exaltación de
la Cruz, de la que, no obstante, depende
su fecha. Según una antigua tradición,
la Transfiguración de Jesús habría
tenido lugar cuarenta días antes de su
crucifixión. La solemnidad, por tanto se
fijaría el 6 de Agosto, o sea, cuarenta
días antes de la Exaltación de la Cruz,
que caía el 14 de septiembre.
El nexo entre las dos fiestas se comprueba
también por el hecho que desde el 6 de
agosto se empiezan a cantar los himnos de
la Cruz.
La fiesta entró en uso a finales del
siglo V, y ya en el siglo VI encontramos
insignes representaciones musivas, que
recubren la bóveda del ábside central en
la basílicas de Parenzo, San Apolinar en
Classe en Rávena, y del Monasterio de
Santa Catalina del Sinaí.
El
iconógrafo y la Fiesta.
Todo iconógrafo, después de haber
recibido una consagración de sus manos
para ejercitar en la Iglesia este sublime
misterio de ser pintor de la belleza y
mensajero de la luz que revela la imagen,
empieza su servicio pintando precisamente
el icono de la Transfiguración del
Señor. Entre otras, porque toda imagen es
cono un reflejo del rostro luminoso y
glorioso del Cristo, como aparece en el
Tabor; porque el iconógrafo tiene que
plasmar en colores y símbolo la imagen
interior contemplada por él en su propia
oración, y porque tiene que comunicar a
los demás con su arte algo de los rayos
divinos que iluminaron a los apóstoles en
el monte de la oración.
En un antiguo manual de arte iconográfico
se puede leer: " Quien quiera
aprender el arte pictórico, antes se
instruya en él y se ejercite por un
tiempo dibujando solo y sin cánones,
hasta que se haga experto, luego haga
invocación al Señor Jesucristo y una
oración ante el icono de la Madre de Dios
Odigítria."
La oración y la invocación eran
presenciadas por un sacerdote, que
recitaba el himno de la Transfiguración y
tras esto bendecía al aprendiz de
iconógrafo."
La
contemplación de la imagen evangélica.
La imagen nos ofrece con fidelidad plástica
la narración evangélica de la
Transfiguración del Señor, concentrando
nuestra atención en una visión total y
dinámica. Algunos iconos de este episodio
presentan a los lados del monte, a Jesús
que sube con sus discípulos a la
montaña, y a Jesús que baja ya del
monte, diciendo a los suyos que no revelen
nada de cuanto ha sucedido.
Pero generalmente todo se concentra en el
episodio que este misterio desvela ante
nuestros ojos, poniendo de relieve los
protagonistas del encuentro y los dos
espacios que parecen juntarse: el cielo y
la tierra.
La fiesta como el icono, constituye para
el pintor y para el simple fiel,
"según la medida de fe que
Dios" ha dado a cada uno, esa
experiencia intelectiva y espiritual que
permite embocar la vía para desarrollar
dentro del corazón de uno mismo la
belleza de la luz.
Dice Gregorio de Nisa (335-395), "La
manifestación de Dios le es dada primero
a Moisés en la Luz, luego él
habló con Él en la nube; y
finalmente, devenido más perfecto,
Moisés contempla a Dios en la tiniebla".
Pero, ¿qué significa la entrada de
Moisés en la tiniebla y la visión que en
ésta tuvo de Dios? "El conocimiento
religioso es al principio luz para el que
lo recibe: pues lo que es contrario a la
piedad es la oscuridad, y la tiniebla se
disipa cuando aparece la luz. Pero el
Espíritu, en su progresar, llega, tras un
empeño siempre más grande y perfecto, a
comprender lo que es el conocimiento de
las realidades y se acerca a la
contemplación cuanto más se da cuenta de
que la naturaleza divina es invisible.
La tiniebla es el término accesible de la
contemplación, visión límite, y por
tanto "luminosa". La tiniebla
simboliza así la oscuridad de la fe y la
experiencia de la proximidad de Dios.
El icono de la Transfiguración, por tanto
habla de la luz, revelada a los
Apóstoles, manifestación del esplendor
divino, gloria sin tiempo. Esta imagen mas
que cualquier otra refleja el principio
por el que un icono no se mira sino que se
contempla.
El
Cristo.
En
el centro de las representaciones
iconográficas de la fiesta,
resplandeciente de luz, aparece el Cristo.
Los iconógrafos a menudo han sabido
reproducir con gran maestría el concepto:
cualquier parte del icono que se observe,
desde los rostros de los personajes a los
vestidos, a las rocas del paisaje, todo
está iluminado por la luz procedente del
Cristo.
Sus ropas son las blancas, las de la
resurrección: la explosión de la
divinidad, de la vida, de esa vida que es
"la luz de los hombre."
Sus vestidos blancos quieren expresar que
es la fuente de luz: "Dios de Dios
Luz de Luz", como dice la confesión
de nuestra fe. Es es blancura esplendorosa
de los vestidos que el evangelista Marcos
describe con admiración.
Está situado en un círculo de luz que
significa la gloria, la divinidad, el
infinito. Es Dios. Es como un sol, con
títulos bíblicos que se aplican desde la
antigüedad a Jesucristo.
Él es el Salvador de los hombres,
verdadero hombre, con mirada
misericordiosa, que irradia un gran amor
salvador hacia todos.
La luz percibida por los discípulos (la
luz tabórica) es de tonos apagados -es
reproducida, en efecto, con un gris-
comparada con aquella tanto más
esplendorosa que rodea al Cristo: ésta es
sólo una sombra de la luz
inaccesible en la que habita el Señor.
Cristo aparece en algunos iconos de la
Transfiguración en medio de una figura
geométrica que se llama
"mandorla",
"almendra". Es el signo pictórico
que quiere reflejar la "nube"
luminosa que lo cubre. Y la
"nube" es el signo bíblico de
la presencia de Yahvé, y por lo tanto es
un símbolo del Espíritu Santo que está
dentro de Jesús, que lo envuelve, que lo
empuja, que impregna toda su humanidad de
una manera velada, hasta que en la
resurrección aparezca esta fuerza en todo
su vigor.
En la revelación de Cristo se desvela y
revela toda la Trinidad:
- el Padre que dice: "Este es mi Hijo
muy amado: escuchadle".
- Cristo, el Hijo amado, revelado como
Palabra y complacencia del Padre
- El Espíritu es la nube que indica la
gloria y la presencia sobre el Hijo amado,
como en la Encarnación, cuando cubre con
su sombra, como una nube, a Maria.
Moisés
y Elías.
Jesús
está acompañado por dos personajes. Uno
viejo, que es Elías; otro más joven, que
es Moisés, representado a veces con un
libro, que significa la ley.
De Jesús dan testimonio la ley (Moisés)
y los profetas (Elías). Podeos
preguntarnos por qué están presentes en
este misterio precisamente estos dos
personajes que son testigos centrales de
la economía de la salvación.
Los dos son amigos de Dios, hombres de las
montañas y de la oración, el hombre del
Sinaí (Moisés), el hombre del Carmelo y
del Horeb (Elías).
Los dos representan la totalidad de los
hombres: Moisés a los muertos; Elías a
los vivos, ya que el profeta fue
arrebatado al cielo, según la tradición
bíblica, y llevado por un carro de fuego,
la merkabah. Jesús es el Señor de
vivos y muertos.
Los dos buscaron el rostro de Dios, pero
no lo vieron; ahora lo contemplan en el
rostro de Cristo, que es imagen del Padre.
Entran en la misma gloria de Cristo, son
como sus precusores y profetas, sus
evangelistas. Representan la Antigua
Alianza que está en continuidad con la
Nueva.
Ante el Cristo de la Transfiguración la
ley cede al que es la ley. La
manifestación del Señor ya no es la
brisa suave del monte Horeb que sorprende
a Elías, sino la revelación plena de la
palabra del Padre.
Los
Apóstoles.
En
la parte inferior del icono están los
tres discípulos predilectos de Jesús:
Pedro, Juan, Santiago. Es contraste de su
postura es evidente. Jesús y sus dos
testigos del Antiguo Testamento parecen
reflejar ya la paz de una vida eterna. Los
discípulos aparecen aterrados por la
gloria del Señor, echados por tierra, en
postura de terror sagrado. Quizá el
iconógrafo quiere decir que nadie puede
ver a Dios sin quedar totalmente sacudido
por la fuerza de la visión. La luz y la
voz del trueno los desconciertan. San
testigos que han experimentado la fuerza
arrebatadora de una revelación tan fuerte
y tan extraña.
Pedro vuelto hacia Jesús, todavía tiene
ánimo para decir algo: "hagamos tres
tiendas..." Parece que quiere que
este instante quede eternizado en un gozo
sin fin.
Juan, el mas joven, el testigo del Verbo,
parece lanzado por una fuerza vigorosa;
parece que quiere huir y tropieza. Se
cubre el rostro ante el resplandor de una
luz que parece cegar, más que la del
mismo sol.
Santiago, también por tierra, se cubre el
rostro, incapaz de contemplar la gloria de
su Maestro cara a cara.
Los tres están llenos de gloria. San
testigos de la gloria y de la divinidad de
Jesús, como serán testigos lejanos de la
agonía de Jesús, de su verdadera
humanidad, sujeta a los temores de la
muerte.
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