Unica
es la Iglesia fundada por Cristo, pero son
muchas las comuniones cristianas que se
presentan a los hombres como la herencia de
Jesucristo. Así describe el Decr. Unitatis
Redintegratio (=UR), en su primer capítulo,
el núcleo del "problema ecuménico".
Esa división cristiana contradice la
voluntad de Cristo; es un escándalo para el
mundo y un serio obstáculo para la
evangelización. De ahí que el Espíritu
Santo no cese de impulsar el
"movimiento ecuménico". La
Iglesia, además, considera una "divina
vocación y gracia" el deseo de
restablecer la unidad que surge entre los
cristianos; y no sólo individualmente, sino
también en cuanto reunidos en asambleas o
iglesias. Pero, ¿cómo ser fiel a esta
vocación ecuménica? ¿Qué criterios ha señalado
la Iglesia?
Por José Ramón Villar
Los "principios católicos" del
Ecumenismo se centran en varios aspectos: la
unidad y unicidad de la Iglesia, la valoración
teológica de los demás comunidades
cristianas, y la comprensión del Ecumenismo
a la luz de esos presupuestos.
Unidad y unicidad de la Iglesia
La unidad es la finalidad de la encarnación,
el objeto de la oración de Jesús y del
mandato de la caridad; la unidad es también
el efecto de la Eucaristía, así como de la
venida del Espíritu Santo, por medio del
cual Jesús congregó al pueblo de la Nueva
Alianza (la Iglesia) en la unidad de la fe,
de la esperanza y de la caridad (cf. UR 2).
Dios mismo ha dado a la Iglesia principios
invisibles de unidad (el Espíritu Santo)y
también principios visibles (la confesión
de la misma fe, la celebración de los
"sacramentos de la fe", y el
ministerio apostólico).
El Colegio de los Doce es el depositario de
la misión apostólica; de entre los Apóstoles,
Jesús destacó a Pedro. A él confió un
ministerio particular. Cristo quiere que,
por medio de los Apóstoles y de sus
sucesores, operando el Espíritu Santo, se
perfeccione la comunión de su pueblo en la
unidad: en la confesión de una sola fe, en
la celebración común del culto divino y en
la concordia fraterna de la familia de Dios
(cf. UR 2).
Estas afirmaciones se mueven en el marco de
la "eclesiología de comunión",
es decir, consideran la Iglesia como un todo
orgánico de lazos espirituales (fe,
esperanza, caridad), y de vínculos visibles
(profesión de fe, economía sacramental,
ministerio pastoral), cuya realización
culmina en el Misterio eucarístico, signo y
causa de la unidad de la Iglesia. La Iglesia
está allí donde están los Apóstoles, la
Eucaristía, el Espíritu.
Santidad y verdad fuera de la Iglesia
Pero a pesar de lo fuertes que son estos
principios de unidad, la flaqueza humana ha
contrariado el designio divino, "a
veces no sin culpa de ambas partes" (UR
3). Sin embargo, la Iglesia una no se ha
disgregado en fragmentos varios:
"durante los dos mil años de su
historia, ha permanecido en la unidad con
todos los bienes de los que Dios quiere
dotar a su Iglesia, y esto a pesar de las
crisis con frecuencia graves que la han
sacudido, las faltas de fidelidad de algunos
de sus ministros y los errores que
cotidianamente cometen sus miembros"
(Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 1; =US).
Es éste un principio decisivo: la Iglesia
de Jesucristo "establecida y organizada
en este mundo como una sociedad, subsiste en
la Iglesia católica, gobernada por el
sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión
con él, si bien fuera de su estructura se
encuentren muchos elementos de santidad y
verdad que, como bienes propios de la
Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad
católica" (Const. dogm. Lumen gentium,
8).
Comunión imperfecta
Tenemos aquí la célebre expresión "subsistit
in", con la que el Concilio ha querido
dar cuenta de la verdadera realidad
cristiana que existe fuera del marco visible
de la Iglesia Católica Romana, a la vez que
afirma ser ella la presencia plena de la
Iglesia de Jesucristo en la tierra. Esos
"elementos de santidad y verdad"
se hallan presentes "fuera del recinto
visible de la Iglesia Católica" (UR
3), y permiten hablar de verdadera comunión
entre los cristianos, aunque imperfecta.
¿Cuáles son estos bienes de santidad y de
verdad? El Decreto enumera algunos: "La
Iglesia se reconoce unida por muchas razones
con quienes, estando bautizados, se honran
con el nombre de cristianos, pero no
profesan la fe en su totalidad o no guardan
la unidad de comunión bajo el sucesor de
Pedro. Pues hay muchos que honran la Sagrada
Escritura como norma de fe y de vida,
muestran un sincero celo religioso, creen
con amor en Dios Padre todopoderoso y en
Cristo, Hijo de Dios Salvador; están
sellados con el bautismo, por el que se unen
a Cristo, y además aceptan o reciben otros
sacramentos en sus propias Iglesias o
comunidades eclesiásticas. Muchos de entre
ellos poseen el episcopado, celebran la
sagrada Eucaristía y fomentan la piedad
hacia la Virgen, Madre de Dios". Juan
Pablo II subrayará la afirmación de UR 15
que, en relación con las Iglesias
ortodoxas, dice que "por la celebración
de la Eucaristía del Señor en cada una de
esas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia
de Dios" (US 12).
Situación de los hermanos separados
Partiendo de estos principios, Unitatis
Redintegratio, 3 se fija, primero, en los
cristianos que ahora nacen en esas Iglesias
y comunidades. Éstos: 1. no tienen culpa de
la separación pasada; 2. la fe y el
bautismo les incorpora a Cristo y, por
tanto, a la Iglesia, aunque esta comunión
no sea plena por razones diversas; 3. son
auténticos cristianos, amados por la
Iglesia y reconocidos como hermanos.
Los bienes de santidad y verdad en ellos
existentes son ya verdaderos elementos de
comunión, aunque imperfecta. Provienen de
Cristo, a Él conducen y pertenecen por
derecho a la única Iglesia. Lumen gentium
n. 15 añade a esto "la comunión de
oraciones y otros beneficios espirituales, e
incluso cierta verdadera unión en el Espíritu
Santo, ya que Él ejerce en ellos su virtud
santificadora con los dones y gracias".
Estos bienes, cuando son vividos
genuinamente, despliegan su dinamismo
interior hacia la unidad plena
Valor salvífico
Los bienes de salvación alcanzan a los
cristianos precisamente en cuanto miembros
de sus Iglesias y comunidades respectivas.
Son esas Iglesias y comunidades cristianas
como tales las que, aun padeciendo
deficiencias según el sentir católico,
"de ninguna manera están desprovistas
de sentido y valor en el misterio de la
salvación. Porque el Espíritu de Cristo no
rehusa servirse de ellas como medios de
salvación, cuya virtud deriva de la misma
plenitud de gracia y de verdad que fue
confiada a la Iglesia católica" (n.
3). El fundamento de este valor salvífico
no se halla en estas comunidades "en
cuanto separadas", sino en cuanto son
copartícipes de la única y misma economía
salvífica. La razón estriba –como decía
la Relatio conciliar a estas palabras del
Decreto– en "que los elementos de la
única Iglesia de Jesucristo conservados en
ellas pertenecen a la economía de la
salvación". "La única Iglesia de
Jesucristo, está presente y actúa en
ellas, si bien de manera imperfecta...,
sirviéndose de los elementos eclesiales en
ellos conservados".
Refiriéndose a estos principios, dice por
su parte el Papa: "Se trata de textos
ecuménicos de máxima importancia. Fuera de
la comunidad católica no existe el vacío
eclesial. Muchos elementos de gran valor
(eximia), que en la Iglesia católica son
parte de la plenitud de los medios de
salvación y de los dones de gracia que
constituyen la Iglesia, se encuentran también
en las otras Comunidades cristianas" (US
13).
Lo que les falta
Esta valoración positiva no ignora lo que
todavía separa:
"Los hermanos separados de nosotros, ya
individualmente, ya sus Comunidades e
Iglesias, no disfrutan de aquella unidad que
Jesucristo quiso dar a todos aquellos que
regeneró y convivificó para un solo cuerpo
y una vida nueva(...). Porque únicamente
por medio de la Iglesia católica de Cristo,
que es el auxilio general de la salvación,
puede alcanzarse la total plenitud de los
medios de salvación. Creemos que el Señor
encomendó todos los bienes de la Nueva
Alianza a un único Colegio apostólico, al
que Pedro preside, para constituir el único
Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual es
necesario que se incorporen plenamente todos
los que de algún modo pertenecen ya al
Pueblo de Dios" (UR 3).
Principios ecuménicos
Tenemos así los siguientes principios
fundamentales para la comprensión católica
del Ecumenismo: 1º La Iglesia de Cristo
subsiste en la Iglesia católica romana (LG
8); 2º "Fuera de su recinto
visible" (UR 3), hay verdaderos bienes
de santidad y verdad ("elementa seu
bona Ecclesiae"); 3º Por estos bienes,
las Iglesias y Comunidades son verdaderas
mediaciones de salvación (es la única
Iglesia de Cristo la que actúa por medio de
esos "bienes" salvíficos); 4º No
obstante, les falta la plenitud de los
medios de salvación, y no han alcanzado la
unidad visible querida por Cristo, por lo
que se hallan en comunión imperfecta o no
plena con la Iglesia católica romana. 5º
Considerando los cristianos individualmente,
el Decr. da contenido positivo al sustantivo
"cristiano": la fe y el bautismo
comunes son ya elementos de comunión
cristiana real aunque imperfecta.
Ecumenismo católico
El Ecumenismo afecta a todos los cristianos
ad intra y ad extra de su propia Iglesia. No
se trata de una tarea para especialistas, o
un ámbito lejano de la existencia
cotidiana. Así lo indica el Concilio:
"este santo Sínodo exhorta a todos los
católicos a que, reconociendo los signos de
los tiempos, participen diligentemente en la
labor ecuménica" (UR 4/a). Y Juan
Pablo II añade que estamos ante "un
imperativo de la conciencia cristiana
iluminada por la fe y guiada por la
caridad" (US 8).
Como implicaciones de este imperativo están
"los esfuerzos para eliminar palabras,
juicios y acciones que no respondan, según
la justicia y la verdad, a la condición de
los hermanos separados, y que, por lo mismo,
hacen más difíciles las relaciones mutuas
con ellos" (UR 4/b). Juan Pablo II señala
aquí que los cristianos no deben
minusvalorar "el peso de las
incomprensiones ancestrales que han heredado
del pasado, de los malentendidos y
prejuicios de los unos contra los otros. No
pocas veces, además, la inercia, la
indiferencia y un insuficiente conocimiento
recíproco agravan estas situaciones" (US
2).
Primero, rezar
Todos, pues, pueden y deben tener
protagonismo, en primer lugar por medio de
la oración, pidiendo al Señor por la
unidad de los cristianos. Y también
desterrando modos de actuar que dañan la
causa de la unidad, incluso aunque parezcan
quedar limitados a la vida interna de la
propia comunidad cristiana. En este sentido,
la vida de la Iglesia católica debe ser ya
una puesta en práctica de un cierto
–valga la expresión– ecumenismo
"interior": "Conservando la
unidad en lo necesario, todos en la Iglesia,
según la función encomendada a cada uno,
guarden la debida libertad, tanto en las
varias formas de vida espiritual y de
disciplina como en la diversidad de ritos
litúrgicos e incluso en la elaboración
teológica de la verdad revelada; pero
practiquen en todo la caridad. Porque, con
este modo de proceder, todos manifestarán
cada vez más plenamente la auténtica
catolicidad, al mismo tiempo que la
apostolicidad de la Iglesia" (UR 4/g).
El Concilio señala que, por medio de
encuentros entre cristianos de diversas
Iglesias o Comunidades y el diálogo
entablado entre peritos bien preparados, en
el que cada uno explica con mayor
profundidad la doctrina de su Comunión y
presenta con claridad sus características (cf.
UR 4/b), "todos adquieren un
conocimiento más auténtico y un aprecio más
justo de la doctrina y de la vida de cada
Comunión; además, consiguen también las
Comuniones una mayor colaboración en
aquellas obligaciones que en pro del bien
común exige toda conciencia cristiana, y,
en cuanto es posible, se reúnen en la oración
unánime. Finalmente todos examinan su
fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la
Iglesia y, como es debido, emprenden
animosamente la tarea de la renovación y de
la reforma" (ibid.).
No son pocas las consecuencias de este diálogo:
la búsqueda del entendimiento en las
interpretaciones de la fe, superando los equívocos
fraguados en la historia; la percepción
exacta de las divergencias, y de si
realmente afectan a la fe o a la legítima
diversidad de su explicación; la
confrontación fiel con la voluntad de
Cristo para su Iglesia, etc. "El diálogo
ecuménico, –dice Juan Pablo II– permite
descubrimientos inesperados. Las polémicas
y controversias intolerantes han
transformado en afirmaciones incompatibles
lo que de hecho era el resultado de dos
intentos de escrutar la misma realidad,
aunque desde dos perspectivas diversas. Es
necesario hoy encontrar la fórmula que,
expresando la realidad en su integridad,
permita superar lecturas parciales y
eliminar falsas interpretaciones" (US
38).
No a un falso irenismo
La Iglesia siempre ha considerado que la
integridad en la exposición de la doctrina
católica es una condición para el diálogo
respetuoso y sincero: "Es de todo punto
necesario que se exponga claramente la
doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo
como ese falso irenismo, que daña a la
pureza de la doctrina católica y oscurece
su genuino y definido sentido" (UR 11).
Pero, a la vez, el modo de exponer la
doctrina ("que debe distinguirse con
sumo cuidado del depósito mismo de la
fe", UR 6) no debe provocar
dificultades innecesarias: "La manera y
el sistema de exponer la fe católica no
debe convertirse, en modo alguno, en obstáculo
para el diálogo con los hermanos (...); la
fe católica hay que exponerla con mayor
profundidad y con mayor exactitud, con una
forma y un lenguaje que la haga realmente
comprensible a los hermanos separados"
(UR 11).
Se señala también una "jerarquía de
verdades" en la articulación de la fe
cristiana: "en el diálogo ecuménico,
los teólogos católicos, afianzados en la
doctrina de la Iglesia, al investigar con
los hermanos separados sobre los divinos
misterios, deben proceder con amor a la
verdad, con caridad y con humildad. Al
comparar las doctrinas, recuerden que existe
un orden o ‘jerarquía" en las
verdades de la doctrina católica, ya que es
diverso el enlace (nexus) de tales verdades
con el fundamento de la fe cristiana" (UR
11; US 37).El Concilio reconoce que las
rupturas de la unidad también afectan
–ciertamente de otra manera- a la Iglesia
católica: "las divisiones de los
cristianos impiden que la Iglesia realice la
plenitud de catolicidad que le es propia en
aquellos hijos que, incorporados a ella
ciertamente por el bautismo, están, sin
embargo, separados de su plena comunión.
Incluso le resulta bastante más difícil a
la misma Iglesia expresar la plenitud de la
catolicidad bajo todos los aspectos en la
realidad de la vida" (UR 4). Si
"catolicidad" es la potencialidad
de la fe cristiana de asumir la diversidad
legítima, entonces las rupturas impiden la
"expresión histórica" de esa
capacidad.
En este sentido, la Iglesia Católica ha de
ofrecer todo aquello que, en consonancia con
el Evangelio y la disposición del Señor,
pertenece a su "catolicidad".En
fin, merece la pena mencionar algo que a
veces no ha sido bien entendido, aunque el
Concilio se expresó con precisión. Se
trata del "trabajo de preparación y
reconciliación de todos aquellos que desean
la plena comunión católica"; una
tarea legítima, que hay que distinguir de
la actividad ecuménica, sin oponerlas.
Se mueven en órdenes diversos. El
Ecumenismo se orienta a la relación entre
las Comunidades como tales, y busca la
perfecta unión visible e institucional. Su
naturaleza y objeto son, pues, distintos de
la tarea de preparación a la plena
incorporación individual en la Iglesia católica,
que también responde al designio divino, y
es obra del Espíritu Santo.
QUIÉN DIRIGE EL ECUMENISMO
Corresponde en primer lugar a todo el
Colegio de los Obispos y a la Sede Apostólica
fomentar y dirigir entre los católicos el
movimiento ecuménico, cuyo fin es
reintegrar en la unidad a todos los
cristianos, unidad que la Iglesia, por
voluntad de Cristo, está obligada a
promover (c.755 & 1).
Fruto del empeño del Papa en el proceso
ecuménico, en marzo de 1993 se publicó el
Directorio para la Aplicación de los
Principios y de las Normas sobre el
Ecumenismo.
ANTES Y DESPUÉS DEL CONCILIO
Antes del Concilio Vaticano II, la Iglesia
buscaba el restablecimiento de la unidad
cristiana exclusivamente como "un
regreso de nuestros hermanos separados a la
verdadera Iglesia de Cristo (Pio XII, en
Mortalium animos). El Concilio Vaticano II
llevó a cabo un cambio radical: en lugar
del antiguo concepto del ecumenismo de
"regreso", hoy domina el de un
itinerario común, que orienta a los
cristianos hacia la meta de la comunión
eclesial, entendida como una unidad en la
diversidad reconciliada.n Mons. Walter
Kasper, Secretario del Consejo para la
Unidad de los Cristianos. |