La
naturaleza del sacerdocio, principal escollo
en el intercambio teológico
La chispa que encendió el cisma anglicano y
trajo como consecuencia, en 1531, la ruptura
del rey de Inglaterra y de sus súbditos con
la sede de Pedro fue una cuestión política.
Ahora, cuatro siglos y pico más tarde, los
anglicanos miran el origen de aquella división
con más realismo y menos prejuicios. Es un
hecho también que, dentro de la Comunión
anglicana, el prestigio del Papado en el último
siglo se ha dejado sentir. Sin embargo, con
el paso del tiempo han sido otras graves
cuestiones las que nos han ido distanciando
dolorosamente, lo cual no impide que esté
en marcha un serio proceso de acercamiento.
Por Javier Láinez
Durante siglos, las relaciones entre la
Iglesia Católica y la Comunión Anglicana
han estado marcadas por una mutua
desconfianza y una larga lista de agravios
que parecía imposible superar. La Historia
guarda memoria de episodios de cruel
persecución por parte de las autoridades
británicas a los fieles católicos, de
profundas desviaciones doctrinales debido a
las infiltraciones luteranas en la fe
anglicana y de intolerancia por parte de
unos y otros.
Cambio en el s. XIX
A mediados del siglo pasado empieza a
emerger un nuevo modo de ver las cosas.
Cuando ya nadie se acordaba de las
veleidades del rey Enrique VIII que llevaron
a la ruptura definitiva con Roma y cuando
las heridas sangrantes que reformadores como
Cromwell habían ya restañado, un
movimiento cobra forma en el seno del
anglicanismo. La High Church y todo el
espectro anglocatólico medita sobre sí
mismo y se convencen de que no son otra cosa
que la Iglesia católica en Inglaterra. Son
los tiempos heroicos del Movimiento de
Oxford, del Cardenal John Henry Newman, del
Dr. Keble y de centenares de clérigos y
laicos interesados por su propia identidad
eclesial. Nombres como C. S. Lewis, desde el
campo anglicano, o de J. R. R. Tolkien desde
el católico, aportarían después, ya
entrado el s. XX, toda la magia de su
impresionante personalidad.
Una declaración oficial de la Iglesia católica
pareció echar un jarro de agua fría a las
románticas ilusiones de estos esforzados
intentos. En efecto, en 1896, por medio de
la Bula Apostolicae Curae, el Papa León
XIII negaba la validez de las ordenaciones
anglicanas. El movimiento de Oxford ya había
recibido las iras de los Evangélicos y de
los Metodistas, así como de la mayor parte
de los sectores más radicales de la Low
Church. Los acuerdos a los que llegaron en
1932 las autoridades del anglicanismo con
viejos-católicos cismáticos para revalidar
las ordenaciones anglicanas, permitían un
respiro en las aspiraciones de los más
tenaces devotos del Prayer Book. Pero el
camino era largo y difícil.
Primeros encuentros
Las cosas parecieron mejorar con la visita
que hizo en 1960 el Dr. Fischer, Arzobispo
de Canterbury, al Papa Juan XXIII. Allí se
trató del anhelo ecuménico del Papa y de
su decisión de crear un Secretariado para
la Promoción de la Unidad de los
Cristianos. A raíz del Concilio Vaticano
II, todo cambió súbitamente. El empeño
católico de potenciar la vía ecuménica
cobró forma con los documentos conciliares,
concretamente Unitatis Redintegratio.
El sucesor de Fischer, el Arzobispo Ramsey,
fue a Roma en 1966, una vez acabado el
Concilio, y se entrevistó con el Papa Pablo
VI. Al término del encuentro ambos
comunicaron oficialmente su deseo de un diálogo
teológico que, "fundamentado en el
Evangelio y en las tradiciones comunes,
pudiera conducir a la unidad por la que
Cristo había rezado".
Pero este diálogo no podía reducirse a
tratar argumentos teológicos, como la
Sagrada Escritura, la Tradición y la
Liturgia, sino que debía ocuparse de las
dificultades prácticas, tal como las veían
unos y otros. Todos eran conscientes de los
obstáculos inmensos que suponía la plena
comunión en la fe y en diversos aspectos de
la vida sacramental. Pero, por primera vez
en muchos años, empezaba a vislumbrarse un
clima cordial de acercamiento. El Papa y el
Arzobispo no sólo no se miraban con recelo,
sino que ambos albergaban la esperanza de
llegar a un entendimiento. El hecho de que
los dos hubieran firmado una Declaración
Conjunta el 24 de marzo de 1966 comprometiéndose
en la búsqueda de soluciones, era un paso
verdaderamente audaz. Quedaba por ver cómo
ponerle patas a la cosa.
La Comisión Preparatoria
Un primer paso fue que el entonces obispo
Johannes Willebrands, Secretario del
Secretariado para la Unidad de los
Cristianos, viajara a Canterbury para fijar
los términos y las competencias de la que más
tarde sería la Comisión Mixta
Preparatoria. Esta se formó con dieciséis
miembros, ocho católicos y ocho anglicanos.
Tras otra serie de encuentros en Roma, la
lista se hizo pública y se reunieron por
vez primera en Gazzada (Italia), en la
segunda semana de enero de 1967. Habría dos
reuniones más para elaborar la lista de
temas a tratar y, sobre todo, para fijar
bien dónde se pretendía llegar y en qué
cuestiones las partes estarían dispuestas a
ceder. La pregunta del millón era: ¿es
posible el diálogo anglicano-católico?
Porque si las conversaciones se establecían
al estilo de las negociaciones, en las que
lo que uno gana el otro lo pierde, estaba
claro que aquello no iba a llegar a ninguna
parte.
La primera Comisión (arcic-i)
Como fruto de aquella preparación, se creó
la Comisión Internacional Católico-Anglicana
(conocida por sus siglas inglesas, ARCIC,
Anglican-Roman Catholic International
Commission) que se reunió por primera vez
en Windsor, en 1970, y concluyó, tras trece
reuniones, también en Windsor, en agosto de
1981. Hasta el año 1979, la Comisión había
publicado cinco documentos y en la última
reunión hicieron públicos otros dos. Este
conjunto de trabajos se conoce con el nombre
de Informe Final (Final Report). Final no
quiere decir definitivo, ni mucho menos,
sino sencillamente hace referencia al término
del mandato que había recibido la Comisión.
Los asuntos abordados eran amplios y
complejos. El Informe Final de ARCIC incluye
documentos como La Doctrina Eucarística (Windsor
1971), Ministerio y Ordenación (Canterbury
1973), La autoridad en la Iglesia (I,
Venecia 1976 y II en Windsor 1981), y las
Dilucidaciones. Al término de los trabajos,
la sensación era un poco más que
desalentadora. Desde el punto de vista
doctrinal había grandes abismos. Unos y
otros apoyaban sus tesis y las
Dilucidaciones de 1981 no hacían otra cosa
que enredar más la madeja. Era obvio que
los temas tratados estaban íntimamente
conectados y que la negativa del Papa León
XIII a reconocer la validez de las
ordenaciones anglicanas se fundamentaba en
serias razones dogmáticas, litúrgicas y
sacramentales. La tarea de recomponer la
comunión pasaba por el arreglo de ese grave
escollo.
El estudio de las conclusiones
El Informe final fue publicado en 1982.
Eufemísticamente se afirmaba en él que se
había llegado a un acuerdo sustancial sobre
la Eucaristía y el Orden sagrado. Era ser
muy optimista. Quedaba por ver que las
autoridades de la Iglesia católica y de la
Comunión anglicana aprobaran los acuerdos
alcanzados por los expertos. No es ocioso
recordar que, junto a la Eucaristía y al
Orden, se había tratado el espinoso tema de
la Autoridad en la Iglesia.
En 1982, la Congregación para la Doctrina
de la Fe, a cuyo frente se encontraba ya el
Cardenal Ratzinger, publicó unas
Observaciones que, si bien alababan el
trabajo de la Comisión, advertían con
cautela que la misma había dado por firmes
muchas cosas y que lo había hecho demasiado
pronto. No obstante, el asunto se estudiaría
despacio. El estudio tomó entonces dos
caminos. De una parte, el Secretariado para
la Unidad de los Cristianos enviaba el
Informe Final de ARCIC-I a todas las
Conferencias Episcopales del mundo, invitándolas
a participar en la respuesta oficial de la
Santa Sede al documento. De otra, la
Congregación para la Doctrina de la Fe, lo
analizaría por su cuenta.
De un modo paralelo, la Comunión anglicana
haría lo propio con sus órganos de
gobierno. Aquí apareció el primer problema
práctico: no existe una persona ni un
organismo que tenga jurisdicción doctrinal
sobre toda la Comunión anglicana. Existe la
Conferencia de Lambeth, un organismo del
cual es presidente el Arzobispo de
Canterbury, que agrupa a todos los obispos
de las provincias anglicanas y que se reúne
aproximadamente cada diez años. Pero tal
Conferencia no tiene poderes legislativos.
Así pues, sería necesario que cada diócesis
y cada sínodo provincial examinara y
aprobara los textos.
En su reunión de 1988, la Conferencia de
Lambeth examinó veintitrés respuestas de
otras tantas provincias autónomas
anglicanas. Lo fundamental por parte de la
Conferencia era llegar a un consenso, y éste
se expresó diciendo que las declaraciones
de ARCIC-I sobre la Eucaristía y el
Ministerio Ordenado eran "conformes con
la sustancia de la fe de los
anglicanos". La independencia de las
provincias anglicanas provocó además un
nuevo litigio: la aceptación por parte de
la Conferencia de Lambeth de la ordenación
presbiteral y episcopal de mujeres hecha por
algunos sínodos provinciales. Esto arruinó
el clima de optimismo de ARCIC-I y lanzó
una grave sombra de duda sobre los trabajos
de ARCIC-II, que habían comenzado en 1982.
En su carta al Arzobispo de Canterbury, el
Papa Juan Pablo II lamentaba que la Comunión
anglicana no hubiera tenido la suficiente
sensibilidad para darse cuenta del riesgo de
echar por tierra el esfuerzo de ambas
comunidades cristianas, así como que no se
hubiera tenido suficientemente en cuenta las
dimensiones ecuménicas y eclesiológicas de
esta cuestión. "Es urgente que tal
aspecto se examine con la máxima atención
de manera que se evite dañar seriamente la
comunión que ya existe entre
nosotros", señalaba el Papa.
La respuesta Católica
Mientras la Iglesia católica elaboraba su
respuesta, se produjeron dos hechos
significativos. Uno, la publicación de las
Observaciones de la Sagrada Congregación
para la Doctrina de la Fe. Otro, la puesta
en marcha de una segunda Comisión (ARCIC-II),
como fruto de la visita del Arzobispo Runcie
a la Sede de Pedro.
Las Observaciones de la Sagrada Congregación
para la Doctrina de la Fe fueron, a la
postre, la sustancia de la Respuesta Oficial
de la Iglesia católica publicada en 1991.
En ella se subrayaban las principales
divergencias, aunque no por eso se deja de
alentar la prosecución del diálogo. ¿Cuáles
son estos puntos de disenso? La verdad es
que se trata de asuntos graves y vitales, al
menos por lo que a los católicos se
refiere. Los temas abordados por ARCIC-I
giran en torno al misterio de la Eucaristía,
al Orden sagrado y a la autoridad en la
Iglesia. Pues bien, no hay posturas cercanas
en cuanto a la naturaleza sacrificial de la
Misa, al significado real de la
transubstanciación y a la adoración de
Cristo en los tabernáculos de las iglesias
como fruto de la fe en su presencia real y
substancial. Por consiguiente, la comprensión
del misterio de la ordenación sacerdotal
también es diversa: al fallar la concepción
sacrificial de la celebración eucarística,
se difumina la naturaleza ontológica del
sacerdocio. Este punto es tan grave que es
precisamente aquí donde las posturas
anglicana y católica parecen
irreconciliables, debido a la admisión por
parte de los anglicanos de las mujeres al
sacerdocio. Los puntos que se dejaron para
ulteriores encuentros son también delicados
y candentes. Uno de ellos es nada menos que
la sucesión apostólica. Porque, puestos a
discutir, podría llegarse incluso a la
pregunta: ¿es realmente el actual Arzobispo
Primado de los anglicanos sucesor de San
Agustín de Canterbury?
A pesar de los pesares, el clima sigue
siendo de franco y voluntarioso diálogo. En
la carta que escribió el Cardenal Edward
Idris Cassidy, Presidente del Pontificio
Consejo para la Unidad de los Cristianos, a
los dos co-presidentes de ARCIC-II, explicándoles
la respuesta de la Iglesia católica al
Informe Final, se advierte que tal respuesta
debe incorporarse a las conversaciones en
curso. Además, el diálogo debe enmarcarse
en todo el esfuerzo ecuménico llevado a
cabo desde el Concilio Vaticano II, sin
admitir el desaliento: "El Informe
Final de la primera Comisión Católico-Anglicana
constituye una piedra miliar significativa,
no sólo para las relaciones entre la
Iglesia Católica y la Comunión Anglicana,
sino para todo el conjunto del movimiento
ecuménico", concluía la carta.
La segunda Comisión
Desde su creación, esta segunda fase de
conversaciones ha sido alentada tanto desde
Roma como desde Canterbury. El Cardenal
Cassidy escribió a los dos copresidentes
felicitándose por el alto grado de consenso
alcanzado gracias a las Clarificaciones (Clarifications)
que ARCIC-II había hecho a los documentos
de ARCIC-I relativos a la Eucaristía y al
Sacerdocio. Hasta tal punto era así, que no
parecería necesario, "llegados a este
momento del diálogo, continuar la
investigación de nuevos argumentos" y
sí, en cambio, "centrarse en la
importancia fundamental del diálogo sobre
la Autoridad en la Iglesia".
Esta segunda Comisión (ARCIC-II) ha
publicado ya un gran número de documentos:
La Salvación y la Iglesia (1986), La
Iglesia como Comunión (1990), La Vida en
Cristo: la Moral, la Comunión y la Iglesia
(1993), las Clarificaciones concordadas
sobre los puntos de ARCIC-I relativos a la
Eucaristía y el Sacerdocio (1994) y uno
interesantísimo, de septiembre de 1998,
sobre la Autoridad en la Iglesia: El don de
la Autoridad.
Entretanto, otros grandes sucesos han
influido en el diálogo. De una parte, la
decisión de ambas confesiones de añadir
calor humano al proceso de diálogo abierto.
En este sentido se vienen realizando
encuentros y coincidencias al máximo nivel.
La más significativa y reciente ha sido la
presencia del Arzobispo de Canterbury,
George Carey, en la apertura de la Puerta
santa de San Pablo Extramuros, el 18 de
enero pasado, celebración ecuménica sin
precedentes en la Historia si se tiene en
cuenta el número y la calidad de las
representaciones cristianas presentes. Pero
ha habido otras, más específicas, como la
visita a Roma del Arzobispo Carey en
diciembre de 1996, en la que se habló sin
ambages de la cuestión de la Primacía del
Papa, que estaba empezando a tomar forma en
el seno de muchas comunidades anglicanas
bajo la fórmula de la primacía espiritual,
Primado de Amor y Unidad o, como otros
prefieren, Primado de Servicio. Es
significativo que Juan Pablo II citara en
tal contexto las palabras del Papa San León
Magno, predecesor del actual Pontífice, y
que fue el que envío a San Agustín de
Canterbury a convertir a los anglos. Como
San León, Juan Pablo II entiende que su
ministerio es ser el siervo de los siervos
de Dios, de manera que el oficio del Obispo
de Roma es "ser el primero entre los
servidores de la unidad";
"asegurar la Comunión de todas las
iglesias".
El don de la Autoridad (The Gift of
Authority)
Cada documento de ARCIC-II ha suscitado,
tanto en el lado anglicano como católico,
una serie de reflexiones por parte de las
respectivas autoridades. La Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe ha
elaborado nuevas "observaciones" a
los principales trabajos publicados por esta
segunda comisión, con el fin de que su
contenido se incorpore al diálogo.
A pesar del amplísimo trabajo de ARCIC-II,
el documento estrella de esta segunda fase
de las conversaciones es, sin duda, el
medido estudio eclesiológico sobre la
Autoridad. Aquí se encuentran los grandes
planteamientos que trazarán la senda por la
que poder marchar unidos. No es un documento
largo ni prolijo. Parece más bien una
mirada amable a la Iglesia tal como la
quiere Jesucristo, y en la que se aprecia
ante todo el deseo de encontrar los puntos
de unión, sobre todo de cara a facilitar la
unidad con la cierta esperanza del papel
clave que el Obispo de Roma pueda tener en
ella.
En su tercera parte se estudia el ejercicio
de la autoridad: desde la predicación
autorizada de la Palabra hasta la
sinodalidad, la colegialidad, la
conciliariedad y la libertad de conciencia,
asunto este último muy apreciado por la
mentalidad anglosajona. Luego plantea un
consenso sobre el ejercicio práctico de la
autoridad y pormenoriza las dificultades que
se encuentran en uno y otro campo. Para que
se compruebe la importancia de lo que allí
se dice, basta esta afirmación: "La
recepción del primado del Obispo de Roma
implica el reconocimiento del específico
ministerio del primado universal. Creemos
que este es un don que todas las Iglesias
deben acoger".
Este documento ha tenido dos importantes
precedentes: la encíclica Ut Unum Sint
-texto imprescindible para entender la mente
de la Iglesia y del Papa en este terreno- y
el Informe Virginia, que sirvió de base a
la Comunión anglicana para fijar su postura
en la Conferencia de Lambeth de 1998. Además
de esta reunión, en septiembre del año
pasado se reunió en Dundee (Escocia) el
Concilio Consultivo Anglicano, otro eficaz
instrumento para mantener la unidad entre
los propios anglicanos. Este Concilio agrupa
obispos, sacerdotes y laicos de cada una de
las treinta y dos provincias anglicanas. Se
reúne cada tres años bajo la presidencia
del Arzobispo de Canterbury. En dicho
"Concilio" se ha vuelto a discutir
el Virginia Report y se ha hecho un amplio
debate sobre El don de la autoridad, tomándose
la determinación de enviarlo a todas las
provincias y sínodos para su estudio.
Lo que anuncia el porvenir
La última visita del Arzobispo Carey antes
de la reciente presencia en la apertura de
la Puerta Santa, fue en febrero del año
pasado. Aunque la finalidad de la visita era
inaugurar un Centro anglicano en Roma, el
Arzobispo de Canterbury no dejó pasar la
ocasión de visitar al Papa.
La distancia que separa a la Iglesia católica
y la Comunión anglicana no ha hecho más
que acortarse en estos treinta años de diálogo.
La ordenación de mujeres, a pesar de toda
su carga negativa, no es, sin embargo, el único
punto caliente. Tampoco han faltado, como
por desgracia ha puesto de relieve ARCIC-II,
distintas sensibilidades en los que se
refiere a la admisión a la comunión eucarística
de divorciados vueltos a casar o a la
legitimidad moral de los métodos
anticonceptivos.
Quedan, pues, muchos problemas sobre el
tablero, pero también existe una firme y
sincera voluntad de afrontarlos. Como ha
dicho el Papa, "podemos escucharnos
yendo más allá de las polémicas estériles
y teniendo en la cabeza solamente la
voluntad de Cristo para su Iglesia.
EL PROBLEMA DE LA ORDENACIÓN DE MUJERES
La postura católica ya quedó fijada en la
declaración de la Congregación para la
Doctrina de la Fe Inter Insigniores de 1976.
En las conversaciones de la ARCIC se trataba
de saber si la confesión anglicana tenía
una concepción del sacerdocio distinta a la
del catolicismo y la ortodoxia. A este
problema se unía otro, de índole práctica,
debido a la falta de comunión entre los
propios anglicanos; tras la polémica decisión,
algunas provincias se negaban a reconocer
las ordenaciones femeninas realizadas.
En la correspondencia cruzada entre el
Arzobispo Runcie y el Cardenal Willebrands,
se encuentran reflejadas las dificultades de
este acercamiento. El Cardenal citaba al
Papa, señalando que en la Carta Apostólica
Ordinatio Sacerdotalis (1994) se había
declarado definitiva la doctrina según la
cual "la Iglesia Católica Romana
considera que no tiene derecho a cambiar una
tradición ininterrumpida a lo largo de la
Historia de la Iglesia, universal en Oriente
y Occidente y considerada como genuinamente
apostólica".
A pesar de todo, el Cardenal admitía que ni
en las Escrituras ni en la Tradición
aparecen de modo explícito objeciones
fundamentales a la ordenación de las
mujeres, como argumentan los anglicanos. A
su vez, el Arzobispo Runcie también reconocía
con franqueza que para aceptar la
autenticidad de "una innovación teológica
tan importante" no bastaba con la
ausencia de razones contrarias a ella, sino
que hacían falta razones objetivas de índole
teológica, no meramente sociológica o
cultural. Para los anglicanos, una de estas
razones era que Cristo había redimido a
toda la humanidad (de la cual la mitad son
mujeres). Como el sacerdocio tiene una
cierta naturaleza representativa, entonces
debía abrirse a las mujeres.
La respuesta del Card. Willebrands subraya
que la tradición ha sido rota
unilateralmente por la Iglesia anglicana, añade
una perturbación al diálogo ecuménico y
se arroga un derecho que nadie jamás entre
los cristianos había reivindicado. El
Cardenal se pregunta cómo entiende entonces
el anglicanismo la naturaleza de la Iglesia
y su relación con una tradición
autoritativa, para referirse luego a la
sacramentalidad del ministerio ordenado y a
la cuestión de que el sacerdote actúa
"en la persona de Cristo" cuando
consagra y cuando absuelve, y Cristo
"es" varón actualmente. Concluye
que el sacerdocio ministerial forma parte de
la iconografía sacramental ya que el
sacerdote no "representa" el
sacerdocio de todos los bautizados, sino que
representa a Cristo.
Estas cartas fueron publicadas por el
Vaticano el 30 de junio de 1986 y arrojan
bastante luz sobre la senda segura por donde
deberá avanzar el diálogo anglicano-católica.
Subyace en el fondo la gran cuestión de si
la Iglesia anglicana ya no se considera una
Iglesia Apostólica, vinculada a la Tradición |