FESTIVIDADES LITURGICAS
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 La celebración de Pascua.

Cristo con su resurrección de entre los muertos ha hecho de la vida de los hombres una fiesta.
Los ha colmado de gozo al hacerles vivir
no ya un vida terrestre sino una vida celestial.

(Homilía pascual de Basilio de Seleucia, V siglo: PG 28, 1081).

Contenido:

Introducción

La Resurrección De Cristo:

Del Kerigma A La Celebración

El kerigma de la Resurrección

Indicios de una celebración primitiva de la noche pascual

Los más antiguos textos pascuales de la Iglesia

Los textos rituales más antiguos

Una celebración diferenciada de la vigilia pascual: el rito latino y el rito bizantino

Iconos de la Resurrección

El icono de la victoria de Cristo en los abismos del infierno

El icono de las mujeres miroforas

Conclusion: La Vida Iluminada por la Pascua

 

Introducción

La celebración del misterio pascual está en el centro de la fe y de la vida de la Iglesia. La resurrección de Cristo no es solo su victoria obre el pecado y la muerte. Es la manifestación de la divina economía de la Trinidad: el amor infinito y omnipotente del Padre, la divinidad del Hijo, el poder vivificante del Espíritu Santo.

Toda la historia de la salvación tiene su centro y su culmen en la Resurrección de Jesús. Hacia ella tiende la creación entera, las maravillas realizadas por Dios en el Antiguo Testamento, y de modo especial la Pascua de Israel, profecía de la Pascua de Cristo, de su paso de la muerte a la vida.

Hacia la resurrección del tercer día, tantas veces anunciada como coronación de su pasión por parte de Jesús, va precipitándose toda su vida, sus palabras, sus milagros, sus enseñanzas. Hasta los últimos momentos, cuando Cristo de muestra con sus palabras y con sus gestos que está para pasar de este mundo al Padre. En efecto, El del Padre ha venido y al Padre va, y por ello su vida es una Pascua, un paso; pero en este éxodo, más glorioso que el paso del Mar Rojo, Jesús arrastra su propia humanidad, asumida de la Virgen Madre, haciéndola pasar por el misterio de la pasión y de la muerte, para que quede para siempre sellada por el amor sacrificial en su carne que lleva marcados los estigmas de su pasión gloriosa.

A partir de la Resurrección se comprende todo el sentido de la historia del Antiguo y del Nuevo Testamento, la gracia de Pentecostés con la que del cuerpo glorioso de Cristo se desprenden las llamas del Espíritu Santo, para que la Iglesia viva siempre en contacto con este misterio que permanece para siempre y atrae hacia sí todo, anunciando ya su retorno final en la gloria y la pascua del universo.

La Pascua del Señor es la fuente y la raíz del Año litúrgico. Una Pascua semanal, celebrada por la Iglesia apostólica y llamada ya desde antiguo, como dice el Apocalipsis (Ap 1:10) "Día del Señor" o "Día señorial." Y una Pascua anual celebrada por las primeras generaciones cristianas, al menos a partir del siglo II, como un memorial conjunto de la Muerte y de la Resurrección del Señor, dos caras de la misma medalla.

En torno a esta celebración anual nace su prolongación de cincuenta días, hasta Pentecostés, y se forma el tiempo de su preparación con el tiempo de Cuaresma. La luz de la Pascua iluminará el misterio de la manifestación de Jesús en su nacimiento y su Epifanía. El misterio del Crucificado-Resucitado dará sentido al martirio y al culto de los mártires.

Desde las fórmulas primitivas de la confesión de la fe, que encontramos ya en las Cartas de San Pablo y más tarde en el Símbolo apostólico y en la profesión de fe bautismal, creer en Cristo, muerto y resucitado, adherir a él por la fe y el bautismo, es la condición y la garantía de la comunión con el Señor y de la nueva vida en Cristo y en el Espíritu. El cristiano no solo cree en Jesús sino que vive de su misma vida divina e inmortal.

Por eso la predicación evangélica de la Resurrección de Cristo ha quedado plasmada, como otros misterios de la vida del Señor, en el arte iconográfico primitivo, como una muestra viva de la fe de los cristianos.

Dos escenas, sobre todo, han plasmado en imágenes el misterio de la Resurrección. La primera, la más primitiva, ha representado, ya desde la antigüedad cristiana, en las Iglesia-sinagoga de Doura Europos (s. IV) o en las ampollas de Monza (s. V), o en el Evangeliario de Rabbula de Edessa (s. VI) los relatos evangélicos de la Resurrección: en torno al sepulcro vacío y a su cabecera la figura del Ángel con vestiduras blancas que anuncia que Cristo ha resucitado, están las mujeres que de buena mañana van al sepulcro con perfumes (las mujeres miroforas o portadoras de aromas), para ungir el cuerpo del Señor. Es el icono de la mujeres miroforas ante el sepulcro vacío de Cristo.

Solo a partir del segundo milenio de la era cristiana, la iconografía, siguiendo algunos textos bíblicos que hablan del descenso de Jesús a los abismos infernales (Cfr. 1 Ped 3:18-19), y algunas homilías primitivas de Pascua que se refieren al momento intermedio entre muerte y sepultura del Señor y a su Resurrección gloriosa, y a los cantos de Pascua de la liturgia bizantina, tienen la osadía de pintar lo que ningún ojo humano pudo ver. Es la escena que la tradición iconográfica oriental ha plasmado al presentar ante nuestros ojos la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y el infierno y la gracia salvadora del Resucitado. Cristo, el Crucificado Resucitado, llevando a veces en sus manos el trofeo de la Cruz, va anunciar la salvación a los primeros Padres y a los justos del Antiguo Testamento y los arranca de sus sepulcros para darles la vida.

Es un icono más tardío pero que ha logrado fijar de la forma más elocuente la teología oriental de la Resurrección gloriosa de Cristo, en plena armonía con los cantos, los gestos, los ritos y la espiritualidad de la Pascua del Oriente cristiano. Un icono, una liturgia y una espiritualidad que todavía hoy tienen una vigencia extraordinaria y que constituyen un auténtico desafío evangelizador y un gozoso anuncio de victoria y esperanza, que como ha resonado durante muchos decenios en la oscuridad de los "gulags" del comunismo, sigue resonando en los ambientes secularizados de nuestra época.

Es el canto de la victoria, el grito de la liberación, entonado con entusiasmo y convicción durante las fiestas pascuales: "Cristo ha resucitado de entre los muertos, con su muerte ha vencido a la muerte, y a los que estaban muertos en los sepulcros les ha dado la vida."

Hay un tercer icono que completa de alguna forma, en una perfecta trilogía, el misterio de la Resurrección del Señor. Propone un episodio significativo que a veces queda explicitado en la imagen del sepulcro vacío y de la mujeres miroforas que van a ungir el cuerpo de Jesús. Se ve la imagen de Cristo Resucitado en el jardín que se aparece a María de Mágdala y le manda que vaya a anunciar a los apóstoles que El ha Resucitado. Así, los tres momentos fundamentales del "kerigma" o anuncio evangélico de la Resurrección se completan: el sepulcro vacío, el anuncio del Ángel, la aparición del Resucitado.

El misterio de Cristo, que es nuestra Pascua, nos ofrece la oportunidad y el gozo de confesar nuestra fe en su Resurrección gloriosa partir del anuncio evangélico y de la catequesis apostólica. Nos permite evocar el sentido pleno de la Resurrección a partir de la celebración litúrgica de la pascua, con el recuerdo de la historia y la ilustración de su vivencia y vigencia actual, para concentrar después nuestra mirada en los iconos orientales de la Resurrección que son imagen viva y fiel del misterio que la palabra proclama y la liturgia celebra con la poesía, el canto, los sacramentos de ese Cristo que los textos primitivos llaman nuestra Pascua.

En efecto, el sentido primitivo del misterio pascual en su unidad característica que podría ser expresada en estas dos afirmaciones: Cristo es la Pascua o Cristo es nuestra Pascua, o también: el misterio de la Pascua es Cristo.

La primera expresión recuerda el texto de Pablo: "Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado" (1 Cor 5:7), texto que podría ser traducido: "La inmolación de Cristo es nuestra Pascua."

La segunda expresión se encuentra en los primeros textos pascuales, como la homilía de Melitón de Sardes donde se dice explícitamente: "El misterio de la Pascua que es Cristo," o también "El, (Cristo) es la Pascua de nuestra salvación."

La Iglesia, por tanto, concentra en Cristo, muerto y resucitado, la realidad de la Pascua que no es ya un acontecimiento solo, o un rito que se celebra, sino una persona viviente. Por lo tanto, en el Señor tenemos la Pascua de la Iglesia. Se comprende así, porqué en los textos líricos de las homilías de los Padres se dice por ejemplo: "Yo te hablo a tí, (Pascua) como a una persona viviente" (Gregorio Nacianceno: Oratio in S. Pascha 45,30:PG 36,664).

Los iconos de la Resurrección tienen pleno sentido y completan el anuncio y la celebración de la Pascua cristiana anual, e incluso de la pascua semanal del Domingo. Por eso reciben toda la luz de la Palabra que los ilumina y de la liturgia que los inserta en su celebración. Contemplándolos tiene un sentido cabal la proclamación de los Evangelios de la Resurrección y de los cantos y troparios pascuales que se repiten durante los cincuenta días de Pascua y, sobre todo en la liturgia bizantina, cada domingo en el oficio matutino de la Resurrección.

 

La Resurrección De Cristo:

Del Kerigma A La Celebración

 

El kerigma de la Resurrección

El misterio de la Resurrección de Cristo de entre los muertos pertenece a la predicación fundamental del anuncio evangélico, desde el mismo día de Pentecostés, cuando los Apóstoles con la fuerza del Espíritu anuncian con confianza y sin temor el misterio de Cristo. "A este Jesús, dice Pedro, Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos" (He 2:32). Es este el anuncio fundamental de la fe, el "Kerigma" que resuena con fuerza en toda la predicación primitiva.

Los hechos que atestiguan este anuncio inaudito los han relatado con impresionante unanimidad los cuatro Evangelistas (Mt 28:1-15; Mc 16:1 ss; Lc 24:1-11; Jn 20:1 ss.).

En todos los anuncios hay unas constantes que suponen el modo unánime con que los discípulos proclaman lo que ha sucedido.

Ante todo se constata la evidencia que el sepulcro donde habían puesto el cuerpo del Señor está vacío; su cuerpo ya no se encuentra allí. Son testigos de este hecho las mujeres que al alba del primer día van a ungir el cuerpo del Señor, puesto en el sepulcro al atardecer del día de su muerte, el viernes. Se rinden a la evidencia también los soldados puestos a custodiar el cuerpo y los enemigos de Jesús que tratan de acusar a los apóstoles de haber substraído el cuerpo para afirmar que ha resucitado. En el lugar del sepulcro solo se encuentran las vendas en las que fue envuelto su cuerpo y el sudario que cubría su rostro (Cf. Jn 20:6-7).

A este hecho que suscita el estupor de una ausencia y hace presentir una presencia diversa, la del Resucitado, sigue el anuncio de los Ángeles, mensajeros divinos, o de un Ángel con vestiduras blancas que explica el sentido de la ausencia y de una nueva presencia, la del Resucitado: "Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí. Ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba" (Mt 28:5-6).

A la visión del sepulcro vacío con las vendas por tierra y al anuncio del Ángel que explica lo que ha sucedido, seguirá el tercer acontecimiento sobre el que se asienta el anuncio de la Resurrección: Jesús mismo, el Resucitado, se aparece a los discípulos y a las mujeres, confirmando el mismo el hecho de su victoria sobre la muerte. Está vivo. Jesús es mensajero y mensaje a la vez de su Pascua, de su Resurrección.

Las primeras representaciones pictóricas de este misterio dan pleno sentido a estos tres momentos y representan al vivo el sepulcro vacío y las mujeres a van a visitarlo; el ángel con su vestido blanco, y algunas de las apariciones del Resucitado, especialmente, por lo que se refiere a la iconografía oriental a María de Mágdala.

Pablo en su predicación pone siempre al centro del anuncio la buena noticia de Cristo Resucitado, hasta el punto de afirmar que si el Señor no ha resucitado vana es nuestra fe: "Os trasmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; se apreció a Cefas y luego a los doce..." (1 Cor 15:3-5).

La Iglesia apostólica celebra siempre la presencia de Cristo Resucitado sobre todo en el sacramento del bautismo (Cf. Rm 6:3-11) y en la fracción del pan de la eucaristía, donde se anuncia la muerte del Señor, es decir del Kyrios resucitado hasta que él vuelva (Cf. 1 Cor 11:26).

 

Indicios de una celebración primitiva de la noche pascual

Las primeras noticias acerca de una celebración anual de la Pascua nos han llegado a través de una polémica acerca de la fecha de la misma celebración. La controversia sobre la Pascua nos es conocida por el testimonio de Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica, libro V, cc. 23-25 (Madrid, Bac, 1973, pp. 330-337). La fecha de la controversia está fijada hacia finales del siglo II, durante el pontificado del Papa Víctor (188-199). A través de los testimonios podemos remontarnos casi a principios del siglo II para afirmar que ya entonces existía una tradición acerca de la celebración de la Pascua anual en las iglesias del Asia menor.

En la controversia narrada por Eusebio el gran protagonista es el Papa Víctor que amenaza con excomulgar a los obispos del Asia menor por motivo de su celebración pascual, fijada el 14 del mes de Nisán. A esta amenaza de excomunión responde Polícrates, obispo de Efeso. Interviene como mediador y hombre pacífico, según su nombre, Ireneo, obispo de Lyon, oriental de nacimiento ya que había nacido en Esmirna, pero que vivía en Occidente y seguía el uso de la iglesia de Roma.

La controversia versa sobre la fecha de la celebración de la Pascua y no sobre el sentido de la celebración.

En Asia menor, siguiendo una costumbre que parece se remonta hasta Juan Evangelista, se celebra anualmente la Pascua el 14 de Nisán (en la misma fecha en que la celebraban los judíos) en cualquier día de la semana que caiga esta fecha.

En Roma se celebrada el domingo que sigue al 14 de Nisán, también en fuerza de una tradición apostólica que parece remonta al apóstol Pedro. Los primeros son denominados cuartodecimanos por la fecha de la celebración,, 14 de Nisán. Los Obispos de Roma quieren imponer el uso romano que parece más de acuerdo con la tradición de la pascua dominical, para dar sentido gozoso al acontecimiento, probablemente por el temor de que una celebración del 14 de Nisán no refleje claramente el sentido del misterio, en su aspecto de Resurrección. Ireneo interviene como mediador, sabiendo bien que aquí no se trata de una cuestión doctrinal, a la que él es bien sensible, sino de diferentes uso litúrgicos; y pide al Papa Víctor que conserve la paz y respete la antigua tradición asiática que se remonta también a un legado apostólico.

He aquí el testimonio de Eusebio acerca del sentido de la controversia: "Por este tiempo, suscitóse una cuestión bastante grave, por cierto, porque las iglesias de toda Asia, apoyándose en una tradición muy antigua, pensaban que era preciso guardar el decimocuarto día de la luna para la fiesta de la Pascua del Salvador, día en que se mandaba a los judíos sacrificar el cordero y en que era necesario a toda costa, cayera en el día en que cayese de la semana, poner fin a los ayunos, siendo así que las iglesias de todo el resto del orbe no tenían por costumbre realizarlo de este modo, sino que, por una tradición apostólica, guardaba la costumbre que ha prevalecido incluso hasta hoy: que no está bien terminar los ayunos en otro día que en el de la resurrección de nuestro el Salvador" (c. 23,1).

La decisión romana estaba expresada en estos términos: "Para tratar este punto hubo sínodos y reuniones de obispos y todos unánimes, por medio de cartas, formularon para los fieles de todas partes un decreto eclesiástico: que nunca se celebre el misterio de la resurrección del Señor de entre los muertos otro día que en domingo y que solamente en ese día guardemos la terminación de los ayunos pascuales" (c. 23,2).

La intervención de Ireneo fue providencial. El afirma que la división no tocaba lo esencial de la fe: "Y todos ellos no por eso vivieron menos en paz unos con otros, lo mismo que nosotros; el desacuerdo en el ayuno confirma el acuerdo en la fe" (c. 24,13).

 

Los más antiguos textos pascuales de la Iglesia

Los dos textos homiléticos más antiguos sobre la Pascua, de finales del siglo II, son el Peri Pascha del Obispo Melitón de Sardes, y la homilía Sobre la Pascua del Ps. Hipólito.

La Homilía sobre la Pascua de Melitón es un texto catequético y exegético, poético y académico a la vez, sobre la Pascua. Su lectura nos permite remontarnos a la teología pascual de los cuartodecimanos, basada sobre un comentario sapiencial de Ex 12 aplicado al misterio de Cristo en su pasión gloriosa. Consta de un Exordio, de una primera parte sobre la Pascua judía como figura de la realidad que está por venir, de una segunda parte sobre la Pascua cristiana cumplida en el verdadero Cordero que es Cristo y en su pasión; termina con un Epílogo muy hermoso del que transcribimos este texto:

"Soy Yo, en efecto vuestra remisión;

soy yo, la Pascua de la salvación;

yo el cordero inmolado por vosotros,

yo vuestro rescate,

yo vuestra vida,

yo vuestra luz,

yo vuestra salvación,

yo vuestra resurrección,

yo vuestro rey...

El es el Alfa y el Omega

El es el principio y el fin.

El es el Cristo. El es el rey. El es Jesús,

el caudillo, el Señor,

aquel que ha resucitado de entre los muertos

aquel que está sentado a la derecha del Padre...."

 

El texto Sobre la Santa Pascua del Anónimo Cuartodecimano, se abre con un hermoso Exordio sobre el tema de la luz y de la primavera, inspirado en el momento de la celebración vigilar y una invitación a la fiesta, provisto de un plan de desarrollo general inspirado en Ex 12. Sigue la primera parte sobre la Pascua judía, realizada con una exégesis minuciosa de los textos. Tenemos después la segunda parte sobre la Pascua cristiana con una hermosa exposición sobre los momentos progresivos de la revelación del misterio de Cristo, el nacimiento, la pasión, con un hermoso himno a la cruz, la resurrección y glorificación de Cristo.

He aquí cómo describe el descenso a los infiernos: "Ya que muchos justos habían anunciado la buena noticia profetizando, lo esperaban como primogénito de entre los muertos por medio de la Resurrección, aceptó permanecer tres días bajo tierra para salvar a todo el género humano: los que vivieron antes de la ley, los que vinieron después de la ley y los de su tiempo. Quizá permaneció tres días en la tumba para resucitar a los vivientes en todo lo que compone su realidad: alma espíritu y cuerpo. Una vez resucitado son las mujeres las primeras que lo ven...`Mujeres, alegráos’; esta es la voz que resuena en sus oídos para que la primitiva tristeza de la mujer quede como engullida por gozo de la Resurrección."

La homilía pascual se cierra con una exaltación lírica de Cristo nuestra Pascua, que parece haber influenciado muchos textos líricos pascuales de la antigüedad cristiana, que todavía hoy resuenan en el Exultet de la liturgia romana, y en los Estikirás de Pascua de la liturgia bizantina. He aquí un texto del Epílogo:

 

"Oh, Pascua divina!

Oh, festividad espiritual!

Del cielo tu desciendes hasta la tierra

y de la tierra nuevamente subes al cielo.

Oh, consagración común de todas las cosas!

Oh, solemnidad de todo el cosmos!

Oh, alegría del universo, su honor,

festín y delicia...!

Oh, Pascua divina! Por tí la gran sala de bodas

está llena;

todos llevan el vestido de bodas,

ninguno es echado fuera por estar privado

del vestido nupcial..."

 

En esta homilía el predicador anónimo describe también el misterio de la Resurrección con los tres momentos que hemos evocado al principio.

 

Los textos rituales más antiguos

Entre los textos más antiguos que nos recuerdan algún esquema de celebración primitiva de la Pascua debemos citar un fragmento de la Didascalía siríaca (siglo III) donde se expresa así el desarrollo de la vigilia pascual:

"Ayunad los días de Pascua... la parasceve y el sábado pasadlos en ayuno íntegro sin tomar nada. Durante toda la noche, quedaos reunidos juntos, despiertos y en vela, suplicando y orando, leyendo los profetas, el Evangelio y los Salmos, con temor y temblor y con asidua súplica, hasta la hora de tercia de la noche pasado el sábado, entonces romped vuestro ayuno... Después ofreced vuestros sacrificios, comed y alegraos, gozad y exultad porque Cristo ha resucitado prenda de nuestra resurrección y ésto sea legítimo para vosotros perpetuamente hasta el fin del mundo" (V, 17-19).

 

Tertuliano en diferentes textos alude a la Pascua y al ayuno, pero habla claramente de una noche entera de vigilia para celebrar esta santa festividad cuando escribe: "Quién finalmente se fiará de permitirle de pasar la noche fuera de casa con ocasión de los ritos anuales de la Pascua?" (Ad uxorem, 2,4,2: PL 1,1407).

Es justo preguntarse: ¿cómo se celebraba al inicio la gran vigilia de la Pascua? ¿Cuáles son los elementos rituales apenas citados, por ejemplo, en el texto de la Didascalía?

Todo se desarrollaba durante la noche en un ambiente iluminado, por tanto en un lucernario permanente, que poco a poco inspirará el solemne rito de la luz con una referencia clara a Cristo luz del mundo. Pero al principio no tenemos algo semejante e la bendición del cirio pascual y del Exultet que son de época posterior. A. Hamman reconstruye el ambiente de la noche de Pascua con estas sugestivas pinceladas.

"La noche del sábado toda la ciudad estaba iluminada; las antorchas alumbraban las calles mientras los fieles con sus luces se encaminaban a la asamblea litúrgica. Con actitud solemne, los cristianos escuchaban la lectura de las grandes páginas de la Biblia. Los catecúmenos oían proclamar por última vez las principales etapas de la historia de salvación, la historia del pueblo de Dios, convertida, en esta noche, en su historia personal. Hacia el final de la vigilia, el Obispo rodeado de sus ministros, pronunciaba la homilía... la gran vigilia de lecturas y de oraciones terminaba con el bautismo. Los candidatos se acercaban a la fuente bautismal y descendían desnudos a la piscina. Cuando salían vestían túnicas blancas con las cuales volvían a la iglesia en procesión, para participar por primera vez en la cena cristiana. Al alba cada uno volvía a su casa con los ojos resplandecientes de alegría pascual."

Tratemos ahora de reconstruir en síntesis algunos de estos elementos rituales, apoyándonos en los testimonios de los Padres de la Iglesia.

El ayuno. Los cristianos se preparaban a la Pascua con un ayuno riguroso de al menos dos día enteros (viernes y sábado) como testimonia la Traditio Apostolica, Tertuliano y la Didascalía. Por esto la SC n. 110 lo recuerda todavía hoy y algunas comunidades diligentemente lo han restablecido. Este ayuno, según el testimonio de Tertuliano, está inspirado en las palabras de Jesús: ayunarán cuando les sea quitado el Esposo (cfr. Lc 5:35). Algunos pensaban que era un ayuno de reparación o de contestación por la Pascua de los judíos. Se ayuna en espera de la Pascua; el cuerpo participa con el ayuno en una tensión hacia el momento de la celebración pascual con la Eucaristía que rompe el ayuno.

 

La gran vigilia nocturna. Al testimonio de la Didascalía acerca de la noche pasada en vela se pueden añadir algunos testimonios de los Padres. Así describe Gregorio de Nisa la celebración: "¿Qué hemos visto? El esplendor de las antorchas que eran llevadas en la noche como en un nube de fuego. Toda la noche hemos oído resonar himnos y cánticos espirituales. Era como un río de gozo que descendía de los oídos a nuestras almas, llenándonos de buena esperanza... Esta noche brillante de luz que unía el esplendor de las antorchas a los primeros rayos del sol ha hecho con ellos un solo día sin dejar intervalos a las tinieblas" (PL 38,1087-1088). 129).

Juan Crisóstomo recuerda entre otras cosas como elementos celebrativos: "la predicación de la santa palabra, las antiguas oraciones, las bendiciones de los sacerdotes, la participación en los divinos misterios, la paz y la concordia" (PG 50,415-432).

Los cristianos sienten que todo el mundo vela, que incluso los judíos y los paganos celebran la fiesta con ellos, que las antorchas encendidas son los símbolos de los deseos de todos. Esta es la vigilia de las vigilias, la madre de todas las vigilias cristianas (San Agustín, Sermo 219:PL 38,1088).

Las lecturas y los salmos. Entre las lecturas que son señaladas aquí y allí por los Padres, es necesario recordar: El relato de la creación y quizás el sacrificio de Abrahán, el éxodo del pueblo hebreo Ex 12-14, el Evangelio de la Resurrección. Entre los salmos se citan el Salmo 117, y los salmos bautismales 22 y 41 (42) con su referencia a las aguas bautismales y a los otros sacramentos.

Sobre estas lecturas los Padres dictan sus homilías, caracterizadas por un tono lírico kerigmático, mistagógico; con referencias poéticas a la primavera, a los sacramentos pascuales, a la Resurrección y a nuestra redención. Son particularmente hermosas las de Agustín, de Gregorio de Nisa y de Máximo de Turín, y la atribuida a San Juan Crisóstomo que todavía hoy se lee en la liturgia bizantina (PG 59,721-723). Jerónimo que no se sentía poeta dice sentirse arrebatado por el gozo inspirador de esta noche (PL 39 2058-2059).

Entre los textos líricos más hermosos, nos gusta citar el texto de Asterio de Amasea, llamado el Sofista, que es una lírica exaltación de la Pascua cristiana como canto de la noche santa, con acentos que resuenan en nuestro Exultet pascual:

 

"Oh noche más resplandeciente que el día.

Oh noche más hermosa que el sol.

Oh noche más blanca que la nieve.

Oh noche más brillante que la saeta.

Oh noche más reluciente que las antorchas.

Oh noche más deliciosa que el paraíso.

Oh noche libre de tinieblas.

Oh noche llena de luz.

Oh noche que quitas el sueño.

Oh noche que haces velar con los ángeles.

Oh noche terrible para los demonios.

Oh noche anhelo de todo un año...

Oh noche madre de los neófitos... " (PG 40, 433-444).

 

He aquí el hermoso texto con el que Basilio de Seleucia inicia con garbo una homilía pascual: "Cristo con su Resurrección de entre los muertos ha hecho de la vida de los hombres una fiesta" (PG 28, 1081).

Entre los salmos resuena también el Aleluya pascual que los Padres comentan con el sentido típico de la alegría de Pascua.

Célebre es el comentario de Agustín sobre el cántico nuevo: (PL 38,210-213).

 

Los ritos de la iniciación cristiana. Por el testimonio de Tertuliano y los textos de la Tradición apostólica y de manera particular por las catequesis mistagógicas de Cirilo de Jerusalén, se puede afirmar que ya desde los primeros decenios del siglo III se celebra el bautismo, la unción con el crisma, y la primera eucaristía de los neófitos, con una variada expresividad de símbolos que los Padres comentan en sus homilías mistagógicas. Cada rito es explicado en su significado místico. El sentido beso de paz intercambiado en la asamblea, expresa en este momento el gozo particular de la vigilia pascual. Beso de paz y de reconciliación según este conocido texto de Gregorio de Nisa que todavía hoy resuena en los Estikirás de Pascua en la liturgia bizantina.

"Día de Resurrección, (feliz inicio! Celebremos con gozo esta fiesta y démonos el beso de paz. Invitemos (oh hermanos! a hacer Pascua aún a aquellos que nos odian... Perdonándonos todo en honor de la Resurrección, olvidemos las ofensas recíprocas" (PG 35,396-401).

 

La Eucaristía. El centro de la celebración es la Eucaristía, en la que el Señor Resucitado se hace presente y se entrega a la Iglesia. Es la unión nupcial con la Esposa. Los neófitos reciben la comunión con el cuerpo y la sangre del Señor por primera vez y se les ofrece un cáliz en el que saborean la leche mezclada con la miel, signo de su ingreso en la tierra prometida. La comunión interrumpe el ayuno y surge la alegría del encuentro con el Señor Resucitado que se prolonga cincuenta días.

Pero en medio de la Pascua puede existir una experiencia dolorosa de persecución como la que nos transmite Eusebio en este hermoso texto antiguos: "Nos exiliaron y, solos, entre todos fuimos perseguidos y llevados a la muerte. Pero también entonces hemos celebrado la fiesta. Cada lugar donde se padecía, llegó a ser para nosotros un lugar donde se celebraba la fiesta: aunque fuese un campo, un desierto, una nave, una posada, una prisión. Los mártires perfectos celebran la más espléndida de las fiestas pascuales siendo admitidos a la gracia del festín celestial" (Eusebio, Historia Eccl. VII, 22,4).

El ágape. Con la Eucaristía se rompía el ayuno y con el ágape de la fraternidad se participaba en el gozo común. Todavía hoy el ágape forma parte de la celebración pascual en Oriente y expresa la participación del regocijo común después del largo ayuno de espera.

El Lucernario. Todo, lo hemos dicho, sucedía en la noche iluminada por las antorchas. El aula de la celebración iluminada como el día, era la más hermosa expresión de una obscuridad vencida por la luz de Cristo, y por la luz de los cristianos que resplandecen en las tinieblas con su vida de hijos de la luz.

Ya se percibe en la el exordio de la homilía del Anónimo Cuartodecimano este cántico lírico de la luz cuando escribe: "He aquí que brillan ya los sagrados rayos de la luz de Cristo... Aquél que es antes que la estrella matutina y que los astros, Cristo el inmortal, el grande, el inmenso, brilla sobre todas las cosas más que el sol..." (PG 59,735).

La continuación de la fiesta. La fiesta iniciada en la vigilia se prolongaba durante todo el día; más aún, por una semana entera y todavía después por cincuenta días. Escribe Hamman: "Desde la mañana los cristianos se intercambiaban augurios y felicitaciones. Todo el domingo era día de gozo. En Hipona, Agustín predicaba también a la mañana y frecuentemente también a la tarde. El tema pascual era inagotable. La fiesta se prolongaba por una semana entera, durante la cual los fieles escuchaban en la misa el relato evangélico de las apariciones del Resucitado..."

 

Una celebración diferenciada de la vigilia pascual:

el rito latino y el rito bizantino

 

La vigilia pascual del rito romano

Después de un día de silencio, de oración y de ayuno, los cristianos de disponen en el rito latino a celebrar la Pascua, el paso, la Resurrección del Señor. La vigilia pascual es la Pascua del Señor y la Pascua de la Iglesia, origen y raíz de todo el año litúrgico. La estructura actual recupera el pleno sentido de la antigua celebración pascual en el corazón de la noche. Debe ser celebrado como vigilia completa hasta las primeras horas del alba, con el gozo de vivir el vela orando y cantando en esta noche "esperada durante todo un año."

En esta celebración de la vigilia reciben su consagración pascual las palabras, las oraciones, los sacramentos, y los símbolos de la Iglesia que son prolongaciones e irradiaciones de la Pascua. Todo es nuevo, todo confiere novedad a la Iglesia en los grandes símbolos cristológicos y litúrgicos.

Estos grandes símbolos son: La asamblea santa que es siempre la Esposa y la comunidad del Resucitado. El tiempo nuevo que es siempre, de noche y de día, tiempo pascual insertado ya en nuestro hoy que es Cristo.