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Cristo
con su resurrección de
entre los muertos ha
hecho de la vida de los
hombres una fiesta.
Los ha colmado de gozo al
hacerles vivir no
ya un vida terrestre sino
una vida celestial.
(Homilía
pascual de Basilio de
Seleucia, V
siglo: PG 28, 1081).
Contenido:
Introducción
La
Resurrección De
Cristo:
Del
Kerigma A La Celebración
El
kerigma de la
Resurrección
Indicios
de una celebración
primitiva de la
noche pascual
Los
más antiguos textos
pascuales de la
Iglesia
Los
textos rituales más
antiguos
Una
celebración
diferenciada de la
vigilia pascual:
el
rito latino y el
rito bizantino
Iconos
de la Resurrección
El
icono de la victoria
de Cristo en los
abismos del infierno
El
icono de las mujeres
miroforas
Conclusion:
La
Vida Iluminada por la
Pascua
Introducción
La
celebración del misterio
pascual está en el centro
de la fe y de la vida de
la Iglesia. La resurrección
de Cristo no es solo su
victoria obre el pecado y
la muerte. Es la
manifestación de la
divina economía de la
Trinidad: el amor infinito
y omnipotente del Padre,
la divinidad del Hijo, el
poder vivificante del Espíritu
Santo.
Toda
la historia de la salvación
tiene su centro y su
culmen en la Resurrección
de Jesús. Hacia ella
tiende la creación
entera, las maravillas
realizadas por Dios en el
Antiguo Testamento, y de
modo especial la Pascua de
Israel, profecía de la
Pascua de Cristo, de su
paso de la muerte a la
vida.
Hacia
la resurrección del
tercer día, tantas veces
anunciada como coronación
de su pasión por parte de
Jesús, va precipitándose
toda su vida, sus
palabras, sus milagros,
sus enseñanzas. Hasta los
últimos momentos, cuando
Cristo de muestra con sus
palabras y con sus gestos
que está para pasar de
este mundo al Padre. En
efecto, El del Padre ha
venido y al Padre va, y
por ello su vida es una
Pascua, un paso; pero en
este éxodo, más glorioso
que el paso del Mar Rojo,
Jesús arrastra su propia
humanidad, asumida de la
Virgen Madre, haciéndola
pasar por el misterio de
la pasión y de la muerte,
para que quede para
siempre sellada por el
amor sacrificial en su
carne que lleva marcados
los estigmas de su pasión
gloriosa.
A
partir de la Resurrección
se comprende todo el
sentido de la historia del
Antiguo y del Nuevo
Testamento, la gracia de
Pentecostés con la que
del cuerpo glorioso de
Cristo se desprenden las
llamas del Espíritu
Santo, para que la Iglesia
viva siempre en contacto
con este misterio que
permanece para siempre y
atrae hacia sí todo,
anunciando ya su retorno
final en la gloria y la
pascua del universo.
La
Pascua del Señor es la
fuente y la raíz del Año
litúrgico. Una Pascua
semanal, celebrada por la
Iglesia apostólica y
llamada ya desde antiguo,
como dice el Apocalipsis (Ap
1:10) "Día del Señor"
o "Día señorial."
Y una Pascua anual
celebrada por las primeras
generaciones cristianas,
al menos a partir del
siglo II, como un memorial
conjunto de la Muerte y de
la Resurrección del Señor,
dos caras de la misma
medalla.
En
torno a esta celebración
anual nace su prolongación
de cincuenta días, hasta
Pentecostés, y se forma
el tiempo de su preparación
con el tiempo de Cuaresma.
La luz de la Pascua
iluminará el misterio de
la manifestación de Jesús
en su nacimiento y su
Epifanía. El misterio del
Crucificado-Resucitado dará
sentido al martirio y al
culto de los mártires.
Desde
las fórmulas primitivas
de la confesión de la fe,
que encontramos ya en las
Cartas de San Pablo y más
tarde en el Símbolo apostólico
y en la profesión de fe
bautismal, creer en
Cristo, muerto y
resucitado, adherir a él
por la fe y el bautismo,
es la condición y la
garantía de la comunión
con el Señor y de la
nueva vida en Cristo y en
el Espíritu. El cristiano
no solo cree en Jesús
sino que vive de su misma
vida divina e inmortal.
Por
eso la predicación evangélica
de la Resurrección de
Cristo ha quedado
plasmada, como otros
misterios de la vida del
Señor, en el arte iconográfico
primitivo, como una
muestra viva de la fe de
los cristianos.
Dos
escenas, sobre todo, han
plasmado en imágenes el
misterio de la Resurrección.
La primera, la más
primitiva, ha
representado, ya desde la
antigüedad cristiana, en
las Iglesia-sinagoga de
Doura Europos (s. IV) o en
las ampollas de Monza (s.
V), o en el Evangeliario
de Rabbula de Edessa (s.
VI) los relatos evangélicos
de la Resurrección: en
torno al sepulcro vacío y
a su cabecera la figura
del Ángel con vestiduras
blancas que anuncia que
Cristo ha resucitado, están
las mujeres que de buena
mañana van al sepulcro
con perfumes (las mujeres
miroforas o portadoras de
aromas), para ungir el
cuerpo del Señor. Es el
icono de la mujeres
miroforas ante el sepulcro
vacío de Cristo.
Solo
a partir del segundo
milenio de la era
cristiana, la iconografía,
siguiendo algunos textos bíblicos
que hablan del descenso de
Jesús a los abismos
infernales (Cfr. 1 Ped
3:18-19), y algunas homilías
primitivas de Pascua que
se refieren al momento
intermedio entre muerte y
sepultura del Señor y a
su Resurrección gloriosa,
y a los cantos de Pascua
de la liturgia bizantina,
tienen la osadía de
pintar lo que ningún ojo
humano pudo ver. Es la
escena que la tradición
iconográfica oriental ha
plasmado al presentar ante
nuestros ojos la victoria
de Cristo sobre el pecado,
la muerte y el infierno y
la gracia salvadora del
Resucitado. Cristo, el
Crucificado Resucitado,
llevando a veces en sus
manos el trofeo de la
Cruz, va anunciar la
salvación a los primeros
Padres y a los justos del
Antiguo Testamento y los
arranca de sus sepulcros
para darles la vida.
Es
un icono más tardío pero
que ha logrado fijar de la
forma más elocuente la
teología oriental de la
Resurrección gloriosa de
Cristo, en plena armonía
con los cantos, los
gestos, los ritos y la
espiritualidad de la
Pascua del Oriente
cristiano. Un icono, una
liturgia y una
espiritualidad que todavía
hoy tienen una vigencia
extraordinaria y que
constituyen un auténtico
desafío evangelizador y
un gozoso anuncio de
victoria y esperanza, que
como ha resonado durante
muchos decenios en la
oscuridad de los "gulags"
del comunismo, sigue
resonando en los ambientes
secularizados de nuestra
época.
Es
el canto de la victoria,
el grito de la liberación,
entonado con entusiasmo y
convicción durante las
fiestas pascuales:
"Cristo ha resucitado
de entre los muertos, con
su muerte ha vencido a la
muerte, y a los que
estaban muertos en los
sepulcros les ha dado la
vida."
Hay
un tercer icono que
completa de alguna forma,
en una perfecta trilogía,
el misterio de la
Resurrección del Señor.
Propone un episodio
significativo que a veces
queda explicitado en la
imagen del sepulcro vacío
y de la mujeres miroforas
que van a ungir el cuerpo
de Jesús. Se ve la imagen
de Cristo Resucitado en el
jardín que se aparece a
María de Mágdala y le
manda que vaya a anunciar
a los apóstoles que El ha
Resucitado. Así, los tres
momentos fundamentales del
"kerigma" o
anuncio evangélico de la
Resurrección se
completan: el sepulcro vacío,
el anuncio del Ángel, la
aparición del Resucitado.
El
misterio de Cristo, que es
nuestra Pascua, nos ofrece
la oportunidad y el gozo
de confesar nuestra fe en
su Resurrección gloriosa
partir del anuncio evangélico
y de la catequesis apostólica.
Nos permite evocar el
sentido pleno de la
Resurrección a partir de
la celebración litúrgica
de la pascua, con el
recuerdo de la historia y
la ilustración de su
vivencia y vigencia
actual, para concentrar
después nuestra mirada en
los iconos orientales de
la Resurrección que son
imagen viva y fiel del
misterio que la palabra
proclama y la liturgia
celebra con la poesía, el
canto, los sacramentos de
ese Cristo que los textos
primitivos llaman nuestra
Pascua.
En
efecto, el sentido
primitivo del misterio
pascual en su unidad
característica que podría
ser expresada en estas dos
afirmaciones: Cristo es la
Pascua o Cristo es nuestra
Pascua, o también: el
misterio de la Pascua es
Cristo.
La
primera expresión recuerda
el texto de Pablo:
"Cristo nuestra
Pascua ha sido
inmolado" (1 Cor
5:7), texto que podría
ser traducido: "La
inmolación de Cristo es
nuestra Pascua."
La
segunda expresión se
encuentra en los primeros
textos pascuales, como la
homilía de Melitón de
Sardes donde se dice explícitamente:
"El misterio de la
Pascua que es
Cristo," o también
"El, (Cristo) es la
Pascua de nuestra salvación."
La
Iglesia, por tanto,
concentra en Cristo,
muerto y resucitado, la
realidad de la Pascua que
no es ya un acontecimiento
solo, o un rito que se
celebra, sino una
persona viviente. Por
lo tanto, en el Señor
tenemos la Pascua de la
Iglesia. Se comprende así,
porqué en los textos líricos
de las homilías de los
Padres se dice por
ejemplo: "Yo te hablo
a tí, (Pascua) como a una
persona viviente"
(Gregorio Nacianceno: Oratio
in S. Pascha 45,30:PG
36,664).
Los
iconos de la Resurrección
tienen pleno sentido y
completan el anuncio y la
celebración de la Pascua
cristiana anual, e incluso
de la pascua semanal del
Domingo. Por eso reciben
toda la luz de la Palabra
que los ilumina y de la
liturgia que los inserta
en su celebración.
Contemplándolos tiene un
sentido cabal la
proclamación de los
Evangelios de la
Resurrección y de los
cantos y troparios
pascuales que se repiten
durante los cincuenta días
de Pascua y, sobre todo en
la liturgia bizantina,
cada domingo en el oficio
matutino de la Resurrección.
La
Resurrección De Cristo:
Del
Kerigma A La Celebración
El
kerigma de la Resurrección
El
misterio de la Resurrección
de Cristo de entre los
muertos pertenece a la
predicación fundamental
del anuncio evangélico,
desde el mismo día de
Pentecostés, cuando los
Apóstoles con la fuerza
del Espíritu anuncian con
confianza y sin temor el
misterio de Cristo.
"A este Jesús, dice
Pedro, Dios lo resucitó,
de lo cual todos nosotros
somos testigos" (He
2:32). Es este el anuncio
fundamental de la fe, el
"Kerigma" que
resuena con fuerza en toda
la predicación primitiva.
Los
hechos que atestiguan este
anuncio inaudito los han
relatado con impresionante
unanimidad los cuatro
Evangelistas (Mt 28:1-15;
Mc 16:1 ss; Lc 24:1-11; Jn
20:1 ss.).
En
todos los anuncios hay
unas constantes que
suponen el modo unánime
con que los discípulos
proclaman lo que ha
sucedido.
Ante
todo se constata la
evidencia que el sepulcro
donde habían puesto el
cuerpo del Señor está
vacío; su cuerpo ya no se
encuentra allí. Son
testigos de este hecho las
mujeres que al alba del
primer día van a ungir el
cuerpo del Señor, puesto
en el sepulcro al
atardecer del día de su
muerte, el viernes. Se
rinden a la evidencia
también los soldados
puestos a custodiar el
cuerpo y los enemigos de
Jesús que tratan de
acusar a los apóstoles de
haber substraído el
cuerpo para afirmar que ha
resucitado. En el lugar
del sepulcro solo se
encuentran las vendas en
las que fue envuelto su
cuerpo y el sudario que
cubría su rostro (Cf. Jn
20:6-7).
A
este hecho que suscita el
estupor de una ausencia y
hace presentir una
presencia diversa, la del
Resucitado, sigue el
anuncio de los Ángeles,
mensajeros divinos, o de
un Ángel con vestiduras
blancas que explica el
sentido de la ausencia y
de una nueva presencia, la
del Resucitado:
"Vosotras no temáis,
pues sé que buscáis a
Jesús, el Crucificado; no
está aquí. Ha
resucitado, como lo había
dicho. Venid, ved el lugar
donde estaba" (Mt
28:5-6).
A
la visión del sepulcro
vacío con las vendas por
tierra y al anuncio del Ángel
que explica lo que ha
sucedido, seguirá el
tercer acontecimiento
sobre el que se asienta el
anuncio de la Resurrección:
Jesús mismo, el
Resucitado, se aparece a
los discípulos y a las
mujeres, confirmando el
mismo el hecho de su
victoria sobre la muerte.
Está vivo. Jesús es
mensajero y mensaje a la
vez de su Pascua, de su
Resurrección.
Las
primeras representaciones
pictóricas de este
misterio dan pleno sentido
a estos tres momentos y
representan al vivo el
sepulcro vacío y las
mujeres a van a visitarlo;
el ángel con su vestido
blanco, y algunas de las
apariciones del
Resucitado, especialmente,
por lo que se refiere a la
iconografía oriental a
María de Mágdala.
Pablo
en su predicación pone
siempre al centro del
anuncio la buena noticia
de Cristo Resucitado,
hasta el punto de afirmar
que si el Señor no ha
resucitado vana es nuestra
fe: "Os trasmití, en
primer lugar, lo que a mi
vez recibí: que Cristo
murió por nuestros
pecados, según las
Escrituras; que fue
sepultado y que resucitó
al tercer día, según las
Escrituras; se apreció a
Cefas y luego a los
doce..." (1 Cor
15:3-5).
La
Iglesia apostólica
celebra siempre la
presencia de Cristo
Resucitado sobre todo en
el sacramento del bautismo
(Cf. Rm 6:3-11) y en la
fracción del pan de la
eucaristía, donde se
anuncia la muerte del Señor,
es decir del Kyrios
resucitado hasta que él
vuelva (Cf. 1 Cor 11:26).
Indicios
de una celebración
primitiva de la noche
pascual
Las
primeras noticias acerca
de una celebración anual
de la Pascua nos han
llegado a través de una
polémica acerca de la
fecha de la misma
celebración. La
controversia sobre la
Pascua nos es conocida por
el testimonio de Eusebio
de Cesarea en su Historia
Eclesiástica, libro
V, cc. 23-25 (Madrid, Bac,
1973, pp. 330-337). La
fecha de la controversia
está fijada hacia finales
del siglo II, durante el
pontificado del Papa Víctor
(188-199). A través de
los testimonios podemos
remontarnos casi a
principios del siglo II
para afirmar que ya
entonces existía una
tradición acerca de la
celebración de la Pascua
anual en las iglesias del
Asia menor.
En
la controversia narrada
por Eusebio el gran
protagonista es el Papa Víctor
que amenaza con excomulgar
a los obispos del Asia
menor por motivo de su
celebración pascual,
fijada el 14 del mes de
Nisán. A esta amenaza de
excomunión responde Polícrates,
obispo de Efeso.
Interviene como mediador y
hombre pacífico,
según su nombre, Ireneo,
obispo de Lyon, oriental
de nacimiento ya que había
nacido en Esmirna, pero
que vivía en Occidente y
seguía el uso de la
iglesia de Roma.
La
controversia versa sobre
la fecha de la celebración
de la Pascua y no sobre el
sentido de la celebración.
En
Asia menor, siguiendo una
costumbre que parece se
remonta hasta Juan
Evangelista, se celebra
anualmente la Pascua el 14
de Nisán (en la misma
fecha en que la celebraban
los judíos) en cualquier
día de la semana que
caiga esta fecha.
En
Roma se celebrada el
domingo que sigue al 14 de
Nisán, también en fuerza
de una tradición apostólica
que parece remonta al apóstol
Pedro. Los primeros son
denominados cuartodecimanos
por la fecha de la
celebración,, 14 de Nisán.
Los Obispos de Roma
quieren imponer el uso
romano que parece más de
acuerdo con la tradición
de la pascua dominical,
para dar sentido gozoso al
acontecimiento,
probablemente por el temor
de que una celebración
del 14 de Nisán no
refleje claramente el
sentido del misterio, en
su aspecto de Resurrección.
Ireneo interviene como
mediador, sabiendo bien
que aquí no se trata de
una cuestión doctrinal, a
la que él es bien
sensible, sino de
diferentes uso litúrgicos;
y pide al Papa Víctor que
conserve la paz y respete
la antigua tradición asiática
que se remonta también a
un legado apostólico.
He
aquí el testimonio de
Eusebio acerca del sentido
de la controversia:
"Por este tiempo,
suscitóse una cuestión
bastante grave, por
cierto, porque las
iglesias de toda Asia,
apoyándose en una tradición
muy antigua, pensaban que
era preciso guardar el
decimocuarto día de la
luna para la fiesta de la
Pascua del Salvador, día
en que se mandaba a los
judíos sacrificar el
cordero y en que era
necesario a toda costa,
cayera en el día en que
cayese de la semana, poner
fin a los ayunos, siendo
así que las iglesias de
todo el resto del orbe no
tenían por costumbre
realizarlo de este modo,
sino que, por una tradición
apostólica, guardaba la
costumbre que ha
prevalecido incluso hasta
hoy: que no está bien
terminar los ayunos en
otro día que en el de la
resurrección de nuestro
el Salvador" (c.
23,1).
La
decisión romana estaba
expresada en estos términos:
"Para tratar este
punto hubo sínodos y
reuniones de obispos y
todos unánimes, por medio
de cartas, formularon para
los fieles de todas partes
un decreto eclesiástico:
que nunca se celebre el
misterio de la resurrección
del Señor de entre los
muertos otro día que en
domingo y que solamente en
ese día guardemos la
terminación de los ayunos
pascuales" (c. 23,2).
La
intervención de Ireneo
fue providencial. El
afirma que la división no
tocaba lo esencial de la
fe: "Y todos ellos no
por eso vivieron menos en
paz unos con otros, lo
mismo que nosotros; el
desacuerdo en el ayuno
confirma el acuerdo en la
fe" (c. 24,13).
Los
más antiguos textos
pascuales de la Iglesia
Los
dos textos homiléticos más
antiguos sobre la Pascua,
de finales del siglo II,
son el Peri Pascha del
Obispo Melitón de Sardes,
y la homilía Sobre la
Pascua del Ps. Hipólito.
La
Homilía sobre la Pascua de
Melitón es un texto
catequético y exegético,
poético y académico a la
vez, sobre la Pascua. Su
lectura nos permite
remontarnos a la teología
pascual de los
cuartodecimanos, basada
sobre un comentario
sapiencial de Ex 12
aplicado al misterio de
Cristo en su pasión
gloriosa. Consta de un
Exordio, de una primera
parte sobre la Pascua judía
como figura de la realidad
que está por venir, de
una segunda parte sobre la
Pascua cristiana cumplida
en el verdadero Cordero
que es Cristo y en su pasión;
termina con un Epílogo
muy hermoso del que
transcribimos este texto:
"Soy
Yo, en efecto vuestra
remisión;
soy
yo, la Pascua de la
salvación;
yo
el cordero inmolado por
vosotros,
yo
vuestro rescate,
yo
vuestra vida,
yo
vuestra luz,
yo
vuestra salvación,
yo
vuestra resurrección,
yo
vuestro rey...
El
es el Alfa y el Omega
El
es el principio y el
fin.
El
es el Cristo. El es el
rey. El es Jesús,
el
caudillo, el Señor,
aquel
que ha resucitado de
entre los muertos
aquel
que está sentado a la
derecha del
Padre...."
El
texto Sobre la Santa
Pascua del Anónimo
Cuartodecimano, se abre
con un hermoso Exordio
sobre el tema de la luz y
de la primavera, inspirado
en el momento de la
celebración vigilar y una
invitación a la fiesta,
provisto de un plan de
desarrollo general
inspirado en Ex 12. Sigue
la primera parte sobre la
Pascua judía, realizada
con una exégesis
minuciosa de los textos.
Tenemos después la
segunda parte sobre la
Pascua cristiana con una
hermosa exposición sobre
los momentos progresivos
de la revelación del
misterio de Cristo, el
nacimiento, la pasión,
con un hermoso himno a la
cruz, la resurrección y
glorificación de Cristo.
He
aquí cómo describe el
descenso a los infiernos:
"Ya que muchos justos
habían anunciado la buena
noticia profetizando, lo
esperaban como primogénito
de entre los muertos por
medio de la Resurrección,
aceptó permanecer tres días
bajo tierra para salvar a
todo el género humano:
los que vivieron antes de
la ley, los que vinieron
después de la ley y los
de su tiempo. Quizá
permaneció tres días en
la tumba para resucitar a
los vivientes en todo lo
que compone su realidad:
alma espíritu y cuerpo.
Una vez resucitado son las
mujeres las primeras que
lo ven...`Mujeres, alegráos’;
esta es la voz que resuena
en sus oídos para que la
primitiva tristeza de la
mujer quede como engullida
por gozo de la Resurrección."
La
homilía pascual se cierra
con una exaltación lírica
de Cristo nuestra Pascua,
que parece haber
influenciado muchos textos
líricos pascuales de la
antigüedad cristiana, que
todavía hoy resuenan en
el Exultet de la
liturgia romana, y en los
Estikirás de Pascua de la
liturgia bizantina. He aquí
un texto del Epílogo:
"Oh,
Pascua divina!
Oh,
festividad espiritual!
Del
cielo tu desciendes
hasta la tierra
y
de la tierra nuevamente
subes al cielo.
Oh,
consagración común de
todas las cosas!
Oh,
solemnidad de todo el
cosmos!
Oh,
alegría del universo,
su honor,
festín
y delicia...!
Oh,
Pascua divina! Por tí
la gran sala de bodas
está
llena;
todos
llevan el vestido de
bodas,
ninguno
es echado fuera por
estar privado
del
vestido nupcial..."
En
esta homilía el
predicador anónimo
describe también el
misterio de la Resurrección
con los tres momentos que
hemos evocado al
principio.
Los
textos rituales más
antiguos
Entre
los textos más antiguos
que nos recuerdan algún
esquema de celebración
primitiva de la Pascua
debemos citar un fragmento
de la Didascalía siríaca
(siglo III) donde se
expresa así el desarrollo
de la vigilia pascual:
"Ayunad
los días de Pascua...
la parasceve y el sábado
pasadlos en ayuno íntegro
sin tomar nada. Durante
toda la noche, quedaos
reunidos juntos,
despiertos y en vela,
suplicando y orando,
leyendo los profetas, el
Evangelio y los Salmos,
con temor y temblor y
con asidua súplica,
hasta la hora de tercia
de la noche pasado el sábado,
entonces romped vuestro
ayuno... Después
ofreced vuestros
sacrificios, comed y
alegraos, gozad y
exultad porque Cristo ha
resucitado prenda de
nuestra resurrección y
ésto sea legítimo para
vosotros perpetuamente
hasta el fin del
mundo" (V, 17-19).
Tertuliano
en diferentes textos alude
a la Pascua y al ayuno,
pero habla claramente de
una noche entera de
vigilia para celebrar esta
santa festividad cuando
escribe: "Quién
finalmente se fiará de
permitirle de pasar la
noche fuera de casa con
ocasión de los ritos
anuales de la
Pascua?" (Ad
uxorem, 2,4,2: PL
1,1407).
Es
justo preguntarse: ¿cómo
se celebraba al inicio la
gran vigilia de la Pascua?
¿Cuáles son los
elementos rituales apenas
citados, por ejemplo, en
el texto de la Didascalía?
Todo
se desarrollaba durante la
noche en un ambiente
iluminado, por tanto en un
lucernario permanente, que
poco a poco inspirará el
solemne rito de la luz con
una referencia clara a
Cristo luz del mundo. Pero
al principio no tenemos
algo semejante e la
bendición del cirio
pascual y del Exultet
que son de época
posterior. A. Hamman
reconstruye el ambiente de
la noche de Pascua con
estas sugestivas
pinceladas.
"La
noche del sábado toda
la ciudad estaba
iluminada; las antorchas
alumbraban las calles
mientras los fieles con
sus luces se encaminaban
a la asamblea litúrgica.
Con actitud solemne, los
cristianos escuchaban la
lectura de las grandes páginas
de la Biblia. Los catecúmenos
oían proclamar por última
vez las principales
etapas de la historia de
salvación, la historia
del pueblo de Dios,
convertida, en esta
noche, en su historia
personal. Hacia el final
de la vigilia, el Obispo
rodeado de sus
ministros, pronunciaba
la homilía... la gran
vigilia de lecturas y de
oraciones terminaba con
el bautismo. Los
candidatos se acercaban
a la fuente bautismal y
descendían desnudos a
la piscina. Cuando salían
vestían túnicas
blancas con las cuales
volvían a la iglesia en
procesión, para
participar por primera
vez en la cena
cristiana. Al alba cada
uno volvía a su casa
con los ojos
resplandecientes de
alegría pascual."
Tratemos
ahora de reconstruir en síntesis
algunos de estos elementos
rituales, apoyándonos en
los testimonios de los
Padres de la Iglesia.
El
ayuno. Los
cristianos se preparaban a
la Pascua con un ayuno
riguroso de al menos dos día
enteros (viernes y sábado)
como testimonia la Traditio
Apostolica, Tertuliano
y la Didascalía. Por esto
la SC n. 110 lo recuerda
todavía hoy y algunas
comunidades diligentemente
lo han restablecido. Este
ayuno, según el
testimonio de Tertuliano,
está inspirado en las
palabras de Jesús: ayunarán
cuando les sea quitado el
Esposo (cfr. Lc 5:35).
Algunos pensaban que era
un ayuno de reparación o
de contestación por la
Pascua de los judíos. Se
ayuna en espera de la
Pascua; el cuerpo
participa con el ayuno en
una tensión hacia el
momento de la celebración
pascual con la Eucaristía
que rompe el ayuno.
La
gran vigilia nocturna.
Al testimonio de la Didascalía
acerca de la noche pasada
en vela se pueden añadir
algunos testimonios de los
Padres. Así describe
Gregorio de Nisa la
celebración: "¿Qué
hemos visto? El esplendor
de las antorchas que eran
llevadas en la noche como
en un nube de fuego. Toda
la noche hemos oído
resonar himnos y cánticos
espirituales. Era como un
río de gozo que descendía
de los oídos a nuestras
almas, llenándonos de
buena esperanza... Esta
noche brillante de luz que
unía el esplendor de las
antorchas a los primeros
rayos del sol ha hecho con
ellos un solo día sin
dejar intervalos a las
tinieblas" (PL
38,1087-1088). 129).
Juan
Crisóstomo recuerda entre
otras cosas como elementos
celebrativos: "la
predicación de la santa
palabra, las antiguas
oraciones, las bendiciones
de los sacerdotes, la
participación en los
divinos misterios, la paz
y la concordia" (PG
50,415-432).
Los
cristianos sienten que
todo el mundo vela, que
incluso los judíos y los
paganos celebran la fiesta
con ellos, que las
antorchas encendidas son
los símbolos de los
deseos de todos. Esta es
la vigilia de las
vigilias, la madre de
todas las vigilias
cristianas (San Agustín,
Sermo 219:PL 38,1088).
Las
lecturas y los salmos.
Entre las lecturas que son
señaladas aquí y allí
por los Padres, es
necesario recordar: El
relato de la creación y
quizás el sacrificio de
Abrahán, el éxodo del
pueblo hebreo Ex 12-14, el
Evangelio de la Resurrección.
Entre los salmos se citan
el Salmo 117, y los salmos
bautismales 22 y 41 (42)
con su referencia a las
aguas bautismales y a los
otros sacramentos.
Sobre
estas lecturas los Padres
dictan sus homilías,
caracterizadas por un tono
lírico kerigmático,
mistagógico; con
referencias poéticas a la
primavera, a los
sacramentos pascuales, a
la Resurrección y a
nuestra redención. Son
particularmente hermosas
las de Agustín, de
Gregorio de Nisa y de Máximo
de Turín, y la atribuida
a San Juan Crisóstomo que
todavía hoy se lee en la
liturgia bizantina (PG
59,721-723). Jerónimo que
no se sentía poeta dice
sentirse arrebatado por el
gozo inspirador de esta
noche (PL 39 2058-2059).
Entre
los textos líricos más
hermosos, nos gusta citar
el texto de Asterio de
Amasea, llamado el
Sofista, que es una lírica
exaltación de la Pascua
cristiana como canto de la
noche santa, con acentos
que resuenan en nuestro Exultet
pascual:
"Oh
noche más
resplandeciente que el día.
Oh
noche más hermosa que
el sol.
Oh
noche más blanca que la
nieve.
Oh
noche más brillante que
la saeta.
Oh
noche más reluciente
que las antorchas.
Oh
noche más deliciosa que
el paraíso.
Oh
noche libre de
tinieblas.
Oh
noche llena de luz.
Oh
noche que quitas el sueño.
Oh
noche que haces velar
con los ángeles.
Oh
noche terrible para los
demonios.
Oh
noche anhelo de todo un
año...
Oh
noche madre de los neófitos...
" (PG 40, 433-444).
He
aquí el hermoso texto con
el que Basilio de Seleucia
inicia con garbo una homilía
pascual: "Cristo con
su Resurrección de entre
los muertos ha hecho de la
vida de los hombres una
fiesta" (PG 28,
1081).
Entre
los salmos resuena también
el Aleluya pascual que
los Padres comentan con el
sentido típico de la
alegría de Pascua.
Célebre
es el comentario de Agustín
sobre el cántico nuevo: (PL
38,210-213).
Los
ritos de la iniciación
cristiana.
Por el testimonio de
Tertuliano y los textos de
la Tradición apostólica
y de manera particular por
las catequesis mistagógicas
de Cirilo de Jerusalén,
se puede afirmar que ya
desde los primeros
decenios del siglo III se
celebra el bautismo, la
unción con el crisma, y
la primera eucaristía de
los neófitos, con una
variada expresividad de símbolos
que los Padres comentan en
sus homilías mistagógicas.
Cada rito es explicado en
su significado místico.
El sentido beso de paz
intercambiado en la
asamblea, expresa en este
momento el gozo particular
de la vigilia pascual.
Beso de paz y de
reconciliación según
este conocido texto de
Gregorio de Nisa que todavía
hoy resuena en los Estikirás
de Pascua en la liturgia
bizantina.
"Día
de Resurrección, (feliz
inicio! Celebremos con
gozo esta fiesta y démonos
el beso de paz. Invitemos
(oh hermanos! a hacer
Pascua aún a aquellos que
nos odian... Perdonándonos
todo en honor de la
Resurrección, olvidemos
las ofensas recíprocas"
(PG 35,396-401).
La
Eucaristía.
El centro de la
celebración es la
Eucaristía, en la que el
Señor Resucitado se hace
presente y se entrega a la
Iglesia. Es la unión
nupcial con la Esposa. Los
neófitos reciben la
comunión con el cuerpo y
la sangre del Señor por
primera vez y se les
ofrece un cáliz en el que
saborean la leche mezclada
con la miel, signo de su
ingreso en la tierra
prometida. La comunión
interrumpe el ayuno y
surge la alegría del
encuentro con el Señor
Resucitado que se prolonga
cincuenta días.
Pero
en medio de la Pascua
puede existir una
experiencia dolorosa de
persecución como la que
nos transmite Eusebio en
este hermoso texto
antiguos: "Nos
exiliaron y, solos, entre
todos fuimos perseguidos y
llevados a la muerte. Pero
también entonces hemos
celebrado la fiesta. Cada
lugar donde se padecía,
llegó a ser para nosotros
un lugar donde se
celebraba la fiesta:
aunque fuese un campo, un
desierto, una nave, una
posada, una prisión. Los
mártires perfectos
celebran la más espléndida
de las fiestas pascuales
siendo admitidos a la
gracia del festín
celestial" (Eusebio, Historia
Eccl. VII, 22,4).
El
ágape. Con
la Eucaristía se rompía
el ayuno y con el ágape
de la fraternidad se
participaba en el gozo común.
Todavía hoy el ágape
forma parte de la
celebración pascual en
Oriente y expresa la
participación del
regocijo común después
del largo ayuno de espera.
El
Lucernario. Todo,
lo hemos dicho, sucedía
en la noche iluminada por
las antorchas. El aula de
la celebración iluminada
como el día, era la más
hermosa expresión de una
obscuridad vencida por la
luz de Cristo, y por la
luz de los cristianos que
resplandecen en las
tinieblas con su vida de
hijos de la luz.
Ya
se percibe en la el
exordio de la homilía del
Anónimo Cuartodecimano
este cántico lírico de
la luz cuando escribe:
"He aquí que brillan
ya los sagrados rayos de
la luz de Cristo... Aquél
que es antes que la
estrella matutina y que
los astros, Cristo el
inmortal, el grande, el
inmenso, brilla sobre
todas las cosas más que
el sol..." (PG
59,735).
La
continuación de la
fiesta. La
fiesta iniciada en la
vigilia se prolongaba
durante todo el día; más
aún, por una semana
entera y todavía después
por cincuenta días.
Escribe Hamman:
"Desde la mañana los
cristianos se
intercambiaban augurios y
felicitaciones. Todo el
domingo era día de gozo.
En Hipona, Agustín
predicaba también a la mañana
y frecuentemente también
a la tarde. El tema
pascual era inagotable. La
fiesta se prolongaba por
una semana entera, durante
la cual los fieles
escuchaban en la misa el
relato evangélico de las
apariciones del
Resucitado..."
Una
celebración diferenciada
de la vigilia pascual:
el
rito latino y el rito
bizantino
La
vigilia pascual del rito
romano
Después
de un día de silencio, de
oración y de ayuno, los
cristianos de disponen en
el rito latino a celebrar
la Pascua, el paso, la
Resurrección del Señor.
La vigilia pascual es la
Pascua del Señor y la
Pascua de la Iglesia,
origen y raíz de todo el
año litúrgico. La
estructura actual recupera
el pleno sentido de la
antigua celebración
pascual en el corazón de
la noche. Debe ser
celebrado como vigilia
completa hasta las
primeras horas del alba,
con el gozo de vivir el
vela orando y cantando en
esta noche "esperada
durante todo un año."
En
esta celebración de la
vigilia reciben su
consagración pascual las
palabras, las oraciones,
los sacramentos, y los símbolos
de la Iglesia que son
prolongaciones e
irradiaciones de la
Pascua. Todo es nuevo,
todo confiere novedad a la
Iglesia en los grandes símbolos
cristológicos y litúrgicos.
Estos
grandes símbolos son: La
asamblea santa que es
siempre la Esposa y la
comunidad del Resucitado.
El tiempo nuevo que es
siempre, de noche y de día,
tiempo pascual insertado
ya en nuestro hoy que es
Cristo.
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