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COMO SE PINTABAN
LOS ICONOS |
La
iconografía en la antigua Rusia era una cosa sagrada. Por una parte,
seguir el canon empobrecía el proceso creativo, en cuanto que la
iconografía de una imagen ya estaba creada. Por otra, sin embargo, este
hecho obligaba al pintor a poner todo su arte en enfocar la esencia de
un paradigma ya pintado.
Las tradiciones no tenían que ver sólo con la iconografía, sino también
con la elección del material sobre el que se pintaban los iconos, con el
material del fondo (imprimación), con el modo de preparación de la
superficie de la pintura, con la tecnología de preparación de los
colores y con la secuencia de la escritura.
Para pintar iconos en la antigua Rus se usaba la pintura al temple,
preparando los colores con yema de huevo.
Los iconos se pintaban sobre todo en tablas de madera. Habitualmente,
estas tablas eran de tilo, en el Norte de alarce y de abeto, en Pskov de
pino. La tabla se hacía cortando el tronco con el hacha, y se escogía la
capa interna, más dura. El proceso era fatigoso y largo.
Sobre la parte frontal de la tabla se hacía una depresión no profunda:
el cofre, limitado a los lados de la tabla por los bordes. que se
alzaban ligeramente. Para los iconos pequeños se podía usar una sola
tabla. Para los grandes se unían varias tablas. El carácter de la cola
de pegar, la profundidad del cofre y la longitud de los bordes podían
ayudar a menudo a delimitar el tiempo y el lugar de preparación de la
tabla para el icono. Los bordes de los iconos antiguos de los siglos XI-XV
suelen ser largos, y el cofre es profundo. Los iconos más recientes
tienen bordes estrechos, y desde el siglo XIV los iconos se pintaban a
veces sobre tablas sin bordes.
Para el fondo se usaba una mezcla de alabastro con cola, preparado con
yeso y cola de pescado. La tabla para el icono se lavaba algunas veces
con la cola caliente y líquida, una vez encolado el tejido de lino. Tras
secar éste, se aplicaba la mezcla de alabastro con cola, en diferentes
capas. Su superficie se corregía con cuidado, y también se rectificaba.
A veces, sobre la última capa se hacía el relieve. En los iconos
antiguos, a partir del siglo XII, a menudo se hacía también el
“cincelado” sobre el alabastro dorado. En ocasiones, este cincelado,
adornado con diseños, se hacía sobre la aureola. En épocas más
recientes, a partir del siglo XVI, para crear un adorno en el relieve,
antes de escribir se tallaba el alabastro. Luego se doraba el relieve.
Sobre la superficie preparada del fondo se hacía el boceto. Al
principio, se realizaba un primer boceto de la representación, luego un
segundo, ya más preciso. El primero se hacía tocando delicadamente la
tabla con un carbón blando de ramitas de abedul, el segundo con pintura
negra o roja.
Algunos iconos se hacían según los “originales” o modelos caligráficos
tomados de los iconos que servían de ejemplos.
Después se iniciaba el auténtico proceso de pintura. Primero se doraba
todo lo que era necesario: los bordes del icono, el fondo, las coronas,
los pliegues de los vestidos. Luego se pintaban los vestidos, los
edificios, el paisaje. Durante la etapa final de la creación del icono
se diseñaba la faz. La representación, una vez acabada, se cubría con un
barniz especial –laca– de aceite de linaza.
La labor de coloración se hacía de acuerdo con una
secuencia bien definida. Primero, las superficies limitadas por márgenes
del boceto se cubrían con las capas de color correspondientes, por este
orden: el fondo, las montañas, los edificios, los vestidos, las partes
del cuerpo descubiertas, la faz. Luego se iluminaban los detalles en
relieve de los objetos. Gradualmente, añadiendo blanco al barniz, se
cubrían las superficies siempre más pequeñas. Las últimas pinceladas se
aplicaban sólo con blanco puro.
Para conferir mayor tridimensionalidad a la representación, sobre las
superficies oscuras y profundas se daba una capa más suave de barniz
oscuro. Tras ella, con líneas delicadas se diseñaban todos los ragos del
rostro y los cabellos.
A continuación, se aplicaban destellos de luz clara en las partes en
relieve del rostro: la frente, los pómulos, la nariz, los mechones del
pelo, con blanco u ocre mezclado con blanco. Luego el rojo: una capa
suave de barniz rojo se aplicaba sobre los labios, las mandíbulas, la
punta de la nariz, los lacrimales de los ojos, las orejas. Seguidamente,
con un barniz marrón líquido se diseñaban las pupilas de los ojos, los
cabellos, las cejas, el bigote, la barba.
Como paradigma para pintar los iconos servían los ejemplos: los
“originales”, que contenían indicaciones de cómo se podía pintar una u
otra imagen.
La pintura al temple exige una técnica virtuosa y una elevada cultura
pictórica, a lo que se llega tras muchos años de estudio. La iconografía
era un arte inconmensurable. El pintor se preparaba a propósito para
crear la “obra iconográfica”.
Este era un acto que permetía entrar en relación con Dios y exigía una
purificación tanto espiritual como física: “...cuando pintaba un icono
santo, sólo probaba bocado los sábados y los domingos y no se concedía
descanso ni de día ni de noche. Pasaba las noches en vela, en oración y
adoración. Durante el día, con humildad, simplicidad, pureza, paciencia,
ayuno y amor, y sólo pensando en Dios, se dedicaba a la iconografía”.
Los iconos bien pintados se consideraban pinturas de Dios, no del
pintor. Se conservan poquísimos nombres de antiguos pintores de iconos
rusos, debido al hecho de que, si era Dios mismo quien pintaba con las
manos de los pintores, no era oportuno destacar el nombre de la persona
de cuyas manos se servía Dios.
Por otra parte, el proceso pictórico se hacía en contacto oculto con
Dios, y escribir el propio nombre no era necesario: Dios conoce bien a
aquél que, a través de la oración y la humildad, busca representar al
Prototipo.
Por desgracia, la laca de aceite de linaza se oscurece con el tiempo, y
después de más de ochenta años, la capa de laca del icono se torna negra
y cubre casi por completo la pintura. Es necesario “renovar” los iconos.
Se creaba otra pintura, la cual, de acuerdo con el pensamiento del
pintor, estaba destinada a sacar a la luz lo que permanecía oculto bajo
la laca ennegracida, aunque, a veces, se pintaba una imagen nueva,
diferente de la anterior.