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EL DESCUBRIMIENTO
DE LOS ICONOS EN EL S. XX |
La
vida de un icono no superaba los 100 años. Pasado este tiempo, la imagen
se volvía oscura, ya que el aceite de linaza cambiaba de color y,
además, el icono se tiznaba con el humo de las velas. En ese momento
procedían a renovarlo (sobre el diseño que apenas se veía ponían uno
nuevo). En el siglo XX, cuando el proceso de restauración ha alcanzado
una cierta perfección, por debajo de la antigua laca han comenzado a
aparecer, por sorpresa, colores puros y vivos.
Los iconos rusos sorprendieron al mundo durante la primera exposición de
arte antiguo ruso, que tuvo lugar en 1913 en Moscú. Durante ella, se
expusieron obras maestras restauradas de las escuelas de Moscú y
Novgorod de los siglos XIV-XVI. La belleza de esta dirección artística
apenas descubierta era impresionante: resplandecían los colores tersos,
sorprendía la originalidad de las novedades en colorido y composición,
llena de la sabia percepción del mundo realizada por nuestros
predecesores. Era uno de los más bellos descubrimientos del siglo XX. La
iconografía eclesiástica rusa se aparecía al mundo como un fenómeno
único, con un enorme significado artístico.
En el siglo XX, los restauradores aprendieron el arte de descubrir la
pintura antigua, que se conservaba bajo las capas de pintura aplicadas
más tarde. Una de las obras maestras devuelta a la vida fue la “Madre de
Dios de Vladimir” del siglo XII.
La pintura de esta escuela se había descubierto en los años 1918-1919.
La restauración fue dirigida por un grupo de especialistas, a cuyo
frente se encontraba A.I. Anisimov. Así es como describe los trabajos
I.E. Grabar: “Habíamos considerado esencial que todo fragmento de una u
otra época que se encontraba en esta obra maestra debía conservarse con
sumo cuidado. Por ello, apartábamos estas capas, bajo las que se
encontraban otras aún más antiguas, conservando cuidadosamente las capas
removidas. De esta forma, cada época se delimitaba precisamente por sí
sola, revelando toda la historia del icono”.
El icono de la Madre de Dios de Vladimir ha vivido una larga y no fácil
historia. Fue pintado en Bizancio en el siglo XII. El tipo canónico de
este icono se llamaba en Bizancio “Eleusa”, que quiere decir
“bondadosa”. En Rusia, “Eleusa” se traducía por “Ternura”, que transmite
muy bien el contenido de la imagen.
María está llena de una tímida ternura hacia su Hijo, que la abraza
delicadamente por el cuello y junta su mejilla a la de ella.
Comprendemos los ojos de la Virgen. Mira directamente a la persona que
tiene delante. Hay en su mirada una ternura infinita, un dolor infinito
y también una eterna pregunta.
¿Cómo soportar esta mirada? ¿Cómo poder entrar en comunicación con la
Virgen? Sólo con la humildad y la oración... Así es un auténtico icono.
Es el resultado de la más elevada comprensión de la imagen de lo
Terrenal y lo Universal, una frontera elevada que, sin embargo, puede
ser alcanzada por el hombre.
Esta imagen de la Virgen María no tiene igual en todo el arte mundial.
El icono fue llevado de Constantinopla a Kiev hacia el año 1136, pero en
1155 el principe Andrei Bogoliubski se lo llevó a Vladimir, de donde
toma el nombre (Vladimirskaia). En 1395 fue trasladado a la catedral de
la Dormición del Kremlin, en Moscú, pero pronto volvió a Vladimir. Más
tarde, en 1480, lo llevaron de nuevo a Moscú, donde aún se encuentra
hoy.
Este icono ha sido pintado cuatro veces: en la primera mitad del siglo
XIII, a principios del siglo XV, en 1514 y en 1896. A la más antigua
pintura bizantina del siglo XII se remontan sólo las faces de la Virgen
y del Niño y la palma de la mano izquierda. Todo lo demás lo pintaron
los maestros iconográficos rusos. Se considera que el pintor que
restauró este icono a principios del siglo XV fue Andrei Rubliev.
De este modo, podemos decir, con toda razón, que este icono es
bizantino-ruso. Con mayor motivo, por el hecho de que ha servido de
ejemplo para muchos iconos rusos, “La Madre de Dios con el Niño” ha
llegado a ser el paradigma de imagen canónica de la Madre de Dios de
Vladimir.