MUNDO ORTODOXO
 
 
 

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El asalto de mongoles y tártaros tuvo una fuerte influencia sobre la vida eclesiástica de la Rus. Muchas ciudades quedaron convertidas en ruinas; las iglesias y los monasterios fueron saqueados y profanados. La otrora resplandeciente Kiev se quedó tan vacía que los arzobispos de Kiev y de toda la Rus de finales del siglo XIII desplazaron su residencia a Vladímir (en el río Kliazma) y, más tarde, a Moscú, convertida en un nuevo centro de unificación de las tierras rusas en el único estado.


Aunque es necesario reconocer que, tras el asalto de los enemigos de la Rus, los ocupantes mostraron mucha paciencia hacia la Iglesia ortodoxa rusa, lo cierto es que la invasión trajo consigo la decadencia de la vida eclesiástica: se extinguieron los monasterios, se detuvo la construcción de nuevas iglesias, decayó la propagación de la cultura espiritual...


El traslado del arzobispo metropolitano al Norte causó descontento en Lituania. En el siglo XIV cayeron bajo su control las tierras rusas occidentales y meridionales, y entre ellas también Kiev. Una vez unificada, la metrópolis rusa se separó: los grandes príncipes lituanos, que pretendían que fuera como Moscú en el proceso de unificación de las tierras rusas, inauguraron la metrópolis de Kiev en el siglo XIV, y también durante algún tiempo la de Galic. La unión de Lituania con el reino católico de Polonia, proclamada en 1385, condujo a un proceso de presión jurídica, económica y política sobre la ortodoxia de parte de la Rus occidental. La mayor parte de los obispos ortodoxos no supño oponerse a esta presión. El emperador bizantino Miguel VIII Paleologo, ya en el siglo XIII, intentó hacer alianza con Roma, sometiéndole la Iglesia bizantina a cambio del respaldo político y militar frente a los turcos. En 1274, en Lyon, los representantes del emperador suscribieron el documento de alianza con Roma (la Unión de Lyon). Pero los ciudadanos y la Iglesia Oriental se revolvieron contra el emperador: Miguel fue excomulgado por la Iglesia y privado de sepultura eclesiástica. Al catolicismo se convirtió un reducido número de "latífonos" (seguidores de la cultura occidental).


En 1439, en Florencia, bajo la presión del emperador, por una parte, y de Roma, por la otra, los jerarcas griegos de nuevo suscribieron el documento de sumisión a la Santa Sede de Roma.


La Unión de Florencia era la brizna de paja a la que quiso agarrarse el imperio frente a la amenaza del asalto turco. Históricamente, este acto no le aportó más ventaja al imperio que la que ofrece una brizna de paja a quien se ahoga. El imperio cayó. Muy pronto, Constantinopla deshizo la Unión. Èsta, sin embargo, dio a Roma argumentos jurídicos en la controversia con las iglesias ortodoxas, le ayudó a crear una red de escuelas para preparar a los "católicos del ritual oriental" y a predicadores y misioneros, para crear literatura al respeto predestinada a su difusión en el entorno ortodoxo. Estos medios, junto con la presión de los príncipes locales, se utilizaron en los territorios de los anteriores principados rusos, recién incorporados al territorio de Lituania y Polonia. En 1596, la mayor parte de los jerarcas locales aceptaron la Unión de Brest con Roma.
Los jerarcas más altos aceptaban la confesión católica de la fe con la condición de que se ampliarían sus derechos políticos y patrimoniales y de que se preservaría el antiguo ritual oriental.


Las hermandades ortodoxas, constituidas generalmente por laicos y cosacos, se convirtieron en el baluarte de la ortodoxia en estas tierras. Tales hermandades (las mas fuertes fueron las de Lvov y Vilensk y, más tarde, también la de Kiev) crearon sus escuelas y tipografías. En Lvov trabajaron los primeros editores rusos venidos de Moscú, con Iván Fiodorov como jefe. Ellos aportaron una gran contribución al desarrollo de la iluminación ortodoxa en Bielorrusia y Ucrania.
En la historia de la Iglesia han dejado una fuerte impronta el príncipe Constantino Ostrozski, que creó en Ostrog un centro de propagación de la cultura ortodoxa, y su más estrecho colaborador, Andrei Kurbski, huido a Lituania durante el gobierno de Iván el Terrible. Kurbski convenció a los nobles rusos locales para que siguieran siendo ortodoxos a toda costa.


En el siglo XVII, la Academia de Kiev-Mogila se convirtió en el principal centro de la educación ortodoxa, no sólo de las antiguas tierras rusas de los principados del sur y del suroeste, sino también de toda la Rus. En su nombre ha entrado el seudónimo usado como apellido por el fundador de la academia: Pedro Mogila, arzobispo metropolitano de Kiev. En las ediciones ortodoxas hechas en Kiev, Lvov y Vilnius se nota una fuerte influencia del lenguaje teológico católico. El hecho reside, por una parte, en que con la destrucción del imperio bizantino también se arruinó el sistema de educación del oriente ortodoxo, y, por otra, en que esta educación se desarrolló sin obstáculos en el occidente católico y muchos de sus resultados fueron asimilados por la escuela teológica de Kiev. Su lengua "de trabajo" era el latín (la escuela de Kiev se apoyó, sobre todo, en las fuentes latinas). La experiencia de la escuela de Kiev y sus teólogos tuvieron un papel importante en la reconstitución de la propagación de la cultura ortodoxa en la Rus de Moscú, en el siglo XVII, cuando se cerraron las heridas de los Tiempos turbios.

     

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