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LA LUZ DEL TEMPLO
ORTODOXA |
El
símbolo de la unión de lo terrestre con lo celeste se representa
mediante la fusión de las dos fuentes de luz que hay en el templo: la
luz que se derrama desde lo alto (la parte inferior de la cúpula) y la
luz que viene de abajo, de las velas y lámparas, que simbolizan la
oración de los fieles.
En la acción que se lleva a cabo en el templo la luz desempeña la parte
del dirigente: precisamente, de la luz depende en gran parte cómo se
percibe el espacio del templo y todo cuanto lo llena y se realiza en él.
Durante las celebraciones vespertinas, la luz se suele apagar, dejando
el templo en penumbra. Esto simboliza al mundo, inmerso en las tinieblas
hasta la venida de Cristo. Durante las celebraciones de la mañana, el
sacerdote proclama: ¡Gloria a Ti, que nos has mostrado la luz!, y se
encienden los “panicadila” (grandes candelabros que cuelgan del techo),
se encienden las velas y el templo se llena de luz.
En
cambio, para las grandes festividades, especialmente para la Pascua, el
templo se inunda de rayos de luz. La celebración de la Resurrección de
Cristo se inicia el sábado, en plena noche, en plena oscuridad.
Precisamente a medianoche, los sacerdotes comienzan a cantar en el
santuario las alabanzas pascuales junto con los fieles. Se encienden las
velas que lleva en la mano cada uno de los presentes en la iglesia. Y
así, de una vela a otra se pasa la llama viva, y el templo se llena de
cientos, de miles de llamas pequeñas que se funden en un río de fuego
que no deja de moverse, que gira en procesión en rededor de la iglesia.
Resuena la voz del sacerdote: Cristos voskries! ¡Cristo ha resucitado! y
miles de voces responden con alegría: Voistinu voskries! ¡Verdaderamente
ha resucitado! En la iglesia se encienden todos los candelabros, para
que haya la más luz posible. La Resurrección de Cristo la celebra la
Iglesia como la victoria sobre la muerte, sobre el mundo de las
tinieblas y del pecado. La Pascua es una fiesta de luz