Es
el fundador del monasticismo
occidental. Nació en Nursia
alrededor del año 480. Murió
en Montecasino en 543. La única
auténtica vida de Benito de
Nursia es la que está contenida
en los “Diálogos” de San
Gregorio, y es más bien un
bosquejo de su carácter que una
biografía. Consistente
mayoritariamente de eventos
milagrosos que, si bien iluminan
la vida del Santo, poco ayudan
para hacer una descripción
cronológica de su vida. Las
fuentes de san Gregorio fueron,
según lo que él mismo cuenta,
algunos discípulos del Santo:
Constantino, que lo sucedió
como abad de Montecasino, y
Honorato, que era abad de
Subiaco cuando san Gregorio
escribía los “Diálogos”.
Benito
fue hijo de un noble romano de
Nursia, pequeña población
cercana a Espoleto. Hay una
tradición, aceptada por san
Beda, que afirma que Benito fue
gemelo de su hermana Escolástica.
Pasó su niñez en Roma, donde
vivió con sus padres y asistió
a la escuela hasta que llegó a
la educación superior. Fue en
este punto cuando “habiendo
regalado a otros sus libros, y
dejando la casa y la riqueza de
su padre, deseoso de servir sólo
a Dios, se dio a la búsqueda de
un sitio donde pudiera lograr
ese santo propósito. Fue así
que abandonó Roma, instruido
por una ignorancia culta y
provisto de una sabiduría no
aprendida” (“Diálogos”,
san Gregorio, II, Introducción,
en Migne, P.L. LXVI). No hay
concordancia de opiniones acerca
de la edad de Benito en ese
momento. Generalmente se ha
afirmado que fue a los catorce años,
pero un examen minucioso de la
narración de san Gregorio hace
imposible suponer que eso sucedió
antes de los 19 ó 20 años. Tenía
edad suficiente para haber
estado en medio de sus estudios
literarios, para entender el
significado real y el valor de
las vidas disolutas y
licenciosas de sus compañeros,
y para haber sido él mismo
afectado profundamente por el
amor de una mujer (Ibid. II, 2).
Era perfectamente capaz de
sopesar todos esos elementos y
compararlos con la vida que se
aconsejaba en los Evangelios, y
de optar por esta última.
Estaba iniciando su vida; tenía
a su alcance los medios para
hacer una carrera en la nobleza
romana. No era ciertamente un
chiquillo. San Gregorio afirma:
“estaba en el mundo y era
libre de disfrutar de las
ventajas que el mundo le ofrecía,
pero dio un paso atrás del
mundo, en donde ya había puesto
el pie” (Ibid. Introducción).
Si se
acepta el año 480 como la fecha
de su nacimiento, podremos
pensar que el abandono de sus
estudios y de su hogar sucedió
alrededor del año 500 d.C.
No
parece que Benito haya salido de
Roma con el objeto de
convertirse en eremita, sino
simplemente de encontrar un
lugar alejado de la vida de la
gran ciudad. Basta observar que
se llevó con él a su anciana
nodriza para que lo sirviera, y
se estableció en Enfide, cerca
de un templo dedicado a san
Pedro, en compañía de
“hombres virtuosos” que
compartían sus sentimientos y
su perspectiva sobre la vida. La
tradición de Subiaco identifica
Enfide como la actual Affile,
que se encuentra en las montañas
Simbrucini, alrededor de
cuarenta millas de Roma y dos de
Subiaco. Está sobre la cima de
un risco que se levanta
abruptamente desde el valle
hacia una cadena de montañas, y
que vista desde el valle se
asemeja a una fortaleza. Según
describe la narrativa de san
Gregorio, y lo confirman las
ruinas del pueblo antiguo y las
inscripciones encontradas en los
alrededores, Enfide era un sitio
de mayor importancia que la
población actual. Fue en Enfide
donde Benito operó su primer
milagro restaurando a su condición
original una criba de trigo
hecha de barro que su anciana
sierva había roto
accidentalmente. El renombre que
ese milagro le dio a Benito hizo
que éste buscara irse más
lejos aún de la vida social y
“escapó secretamente de su
nodriza y buscó el rincón más
apartado de Subiaco”. Había
sido transformado el propósito
de su vida. Originalmente había
escapado de los males de la gran
ciudad; ahora estaba determinado
a ser pobre y a vivir de su
propio trabajo. “Por Dios
escogió deliberadamente las
durezas de la vida y el
cansancio del trabajo” (Ibidem
1).
A
una corta distancia de Efide está
la entrada de un valle angosto y
oscuro que penetra en la montaña
y conduce directamente a Subiaco.
Al otro lado del río Anio y
desviándose a la derecha, el
sendero asciende siguiendo la
cara izquierda del precipicio y
pronto llega al sitio de la
villa de Nerón y de la enorme
masa formada por el extremo
inferior del lago central. En el
otro extremo del valle están
las ruinas de los baños romanos
de los cuales aún subsisten
algunos grandes arcos y trozos
de los muros. Sobresale de entre
veinticinco arcos bajos, cuyos
cimientos pueden ser
perceptibles aún hoy día, el
puente que une la villa y los baños,
y bajo el cual fluye en cascada
el agua del lago central al lago
inferior. Las ruinas de esos
amplios edificios y el ancho
caudal de la cascada cerraban el
paso de Benito al llegar éste
de Enfide. Hoy día el valle
yace abierto ante nosotros,
cerrado solamente por las
lejanas montañas. El sendero
continúa ascendiendo mientras
el lado del precipicio, sobre el
que corre, se hace más y más
empinado hasta llegar a una
cueva sobre la que la montaña
se eleva casi
perpendicularmente. A su lado
derecho desciende rápidamente
hasta donde estaban, en tiempos
de san Benito, las azules aguas
del lago. La boca de la cueva es
de forma triangular y tiene unos
diez pies de profundidad. De
camino desde Efide, Benito
encontró a un monje, Romano,
cuyo monasterio estaba en la
montaña sobre el precipicio
donde estaba la cueva. Romano
discutió con Benito el propósito
del viaje que había llevado
este último a Subiaco, y le dio
un hábito monacal. Por consejo
de Romano, Benito se convirtió
en eremita y así vivió por
tres años, desconocido de la
gente, en esa cueva sobre el
lago. San Gregorio dice poco de
ese tiempo, pero ya no dice que
Benito era un joven (puer) sino
un hombre (vir) de Dios. Dos
veces nos dice que Romano sirvió
al Santo en todo lo que pudo.
Parece ser que el monje visitaba
frecuentemente a Benito y le
llevaba comida en ciertos días.
Durante esos años de soledad,
rotos sólo por algunos
encuentros casuales con el mundo
exterior y por las visitas de
Romano, maduró en mente y en
carácter, en el conocimiento de
si mismo y de sus hermanos
hombres, y al mismo tiempo no
solamente su nombre se fue
haciendo famoso sino que
conquistó el respeto de quienes
vivían a su alrededor. Su
nombre era tan respetado que, a
la muerte del abad de un
monasterio vecino (identificado
por algunos como Vicovaro), la
comunidad lo buscó para pedirle
que aceptara ser el nuevo abad.
Benito conocía la vida y la
disciplina de ese monasterio y
también sabía que “su estilo
de vida era distinto al suyo y
que nunca podrían estar
totalmente de acuerdo, pero,
después de un tiempo, vencido
por su insistencia, aceptó” (Ibid.
3). La experiencia fracasó. Los
monjes intentaron envenenarlo,
de modo que Benito volvió a su
cueva. A partir de ese tiempo
sus milagros se hicieron más
frecuentes, y muchas personas,
atraídas por su santidad y su
carácter, llegaron a Subiaco
para ponerse bajo su guía.
Benito construyó doce
monasterios en el valle para
acomodar a esas personas. En
cada uno de ellos puso a un
superior con doce monjes. El vivía
en el treceavo, con “unos
cuantos, a los que él
consideraba que su presencia sería
más útil y podrían ser
instruidos mejor” (Ibid., 3).
Pero él se convirtió en el
abad y el padre de todos. Con el
establecimiento de esos
monasterios comenzaron las
escuelas para niños, y entre éstos,
unos de los primeros fueron
Mauro y Plácido.
El
resto de la vida de Benito fue
dedicada a llevar a cabo el
ideal de monasticismo que nos ha
dejado plasmado en su Regla.
Antes de seguir con la breve
narración cronológica de su
vida que nos transmite san
Gregorio, será mejor examinar
el ideal que, para san Gregorio,
constituye la verdadera biografía
de Benito (Ibid. 36). Aquí
trataremos de la Regla solamente
en cuanto que ésta es un
elemento primordial en la vida
de san Benito. Para considerar
la influencia que la Regla tuvo
en el monasticismo de las épocas
anteriores y en los gobiernos
civiles y religiosos
occidentales, y sobre la vida de
los cristianos, (vease
MONASTICISMO y SAN BENITO)
LA
REGLA BENEDICTINA
1.
Antes de ponernos a estudiar la
Regla de san Benito hace falta
señalar que fue escrita para
seglares, no para clérigos. No
era el propósito del Santo
establecer una orden de clérigos
con obligaciones y funciones
clericales, sino una organización
y unas normas apropiadas para la
vida doméstica de los seglares
que quisiesen vivir en la forma
más plena posible la vida
sugerida por el Evangelio.
“Mis palabras- dice san
Benito- se dirigen a ti que,
renunciando a tu propia
voluntad, te revistes de la
fuerte y brillante armadura de
la obediencia para pelear por
nuestro Señor Cristo, nuestro
verdadero Rey” (Prólogo a la
Regla). Más tarde, la Iglesia
impuso el estado clerical a los
benedictinos, y con él se
impusieron las obligaciones de
las funciones clericales y
sacerdotales, pero siempre ha
permanecido la impronta del
origen seglar de los
benedictinos, y ello constituye
quizás una de las señales
distintivas de esa orden frente
a otras de origen posterior.
2.
Otra característica de la Regla
del Santo es su perspectiva del
trabajo. La así llamada orden
no se estableció para llevar a
cabo algún trabajo en
particular ni para solucionar
alguna crisis de la Iglesia en
particular, como sucedió en
otras órdenes. Para Benito, el
trabajo de sus monjes era
simplemente un medio para llegar
a lo bueno de la vida. La gran
fuerza disciplinaria de la
naturaleza humana es el trabajo;
el ocio es su ruina. El objetivo
de su Regla era llevar a los
hombres “de regreso a Dios por
el trabajo obediente, del que se
habían alejado por el ocio de
la desobediencia”. El trabajo
es la primera condición de
crecimiento en el bien. Fue
precisamente para que su propia
vida se “fatigara con el
trabajo en nombre de Dios” que
san Benito dejó Enfide para ir
a la cueva de Subiaco. San
Gregorio comenta que es
necesario que los elegidos de
Dios se “fatiguen con labores
y penas” al inicio, cuando las
tentaciones son más fuertes. En
el proceso de regeneración de
la naturaleza humana en el orden
de la disciplina, incluso la
oración tiene un segundo lugar,
detrás del trabajo, ya que en
el alma del ocioso la gracia se
encuentra con el rechazo. Cuando
“el Godo” (uno del que habla
san Gregorio) “dejó el
mundo” y subió a Subiaco, san
Benito le entregó un azadón y
lo envió a desbrozar un campo
para hacer un jardín. “Ecce!,
Labora!”, ve y trabaja. El
trabajo no era, como afirmaban
las civilizaciones contemporáneas,
una condición peculiar de los
esclavos. Es el destino de todo
hombre, necesario para su
bienestar como persona humana y
esencial como cristiano.
3.
La vida religiosa, según la
concibió san Benito, es
esencialmente social. Una vida
alejada de los demás, la vida
de los eremitas, si quiere ser
sana e integral, sólo es buena
para unos cuantos, y éstos
deben haber alcanzado una etapa
avanzada de auto disciplina a
través de la vida comunitaria
(Regla, 1). La Regla se ocupa
totalmente de la reglamentación
de la vida de una comunidad de
varones que oran, comen y
trabajan juntos y sirve no
solamente como estrategia didáctica,
sino como un elemento permanente
de su vida. La Regla concibe al
superior como alguien siempre
presente y en continuo contacto
con cada miembro del gobierno,
el cual es descrito como
patriarcal o paternal (Ibid. 2,
3, 64). El superior es la cabeza
de la familia. Todos son
miembros permanentes de un
hogar. Gran parte de la enseñanza
espiritual de la Regla queda
escondida entre una normatividad
que parece ser simplemente
social y la organización doméstica
(Ibid. 22-23, 35-41). Todo el
marco y la enseñanza de la
Regla están de tal modo
conectados con la vida doméstica
que se puede pensar que un
benedictino, más que entrar a
una orden religiosa parece
entrar a una familia. El carácter
social de la vida benedictina ha
encontrado su expresión en un
tipo fijo de monasterios y en la
clase de trabajos emprendidos
por los benedictinos. Además,
está asegurado por un absoluto
comunismo en las posesiones (Ibid.
33, 34, 54, 55), por la rigurosa
supresión de todo rango
mundano- “nadie de noble cuna
puede ser (por esa razón) ser
puesto en una posición superior
a quien antes era esclavo” (Ibid.,
2)-, y por la presencia forzada
de todos en las rutinas diarias
de la casa.
4.
Si bien la Regla prohíbe
estrictamente la propiedad
privada, en el concepto que san
Benito tenía de la vida monástica
no entraba el que los mojes,
como cuerpo, debieran
desprenderse de toda riqueza y
vivir de las limosnas de los
fieles. Su propósito era más
bien limitar los requerimientos
individuales a sólo aquello que
es estrictamente necesario y
simple, y asegurar que el uso y
administración de las
posesiones comunes se realizaran
de acuerdo al Evangelio. La idea
benedictina de pobreza es muy
distinta de la franciscana. Los
benedictinos no hacen un voto
explícito de pobreza. Su único
voto es de obediencia según la
Regla. La Regla permite todo lo
que es necesario al individuo,
junto con ropa suficiente y
variada, comida abundante
(excepción hecha de carne de
cuadrúpedos), vino y suficiente
sueño (Ibid. 39, 40, 41, 55).
Las posesiones pueden ser
tenidas en común, pueden ser
muchas, pero siempre deben ser
administradas a favor del
trabajo de la comunidad y para
el beneficio de otros. El monje
individual es pobre, pero el
monasterio debe estar en
posibilidad de dar limosnas y no
obligado a recibirlas. Hay que
aliviar al pobre, vestir al
desnudo, visitar al enfermo,
enterrar a los muertos, auxiliar
a los afligidos (Ibid. 4),
acoger a los forasteros (Ibid.
3). Los pobres se acercaban a
Benito para obtener medios de
pagar sus deudas (Dial. San
Gregorio, 27); se acercaban a él
para saciar su hambre (Ibid. 21,
28).
5.
San Benito diseñó una forma de
gobierno que merece atención.
Está contenido en los capítulos
2, 3, 31, 64, 65 de la Regla y
en ciertas frases claves
dispersas en los demás capítulos.
Al igual que la Regla, también
su modelo de gobierno no está
diseñado para una orden sino
para una comunidad. Presupone
que los miembros de la comunidad
se han unido, por la promesa de
estabilidad, comprometidos a
pasar sus vidas juntos bajo la
Regla. El superior es elegido
por medio de sufragio universal
y libre. Se puede decir que su
gobierno es una monarquía, pero
sometida a la Regla como
constitución. Todo se deja a la
discreción del abad, dentro del
marco de la Regla, y cualquier
posible abuso de autoridad es
controlado por la religión
(Regla, 2), por el debate
abierto sobre los asuntos
importantes en la comunidad, y
por la discusión con los
ancianos acerca de los asuntos
menores (Ibid. 3). La realidad
de esta vigilancia sobre la
voluntad del gobernante sólo se
puede apreciar debidamente
cuando se recuerda que tanto el
gobernante como la comunidad están
unidos de por vida, que todos
están inspirados por el propósito
común de llevar a cabo la
concepción de la vida que
aparece en el Evangelio, y que
la relación de los miembros de
la comunidad entre si y con el
abad, y del abad hacia ellos,
está sublimada y
espiritualizada por un
misticismo que se inspira en las
enseñanzas del Sermón de la
Montaña, acogidas éstas como
verdades que deben ser vividas
en la vida real.
6.
(a) Cuando un hogar cristiano, o
una comunidad, ha sido
organizada sobre la aceptación
voluntaria de los deberes y
responsabilidades sociales de
cada miembro, sobre la
obediencia a una autoridad y, más
aún, sobre la disciplina
continua de trabajo y auto
negación, el siguiente paso en
la regeneración de los
miembros, en su conversión a
Dios, es la oración. La Regla
habla directa y explícitamente
de la oración pública. A ella
le asigna Benito los salmos y cánticos,
con lecturas de la Sagrada
Escritura y de los Padres.
Dedica 11 de los 27 capítulos
de su Regla a la normatividad de
la oración pública. Es
característico de la libertad
de su Regla, y de la “moderación”
del Santo, que él concluye sus
cuidadosas enseñanzas diciendo
que si algún superior no está
de acuerdo con lo que él indica
puede libremente modificarlo. Únicamente
insiste en que todo el salterio
debe ser recitado en una semana.
Añade que la práctica de los
Santos Padres era
indiscutiblemente “recitar en
un solo día lo que nosotros,
los tibios monjes, apenas
hacemos en una semana” (Ibid.
18). Por otra parte, advierte en
contra del celo excesivo al
establecer la regla general de
que “la oración hecha en
comunidad siempre debe ser
breve” (Ibid.. 20). Es muy difícil
sistematizar la enseñanza de
san Benito acerca de la oración,
sobre todo porque, desde su
perspectiva acerca del carácter
cristiano, la oración es algo
que debe coexistir con la vida
toda, y la vida, a su vez, no es
completa si no está empapada
por la oración.
(b)
San Benito llama “el primer
grado de humildad” a la oración
que cubre todas nuestras horas
de vigilia. Consiste en estar en
presencia de Dios (Ibid. 7). El
primer paso se da cuando lo
espiritual se une a lo meramente
humano, o, como lo expresa el
Santo, es el primer escalón de
una escalera que va del cuerpo
al alma. La habilidad para
practicar este tipo de oración
se refuerza con el cuidado del
“corazón”, sobre el que
insiste frecuentemente el Santo.
El corazón se libra de la
disipación resultante de las
relaciones sociales gracias al hábito
mental de ver a Jesucristo en
todos los demás. “Hay que
servir en todo al enfermo como
si fuera el mismo Cristo” (Ibid..
36). “Que los visitantes que
se acerquen a nosotros sean
recibidos como Cristo” (Ibid..
53). “Ya seamos libres, ya
esclavos, todos somos uno en
Cristo y tenemos igual rango en
el servicio de Nuestro Señor”
(Ibid.. 2)
(c)
En segundo lugar está la oración.
Esta debe ser breve y se debe
decir en intervalos durante la
noche y en siete distintas
ocasiones durante el día, de
modo que, de ser posible, no se
darán largos intervalos sin que
haya una llamada a la oración
formal, vocal (Ibid.. 16). El
lugar que Benito da a la oración
pública, común, se puede
describir diciendo que él la
estableció como el centro de la
vida comunitaria a la que se
vinculan sus monjes. Se trata
nada menos que de la consagración,
no del individuo, sino de la
comunidad entera a Dios a través
de la repetición diaria de
actos públicos de fe, de
alabanza y de adoración al
Creador. Este acto público de
culto a Dios, este “opus Dei”,
debería ser la tarea principal
de sus monjes, a la vez que la
fuente de la que todas las demás
faenas tomaran su inspiración,
dirección y fuerza.
(d)
En último lugar está la oración
privada. Sobre ella no da
ninguna norma el Santo. Debe
apegarse a los dones personales:
“Si alguno desea orar en
privado, déjesele ir en
silencio al oratorio a orar, no
en voz alta, sino con lágrimas
y fervor de corazón” (Ibid..
52). “Nuestra oración debe
ser breve y con pureza de corazón,
aunque puede ser prolongada por
la inspiración de la gracia
divina” (Ibid.. 20). Si san
Benito no da más normas acerca
de la oración privada es porque
toda la condición y el modo de
vida asegurado por la Regla, así
como el carácter derivado de la
observancia de esta última,
conduce naturalmente a estados más
elevados de oración. El Santo
escribe: “Tú, quienquiera que
tengas prisa por ir hacia la
Patria Celestial, cumple con la
ayuda de Cristo esta pequeña
regla que he escrito para los
principiantes, y a la larga
llegarás, bajo la protección
de Dios, a las altas cimas de la
doctrina y virtud de las que
hablamos más arriba” (Ibid.
73). Refiere Benito al lector a
los Padres, a Basilio y a
Casiano para guía acerca de
esos estados más elevados.
De
este corto examen de la Regla y
su sistema de oración, parece
obvio que describir la orden
benedictina como contemplativa
es un error, si es que se usa el
término en su acepción técnica
moderna, que excluye el trabajo
activo. Lo “contemplativo”
indica una forma de vida marcada
por diferentes circunstancias y
con un propósito distinto al de
san Benito. La Regla, incluyendo
su sistema de oración y la
salmodia pública, está hecha
para toda clase de mentes y para
cada grado de conocimiento. No sólo
fue redactada para los cultos y
para las almas avanzadas en la
perfección, sino que organiza y
dirige completamente la vida de
las personas sencillas y los
pecadores, para que puedan
cumplir los mandamientos y
comenzar una vida de bien.
“Hemos escrito esta Regla-
escribe san Benito- para que a
base de cumplirla en los
monasterios podamos demostrarnos
a nosotros mismos que tenemos un
cierto grado de bondad en la
vida y el inicio de la santidad.
Pero para aquellos que desean
acelerar su camino a la perfección
de la religión, ahí están las
enseñanzas de los Santos
Padres, cuyo seguimiento puede
llevar a los hombres al culmen
de la perfección” (Ibid..
73). Antes de abandonar el tema
de la oración será bueno señalar
de nuevo que al ordenar la
recitación pública y el canto
del salterio, san Benito no
estaba poniendo sobre sus monjes
obligaciones claramente
clericales. El salterio era la
forma común de oración de
todos los cristianos. No debemos
ver en la Regla algunas características
que edades posteriores y la
disciplina han convertido en
algo inseparable de la recitación
pública del Oficio Divino.
Podemos
ahora retomar la historia de san
Benito. No sabemos cuánto
tiempo permaneció en Subiaco.
El Abad Tosti conjetura que debe
haber sido hasta el año 529. De
esos años san Gregorio se
contenta con narrar algunas
historias que describen la vida
de los monjes y el carácter y
gobierno de san Benito. Esta última
función la realizó san Benito
al intentar llevar a cabo en los
doce monasterios su concepto de
vida monástica. A partir de la
Regla podemos intentar completar
muchos detalles. Por experiencia
propia y por su conocimiento de
la historia del monasticismo,
Benito sabía que la regeneración
del individuo, fuera de casos
excepcionales, no se logra a
través de la soledad, ni de la
austeridad, sino siguiendo el
camino trillado del instinto
social del hombre, con sus
condiciones necesarias de
obediencia y trabajo. Sabía
también que ni la mente ni el
cuerpo pueden ser sobrecargados
en su esfuerzo de evitar el mal
(Ibid.. 64). Por eso en Subiaco
no encontramos solitarios, ni
eremitas conventuales, ni
grandes austeridades, sino únicamente
varones reunidos en comunidades
organizadas con el objeto de
llevar vidas buenas, trabajando
en lo que les llegaba a sus
manos: portando agua hasta la
cima de pronunciadas montañas,
haciendo faenas de casa,
construyendo los doce claustros,
limpiando el terreno, haciendo
jardines, enseñando a los niños,
predicando a los campesinos,
leyendo y estudiando al menos
cuatro horas diarias, acogiendo
a los forasteros, recibiendo y
entrenando a los nuevos monjes,
participando en las horas
regulares de oración, recitando
y cantando el salterio. La vida
de Subiaco y el carácter de san
Benito atrajeron a muchos a los
nuevos monasterios, pero con los
números cada vez mayores, y su
creciente influencia, llegaron
también inevitablemente los
celos y las persecuciones, que
alcanzaron su punto culminante
cuando un sacerdote vecino
intentó escandalizar a los
monjes llevándoles una mujer
desnuda para que bailara en el
patio del monasterio donde residía
san Benito (Dial. San
Gregorio, 8). Para
proteger a sus seguidores de
ulteriores persecuciones, Benito
abandonó Subiaco y se dirigió
a Monte Casino. .
Sobre
la cima de Monte Casino “había
una antigua capilla en la que la
gente simple del campo, según
la costumbre de los gentiles
viejos, daba culto al dios
Apolo. Alrededor y sobre ella,
en todos lados, había madera
para el servicio de los
demonios, y en ella, hasta ese día,
la loca multitud de infieles
ofrecían los más perversos
sacrificios. El hombre de Dios,
acercándose, hizo pedazos el ídolo,
destruyó el altar y puso fuego
a la madera, y en lo que había
sido el templo de Apolo construyó
el oratorio de san Martín;
donde había estado el altar del
mismo Apolo construyó un
oratorio para san Juan. Gracias
a su continua predicación llevó
a los pobladores de la región a
abrazar la fe cristiana” (Ibid..
8). Fue en este sitio que el
Santo edificó su monasterio. Su
experiencia de Subiaco le había
aconsejado cambiar sus planes,
por lo que en esta ocasión en
vez de construir varias casas,
con una comunidad pequeña en
cada una, puso a todos los
monjes en el mismo monasterio y
cuidó de su gobierno nombrando
a un prior y varios decanos
(Regla, 65, 21). En la Regla-
que probablemente fue redactada
en Montecasino- no encontramos
pista alguna que nos ayude a
entender porqué construyó esos
doce monasterios en Subiaco. La
vida de la que hemos sido
testigos en Subiaco se reanudó
en Montecasino, pero el cambio
de la situación y de las
condiciones locales produjeron
una modificación en el trabajo
adoptado por los monjes. Subiaco
es un valle lejano, perdido en
las montañas y de difícil
acceso. Casino está en una de
las carreteras más transitadas
del sur de Italia, y no está
lejos de Capua. Eso ocasionó
que el monasterio estuviera más
en contacto con el mundo
exterior. Pronto se convirtió
en un centro de gran influencia
en un distrito muy poblado, en
el que había varias diócesis y
otros monasterios. Los abades
llegaban a consultar a Benito.
Había visitas continuas de
gentes de toda clase, y entre
los amigos de Benito se contaban
nobles y obispos. Había también
en la cercanía monasterios de
monjas a los que los monjes acudían
para predicar y enseñar. Hay un
poblado cercano en el que Benito
predicó e hizo muchos conversos
(Dialog. San
Gregorio, 19).
El
monasterio se convirtió en un
protector de los pobres y su
garante (Ibid.. 13), su refugio
en la enfermedad, en las
angustias, en los accidentes y
en la necesidad.
Durante
la vida del Santo hay una cosa
que siempre ha permanecido como
una característica inmutable de
las casas benedictinas: sus
miembros aceptan cualquier
trabajo que se adapte a sus
circunstancias peculiares; el
que sea dictado por sus
necesidades. Así encontramos a
los benedictinos enseñando en
escuelas pobres y en
universidades, practicando las
bellas artes y haciendo faenas
de agricultura, teniendo cuidado
de las almas o consagrándose
enteramente al estudio. Ninguna
labor es ajena al benedictino,
con la condición de que sea
compatible con la vida
comunitaria y con el rezo del
Oficio Divino. Tal libertad de
elección laboral es
indispensable en una Regla que
tenía el propósito de ser útil
para en tiempo y lugar, pero
sobre todo era el fruto natural
de la perspectiva de san Benito,
lo que lo hace diferente de los
fundadores de órdenes
religiosas posteriores. Éstos
tenían en mente un trabajo
especializado al que deseaban
que se dedicaran sus seguidores.
El objetivo de san Benito era
crear una Regla que pudiera ser
observada por cualquiera que
quisiera seguir los consejos
evangélicos, en la vida, en la
oración y en el trabajo, para
salvar su alma. La narración
que hace san Gregorio del
establecimiento de Montecasino
únicamente nos da pequeñas
pinceladas desconectadas de
escenas que dibujan la vida
diaria de la vida monacal. Hay
algunos datos biográficos
novedosos. Desde Montecasino san
Benito fundó otro monasterio
cerca de Terracina, en la costa,
como a cuarenta millas de
distancia (Ibid.. 22). Añadiremos
el don de la profecía a la
sabiduría de la larga
experiencia y a las maduras
virtudes de la santidad. San
Gregorio nos da muchos ejemplos.
Entre estos, el caso más
celebrado es el de la visita de
Totila, Rey de los Godos, en el
año 543, cuando el Santo lo
“regañó por sus malas
acciones y en pocas palabras le
advirtió sobre todo lo que le
iba a suceder, diciéndole:
“Haces diariamente mucho mal,
y has cometido muchos pecados;
abandona ya tu vida de pecado.
Entrarás a la ciudad de Roma, y
cruzarás el mar; has de reinar
nueve años y al décimo dejarás
esta vida mortal”. Al oír
esas palabras, el Rey se
atemorizó, y se alejó,
deseando que el santo varón
hiciera oración a Dios por él.
Desde entonces nuca fue tan
cruel como antes. Poco después
fue a Roma, viajó por mar a
Sicilia, y al décimo año de su
reinado perdió el reino y la
vida (Ibid.. 15).
La
fecha de la visita de Totila a
Montecasino, 543, es la única
fecha de la vida del Santo de la
que tenemos certeza. Debe haber
acontecido cuando Benito ya era
de edad avanzada. Como otros biógrafos,
el Abad Tosti data la muerte del
Santo en ese mismo año. Poco
antes de su muerte oímos hablar
por primera vez de su hermana
Escolástica. “Ella había
sido dedicada al Señor desde su
infancia, y llegaba a visitar a
su hermano cada año. Y el
hombre de Dios se alejaba un
poco de la puerta, a un sitio
que pertenecía a la abadía,
para platicar con ella” (Ibid..
33). Su último encuentro sucedió
tres días antes de la muerte de
Escolástica, en un día “en
que el cielo estaba tan claro
que no se veía ninguna nube”.
La hermana le rogó a Benito que
pasaran la noche juntos, pero
“nada lo hizo acceder a ello,
diciendo que por ningún motivo
podía él pasar la noche fuera
de la abadía... La monja,
habiendo oído la negación de
su hermano, juntó sus manos,
las colocó sobre la mesa e,
inclinándose sobre ellas, oró
a Dios Todopoderoso. Al levantar
la cabeza de la mesa, súbitamente
se desató una terrible
tempestad de rayos y truenos, y
tan copiosa lluvia, que ni el
venerable Benito, ni los monjes
que lo acompañaban, pudieron
sacar la cabeza fuera de la
puerta” (Ibid.. 33).Tres días
después “Benito observó cómo
el alma de su hermana, separada
de su cuerpo, en forma de
paloma, ascendía al cielo.
Lleno de regocijo de ver su gran
gloria, dio gracias Dios
todopoderoso con himnos y
alabanzas, y comunicó la
noticia de la muerte de su
hermana a los monjes, a quienes
mandó llevar su cadáver a la
abadía, para enterrarlo en la
tumba que él había preparado
para si mismo” (Ibid.. 34).
Debe haber sido por ese mismo
tiempo que Benito tuvo esa
maravillosa visión, en la cual
él estuvo tan cerca de ver a
Dios cuanto es posible a un ser
humano en esta vida. Los santos
Gregorio y Buenaventura dicen
que Benito vio a Dios y que en
esa visión de Dios también vio
todo el mundo. Santo Tomás
niega que eso haya sido posible.
Sin embargo, Urbano VIII no duda
en afirmar que “el Santo, aún
estando en esta vida, merecía
ver a Dios en persona y, en Él,
todo lo que está bajo Él”.
Si no fue al Creador a quien
vio, ciertamente vio la luz que
reside en el Creador, y en esa
luz, dice san Gregorio: “vio
todo el mundo reunido como si
estuviera bajo un rayo de sol.
Al mismo tiempo vio el alma de
Germano, Obispo de Capua, siendo
llevado por los ángeles al
cielo en un globo de fuego” (Ibid.
35). Una vez más se le
revelaron las cosas escondidas
de Dios, y él avisó a sus
hermanos, tanto “a los que habían
vivido con él diariamente como
a los que vivían lejos” de su
próxima muerte. “Seis días
antes de morir dio órdenes de
que se abriera su sepulcro y
siendo preso de una calentura,
con tremenda fiebre comenzó a
perder el sentido. Como la
enfermedad empeorase día a día,
al sexto día ordenó a sus
monjes que lo llevaran al
oratorio, en donde se armó por
la recepción del Cuerpo y
sangre de Nuestro Salvador
Jesucristo. Sostenido por los
brazos de sus discípulos, se
irguió con los brazos hacia el
cielo, y orando de esa manera
entregó su espíritu” (Ibid,
37). Fue sepultado en la misma
tumba que su hermana “en el
oratorio de San Juan Bautista,
que él mismo había edificado
cuando derribó el altar de
Apolo” (Ibid). Existen ciertas
dudas sobre si los restos del
Santo reposan en Montecasino, o
si fueron llevados a Fleury. El
Abad Tosti, en su “Vida de San
Benito”, discute ese punto con
profundidad (cap. XI) y decide
la controversia a favor de
Montecasino.
Quizás
los rasgos más notables de san
Benito sean su profundo y amplio
sentimiento humano y su moderación.
Lo primero se revela en muchas
anécdotas registradas por san
Gregorio. Lo vemos en su simpatía
y cuidado por el más sencillo
de los monjes; su prisa por
ayudar al pobre godo que había
perdido su azada; su pasar horas
durante la noche en la montaña
para evitar a sus monjes la
carga de acarrear agua y así
quitar de sus vidas una “causa
justa de molestia”; quedarse
tres días en un monasterio para
enseñar a uno de los monjes a
“quedarse quieto durante la
oración como los demás
monjes”, en vez de salirse de
la capilla y vagar por ahí
“buscando ocuparse en asuntos
terrenales y pasajeros”.
Permite al cuervo del bosque
vecino acercarse diariamente,
mientras los demás están
cenando, para alimentarlo él
mismo. Su pensamiento siempre
está con los ausentes. Sentado
en su celda sabe que Plácido ha
caído en un lago; tiene una
visión en la que acontece un
accidente a unos constructores y
les manda avisar; en espíritu y
en una especie de presencia
real,
está con sus monjes
“comiendo y refrescándose”
durante un viaje de estos últimos,
con su amigo Valentiniano de
camino al monasterio, con un
monje recibiendo de las monjas
un regalo, con la nueva
comunidad de Terracina. A lo
largo de la narración de san
Gregorio, siempre aparece como
el mismo hombre amante de la
paz, quieto, gentil, digno,
fuerte, que gracias a la sutil
fuerza de su simpatía se
convierte en el centro de las
vidas e intereses de todos los
que lo rodean. Lo vemos en el
templo con sus monjes, durante
la lectura, a veces en los
campos, pero más normalmente en
su celda donde los mensajeros
frecuentemente lo hallan
“llorando silenciosamente en
su oración”, y durante las
horas de la noche de pie
“junto a su ventana en la
torre, ofreciendo a Dios sus
oraciones”. A veces también,
como lo descubrió Totila, está
sentado fuera de la puerta de su
celda, o “ante el portón del
monasterio, leyendo un libro”.
Benito nos ha dejado un retrato
de si mismo en su descripción
del abad ideal (Regla, 64):
“Es
propio del abad estar siempre
haciendo algo bueno a favor de
sus hermanos, en vez de presidir
sobre ellos. Debe por tanto,
estar educado en la ley de Dios,
para saber cuándo debe sacar
cosas nuevas y viejas; debe ser
casto, sobrio y misericordioso,
siempre prefiriendo la
misericordia que la justicia,
para que él también obtenga
misericordia. Odie el pecado y
ame a sus hermanos. Aún al
corregirlos, actúe con
prudencia, sin ir muy lejos,
porque un afán desmedido de
quitar aprisa la herrumbre puede
causar que se rompa el vaso.
Nunca pierda de vista su propia
fragilidad y recuerde que no se
debe romper la vara raspada. Con
lo cual no queremos decir que se
debe soslayar el vicio, sino que
debe erradicarlo con prudencia y
caridad, en la forma más
conveniente a cada persona, como
ya dijimos. Busque mejor ser
amado que temido. Que no sea
violento o demasiado ansioso; ni
exigente u obstinado; ni celoso
o suspicaz. Porque si no lo hace
así, jamás podrá descansar.
Al dar órdenes, ya temporales
ya espirituales, siempre hágalo
en forma prudente y considerada.
Cuando deba imponer trabajos,
sea discreto y moderado,
teniendo en mente la discreción
del santo Jacob cuando dijo:
“Si canso demasiado a mi rebaño,
todas las ovejas perecerán en
un día”. Con tales
testimonios sobre la discreción,
la madre de todas las virtudes,
sacados de estas o parecidas
palabras, siempre actúe
moderadamente, de modo que el
fuerte siempre tenga algo porque
luchar y el débil nada de que
temer”.
HUGH
EDMUND FORD
Transcrito por Robert Gordon
En memoria de Clifford A.
Gordon
Traducido por Javier Algara Cossío