| Me acerco a estas páginas
conmovido al leer de nuevo estos textos, por la ternura y la
misericordia del Señor. ¡Cómo no darle gracias por todo el
bien que nos ha hecho!.

Era el año 1.968, hacia la mitad del mes de junio, cuando
Carmen, un sacerdote de Sevilla y yo, llegamos a Roma, llamados
por Dino Torregiani, fundador de los Siervos de la Iglesia. El
nos había escuchado las catequesis en Avila y había insistido
para que fuesemos a Roma. Fuimos con él a visitar al Arzobispo
de Madrid, Monseñor Casimiro Morcillo, quien nos dió una carta
de recomendación para el Vicario del Papa, Cardenal Angelo
Dell'Acqua.
En Roma, el pobre Don Dino, ya
anciano y tan santo, nos acompañó de párroco en párroco,
sirviéndonos de intérprete, en el intento de convencer a
algunos de ellos sobre la necesidad de abrir en las parroquias
un camino postbautismal de evangelización para tanta gente que
se había alejado de la Iglesia.
Pronto nos dimos cuenta de la
inutilidad de nuestro intento, por lo que decidimos irnos a
vivir entre los pobres, a la espera de que el Señor nos
manifestase su voluntad, abriéndonos una puerta.
Encontramos en el Borghetto
Latino de Roma, zona llena de chabolas, un gallinero donde poder
vivir, gracias a una monja que trabajaba con los pobres y nos
ayudó. Carmen encontró un sitio en casa de una señora que la
hospedó en una chabola cercana. Yo, y algunos seminaristas de
Avila que entre tanto se habían unido a nosotros, comenzamos
nuestra vida entre los pobres.
Allí, gracias a un encuentro
de jóvenes de las parroquias de Roma que trabajaban con los
habitantes de las chabolas -que tuvo lugar en Nemi y al que fuí
invitado para llevar el contributo de mi experiencia-, conocí
un grupo de la parroquia de los Mártires Canadienses quienes,
junto al presbítero sacramentino Don Guillermo Amadei,
realizaban una experiencia de tipo litúrgico.
Después de haber explicado al
sacerdote y a los jóvenes la necesidad de abrir un camino de
evangelización formando pequeñas comunidades dentro de la
parroquia, aceptaron que empezáramos, invitando también a
algunas parejas más adultas.
Antes de empezar las catequesis
nos presentamos al Cardenal Dell'Acqua para pedirle el permiso
de predicar en su diócesis, como siempre hacíamos. Nos acompañaba
un sacerdote de Bolonia, Don Francisco Cuppini, que se había a
nuestro equipo con el permiso de su obispo. El Cardenal Vicario
nos escuchó con atención y nos dió permiso para empezar las
catequesis, siempre que el párroco estuviera de acuerdo. Nos
mandó ir a hablar con el entonces Vicegerente Monseñor Ugo
Poletti, que pronto llegaría a ser el Cardenal Vicario, y que
durante tantos años nos ha ayudado y defendido de modo
providencial. Después de todo esto nació, como por milagro, la
Primera Comunidad Neocatecumenal de Roma con cincuenta hermanos.
Al año siguiente dimos catequesis en las parroquias de Santa
Francesca Cabrini, la Natividad y San Luis Gonzaga, en Parioli.
Entre tantos milagros y frutos
de conversión que veíamos, había también mucho sufrimiento:
pero en medio del sufrimiento gustábamos la inmensa sorpresa de
sentir y ver obrar al Señor en nuestro favor con signos y
prodigios. Así, por ejemplo, cuando fuimos convocados por la
Congregación del Culto Divino y de los Sacramentos por la
perplejidad de un Obispo Auxiliar de Roma con motivo de los
exorcismos que hacíamos en el primer escrutinio. Nos
encontramos frente a una comisión presidida por el Secretario
de la Congregación, acompañado de los expertos habían
trabajado en el Ordo Initiationis Christianae Adultorum (OICA).
Cada uno de ellos tenía delante el Ordo, ya impreso, pero que
no se encontraba aún en las librerías. Nos presentamos llenos
de miedo, después de haber rezado mucho a la Virgen y al Señor
para que estuvieran a nuestro lado.
Mientras nosotros explicábamos
que no hacíamos otra cosa sino poner a las personas frente a la
primera parte del Bautismo que ya habían recibido, y del que
los exorcismos constituían una parte importante, y tras
haberles explicado cómo había nacido el Camino, en qué
consistía, etc..., ellos se quedaron estupefactos mirándose
unos a otros: era la realización práctica en las parroquias de
lo que ellos habían elaborado a lo largo de los años en el
Ordo de Iniciación de los Adultos.
He aquí como el Espíritu
Santo había suscitado ya persona y medios para su realización.
Esto fue lo que nos dijeron llenos de admiración y sorpresa.
Tras un período de estudio de
las etapas y de los ritos del Camino Neocatecumenal, durante el
cual enviaron observadores a nuestras celebraciones, y dado que
el capítulo IV del OICA extendía el uso del Ordo también a
los bautizados que no habían recibido una catequesis
suficiente, la congregación publicó un documento titulado
Reflexiones sobre el capítulo IV del OICA. En él se establecía
qué ritos del catecumenado de los adultos podían repetirse
para revivir el bautismo y cuáles no. Después de esto fuimos
de nuevo convocados, leyendo delante de nosotros este documento
y nos expresaron su alegría y satisfacción por nuestro trabajo
que estábamos realizando en la Iglesia. Y nos dijeron que
publicarían en la revista oficial de la Congregación, Notitiae,
una nota laudatoria en latín para toda la Iglesia, para de este
modo ayudarnos. La nota empieza así: "Omnes reformationes
in Ecclesia novos gignerunt inceptus novasque promoverunt
instituta, quae optata reformationis ad rem deduxerunt. Ita
evenit post concilium Tridentinum; nec aliter nuc fieri poterat...
Praeclarum exemplar huius renovationis invenitur in
Communitatibus neocatechumenalibus, quae ortum habuerunt Matriti...".
Gracias a este hecho se
estableció, con la Congregación del Culto, un diálogo
fecundo, que resultará más tarde muy importante para la relación
de Pablo VI con el Camino Neocatecumenal.
También el Cardenal Poletti
-que ya nos había puesto en contacto con el director del Centro
Catequístico de la Diócesis de Roma, Monseñor Julio Salimei,
quien, impresionado por las conversaciones y la acción del Señor
en las parroquias, nos presentó una gran ayuda, ante algunas
dificultades surgidas, nos envió a hablar con el Secretario de
la Congregación para el clero, que era la congregación
responsable de la catequesis en la Iglesia. También en aquella
ocasión teníamos miedo, pero, con nuestra sorpresa,
encontramos a Monseñor Maximino Romero, a quien ya habíamos
conocido cuando era Obispo de Avila, que nos había sostenido y
ayudado. Lo primero que hizo fue pedirnos los esquemas que usábamos
en las catequesis, para que la examinaran expertos en catequética.
Le explicamos que se trataba de páginas en ciclostilo que ni
siquiera habían sido corregidas porque no le dábamos mucha
importancia. Eran simplemente esquemas, puesto que no queríamos
formar a los catequistas como repetidores de textos escritos por
otros, sino que los formábamos durante años de camino en la
vida y el testimonio cristiano; en segundo lugar les preparamos
con una tradición oral del anuncio del Kerigma y, finalmente,
en el momento de dar las catequesis, el equipo, del que formaba
parte siempre un sacerdote, actualizaba los esquemas. Por tanto
no teníamos escritos oficiales. Las páginas en ciclostilo eran
tan solo indicaciones, esbozos, transcripción de una predicación
oral adaptada a la gente que escuchaba, para ayudarla a
descubrir la vida práctica y la liturgia de la Iglesia dentro
de un camino de conversión.
A pesar de todo, él nos la
pidió. También esto fue providencial: años más tarde, en
efecto, algunos sacerdotes de Canadá que se oponían a la
renovación del Concilio y que habían logrado hacerse con estas
páginas ciclostiladas, encontraban herejías por todas partes y
pensaban que contenían directivas secretas, etc. No sabían que
la Congregación las había hecho estudiar, dándonos a conocer
después el parecer de los consultores que, gracias a Dios, era
muy positivo desde el punto de vista doctrinal. Para consuelo
nuestro nos dieron a conocer la relación de uno de los
consultores de la misma Congregación. En conclusión decía:
"Pretendo ahora subrayar otro aspecto de estas catequesis,
o mejor de este Camino neocatecumenal".
Como estudioso de la Historia
de la catequesis antigua he de decir que el intento de Kiko y
Carmen de actualizar el catecumenado es un intento logrado. La
experiencia personal les ha llevado a intuir lo que de
profundamente válido contenía esta Institución de la Iglesia
de los tres primeros siglos, y les ha permitido traducirla en
una estructura. Estructura que, aunque no calca la antigua,
asume sus elementos más importantes y los inserta en un
contexto nuevo: el de la conversión de bautizados que, a pesar
de serlo, no han hecho jamás una opción personal de Fe.
En este proceso, que requiere
su tiempo, a estos bautizados de las Comunidades
Neocatecumenales se les ayuda a hacer su opción global de Fe en
un clima de comunidad. Se les ayuda a hacerse disponibles a la
acción del Espíritu Santo que les introduce en la comprensión
y aceptación del radicalismo evangélico, iniciándoles
gradualmente y de forma experimental, bien sea en la palabra de
Dios, bien en los sacramentos de la conversión cristiana
-penitencia- o en la Eucaristía. Yo encuentro muy positivo todo
esto. Por ello concluyo este mi juicio invitando a los
responsables de la Sagrada Congregación del Clero a que den ánimos
a este movimiento, ayudándolo con compresión y con paterna
indulgencia a que permanezca siempre en la línea ya emprendida
de servicio a las comunidades parroquiales para su auténtica
renovación".
Podemos decir que son
verdaderas las palabras de San Pablo: "Todo contribuyente
al bien de los que aman a Dios". Cada vez que nos acusaban
o nos calumniaban ante la Santa Sede, al fin todo se
transformaba en bien para nosotros.
Más tarde tuvimos que hacer
frente a otras dificultades: algunos decían que esta comunidad
no tenía ningún compromiso social -corrían los años
siguientes al 68 y todo estaba lleno de comunidades de base
politizadas-, y que querían repetir el Bautismo. La Virgen María,
la madre de Jesús, vino en nuestra ayuda.
Apenas habíamos llegado y ya
Don Dino nos había conducido al Santuario de la Virgen de
Pompeya para poner a sus pies nuestra misión. Y las primeras
palabras que pronunció Pablo VI sobre el Camino Neocatecumenal
las dijo el 8 de mayo de 1.974, fiesta de la Virgen de Pompeya,
o Virgen del Rosario:
"¡Cuánta alegría y cuánta
esperanza nos dais con vuestra presencia y con vuestra
actividad!... Este propósito, que para vosotros es un modo
consciente y auténtico de vivir la vocación cristana, se
traduce en un testimonio eficaz para los otros: ¡hacéis
apostolado porque sois lo que sois!... Vivir y promover este
despertar es considerado por vosotros como una forma de
"después del bautismo", que podrá renovar en las
comunidades cristianas de hoy aquellos efectos de madurez y
profundización que en la Iglesia primitiva eran realizados en
el período de preparación al Bautismo. Vosotros lo hacéis
después. El antes o después yo diría, es secundario. Lo
importante es que vosotros buscáis la autenticidad, la
plenitud, la coherencia, la sinceridad de la vida cristiana. Y
esto tiene un mérito grandísimo, repito, que nos consuela
enormemente...".
De esta forma el Papa respondía
sin saberlo a aquellas acusaciones: "¡Hacéis apostolado sólo
porque sois lo que sois!" y "el antes o después del
Bautismo, yo diría es secundario". La fecha del 8 de mayo
fue para nosotros un signo de que la Virgen nos animaba y nos
daba a entender su solicitud ante nuestros problemas. De hecho
desde aquel momento no nos volvieron a acusar de repetir el
Bautismo.
Así podríamos contar
innumerables hechos de cómo el Señor venía constantemente en
nuestra ayuda. Pero sobre todo uno fue para nosotros decisivo.
En Madrid, con los pobres, a los comienzos, cuando la policía
quería derribar las barracas en la zona donde se encontraba
Carmen con una amiga, llamamos al Arzobispo para que viniera en
nuestra ayuda. Cuando Monseñor Casimiro Morcillo vino a las
barracas fue un verdadero milagro: conoció la pequeña
comunidad de gitanos, de vagabundos, de pobres; nos oyó rezar y
se conmovió profundamente viendo la obra que el Espíritu Santo
estaba haciendo en aquella zona de trincheras de la Iglesia.
Después de haberle explicado
la necesidad de completar la catequesis de aquella gente con
signos concretos en una liturgia renovada, como yo estaba
proponiendo el Concilio, con gran asombro por nuestra parte, le
dijo al párroco de la parroquia más cercana, allí presente,
que nos dejara la Iglesia -un barracón de madera en medio de
una plaza- para que la comunidad de las barracas pudiese
celebrar allí la Eucaristía una vez a la semana, permitiéndonos
celebrarla con las dos especies y usando el pan ázimo en lugar
de las hostias, como nosotros lo habíamos pedido.
Igualmente, algunos años más
tarde, en Madrid, cuando la celebración de la Vigilia Pascual
-que celebrábamos durante toda la noche, redescubriendo la
fuerza de aquella noche en la que Cristo venció a la muerte-
creaba problemas en algunas parroquias, discutimos estos
problemas con los párrocos en presencia del Arzobispo y de los
Obispos Auxiliares. Pensábamos que quizás el Arzobispo nos
habría prohibido todo, pero él empezó diciendo: "cómo
quisiera que la Vigilia Pascual llegase a ser el fulcro de la
vida de mi diócesis; sin embargo veo con tristeza que en la
mayoría de las parroquias se reduce a una misa vespertina con sólo
tres lecturas y que termina antes de la puesta del sol. Si,
gracias a vosotros, la Vigilia Pascual recupera el esplendor y
la fuerza que Dios ha querido, y que la reforma litúrgica desea
vivamente, bienvenidos. Os dejo todas las Iglesias vacías de
Madrid para que podáis celebrar toda la noche hasta el alba,
dando así ejemplo y testimonio".
Estas líneas de introducción
son fundamentalmente una ocasión para bendecir a Dios, para
agradecerle el don del Espíritu Santo que ha querido fundar su
Iglesia sobre Pedro y sus apóstoles. Sin los Obispos y, sobre
todo, sin Pedro, hoy no existiría el Camino neocatecumenal.
Juan Pablo II, el 3 de
setiembre de 1.979, nos invitó a la misa en Castelgandolfo a
Carmen, al Padre Mario -misionero comboniano que formaba parte
de nuestro equipo desde hacía algunos años- y a mí.
Era la primera vez que lo veíamos.
Sabíamos que había acogido a la Comunidad en su Diócesis
cuando era Cardenal en Cracovia, y había defendido, frente a
algunos párrocos, la Eucaristía del sábado por la noche en
Comunidad. Terminada la misa vino a saludarnos, y yo le pedí
que me permitiese hablar con él a solas. Me preguntó: "¿Ahora
mismo u otro día?". Le respondí: "Ahora". Me
invitó a seguirlo por un pasillo, me hizo entrar en una
biblioteca, donde, lo recuerdo, penetraba un fuerte sol. Se sentó
detrás del escritorio, me invitó a sentarme frente a él y a
hablar. Con gran sufrimiento le conté cómo había recibido de
la Virgen María la inspiración de hacer pequeñas comunidades
como la Sagrada Familia de Nazaret, que viviesen en humildad,
sencillez y alabanza, y donde el otro es Cristo. Mi grandísima
dificultad provenía de pensar que él pudiese imaginar que tenía
ante sí a un visionario, un exaltado o algo parecido. Después
de haberme escuchado, y tras algunos minutos de silencio me dijo
que durante la misa, pensando en nosotros, había visto ante sí:
"ateísmo - bautismo - catecumenado". Tuve la sensación
de que se refiriese a los países del Este, y me impresionó que
hubiese invertido el orden poniendo la palabra catecumenado
después del bautismo. ¡La verdad era que hubiera querido
ponerme de rodillas dando gracias al Señor!.
Más tarde, cuando el Papa
comenzó a visitar las parroquias de Roma, visitas en las que
siempre tenía lugar un encuentro particular con las Comunidades
Neocatecumenales, tuvimos muchas veces ocasión de hablarle del
Camino, sobre todo Carmen.
Sus palabras, como puede leerse
en estas páginas, han sido siempre sorprendentes, generosas,
siempre más allá de lo que podíamos esperar: como cuando
pedimos una audiencia para los seminaristas procedentes de las
comunidades del Camino, y él mismo quiso que el encuentro
tuviese lugar en la Capilla Sixtina. Apenas cabíamos allí
dentro, éramos unas 1.200 personas, pero quiso que fuera allí;
quería hablar de su elección como para en aquel lugar para
sellar en los jóvenes aspirantes al sacerdocio una experiencia
tan fuerte del Espíritu Santo.
Qué decir de cuando vino a
Porto San Giorgio el 30 de diciembre de 1.988, para celebrar la
Eucaristía con nosotros -habíamos recibido, desde hacía pocos
días, de la Sagrada Congregación del Culto Divino, la
autorización para poder desplazar el rito de la Paz antes de la
Anáfora, y de comulgar con las dos especies todos los
domingos-, y fué él lleno de valentía el primero en
celebrarla con esas adaptaciones. Y lo mismo cuando envió cien
familias, con muchísimos hijos, a las zonas más pobres y
descristianizadas de América Latina y de Europa, algo que también
suscitaba muchas críticas.
Si nosotros pedíamos cinco, él
nos daba cien. Es su estilo. Parece que conozca antes que
nosotros el verdadero "enemigo" -el demonio- y nos
defienda como un padre defiende a su hijo, como el pastor
defiende sus ovejas, sin miedo, arriesgándose. Dando ejemplo
como Obispo de Roma.
Nosotros hemos sido siempre los
primeros en sorprendernos de sus afirmaciones sobre el Camino,
de sus alabanzas, de su poner de relieve aspectos nuevos también
para nosotros.
Cuando en noviembre de 1.980
vino a la Parroquia de los Santos Mártires Canadienses, la
primera Parroquia de Roma en la que habíamos iniciado el Camino
Neocatecumenal, él allí -delante de las once comunidades que
ya se habían formado- habló improvisando más de media hora. Y
frente a las contínuas críticas acusándonos de hacer un
cristianismo de élite, separado de las otras realidades de la
Parroquia como si nos creyéramos los únicos, de nuevo el Papa
fue todavía más lejos, hablando de la terrible realidad de
hoy, del enfrentamiento radical de "Fe y anti-Fe, Iglesia y
anti-Iglesia, Dios y anti-Dios", invitándonos con fuerza a
un cristianismo radical, animándonos.
Y las cosas se han ido
desenvolviendo de esta manera no solamente con Juan Pablo II. Lo
mismo sucedió con Pablo VI, quien en la audiencia general del
miércoles 12 de enero de 1.977, en la que estaban presentes más
de quinientos párrocos que tienen el Camino en sus Parroquias,
junto a sesenta y siete Obispos que les acompañaban, nos
sorprendió al decir que dedicaba aquella alocución al Camino
Neocatecumenal, y la titulaba: "Después del
Bautismo". Concluyó diciendo: "mucha gente se
polariza hacia estas comunidades neocatecumenales porque ve que
en ellas hay una sinceridad, una verdad, hay algo vivo y auténtico,
es Cristo viviendo en el mundo". Aquella alocución es un
breve tratado sistemático sobre la necesidad de volver a
descubrir las riquezas del Bautismo como base de la evangelización.
Decía así: "He aquí, pues, el restablecimiento de la
palabra catecumenado que, ciertamente, no quiere invadir ni
disminuir la importancia de la vigente disciplina bautismal,
sino que la quiere aplicar con un método de evangelización
gradual e intensivo, que recuerda y renueva, en cierto modo, el
catecumenado de otros tiempos... Se proyecta así una catequesis
posterior que no se recibió en el Bautismo: la pastoral de
adultos...". Jamás una crítica. Era como si alguien le
empujase a animarnos. El mismo, la primera vez que usó la
palabra "Neocatecumenado", levantando la vista del
texto escrito, añadió: "¡He aquí los frutos del
Concilio!".
Pero no podemos olvidar a Juan
Pablo I, al que encontramos personalmente cuando era Patriarca
de Venecia, de 1.972, y que nos dió permiso para abrir el
Camino en su Diócesis. En los siguientes lo animó y lo siguió,
presidiendo personalmente todas las etapas y los escrutinios.
Además erigió un Centro Neocatecumenal Diocesano, poniendo a
disposición del Camino la bellísima Iglesia de Santo Tomás.
Pero, sobre todo, permitió celebrar la Vigilia Pascual durante
toda la noche, confirmó en todo nuestra práctica frente a párrocos
que habían suscitado ciertas dificultades. Todavía resuena en
nuestros oídos la alegría de sus palabras en la homilía
pronunciada a los hermanos de la Primera Comunidad
Neocatecumenal de la Parroquia de Santa María Formosa, que habían
llegado a la Iniciación a la Oración. Les animaba citando a
los Padres: "Voy a rezar, voy a luchar".
Más del 50% de los que están
en las Comunidades eran alejados de la Iglesia, es decir, gente
que por lo general tenía prejuicios contra la Jerarquía,
contra el Vaticano, contra el Papa. Hoy es por todos conocido el
amor que profesan a la Liturgia, al Papa, a los Obispos, los
hermanos del Camino Neocatecumenal. Estos hermanos han
experimentado las mentiras que constantemente siembra el demonio
en la sociedad, mentiras que solamente la experiencia de gestación
que han tenido en el Camino hacia el interior de la Iglesia ha
podido borrar de su ánimo para hacer nacer un amor profundo a
la Iglesia y a la Virgen María.
Años más tarde, el 9 de mayo
de 1.986, fuimos llamados por la Congregación de la Fe, que nos
sometió a un cuestionario sobre la hermenéutica, la pastoral,
la doctrina. Después de haber estudiado nuestras respuestas,
fuimos convocados por el Cardenal Ratzinger a una reunión. En
ella nos dijeron que podíamos estar acompañados de un teólogo.
En aquel encuentro nos comunicaron que habían estudiado todo,
que se habían informado y querían ayudarnos. Nos propusieron
unirnos a una Congregación porque era necesario encontrar una
solución jurídica. Nosotros respondimos que la verdadera ayuda
había sido un Breve del Santo Padre, mientras se estudiaba más
profundamente la cuestión jurídica. Como resultado el Papa
nombró a Monseñor Paul J. Cordes, Vicepresidente del Concilium
Pro Laicis, como encargado "ad personam" para
ayudarnos y actuar como vínculo de unión con las
Congregaciones. Y como ya no se usaban los Breves, aceptaron el
hecho de que el Santo Padre nos diese, en todo caso, un apoyo más
oficial. Del mismo modo que a Israel, cuantas veces el oscuro
mar nos cerraba el paso, el Señor lo abría, ante nuestro
asombro: éramos espectadores gozosos de su gratuidad.
Cuando más tarde vimos en
nuestras manos la Carta de Reconocimiento del Camino
Neocatecumenal que Juan Pablo II había escrito a Monseñor
Cordes, no pude por menos de acordarme de las palabras que me
había dicho Pablo VI en la audiencia privada que concedió a
nuestro equipo el 12 de enero e 1.977, cuando mirándome
fijamente -recuerdo todavía sus ojos azules y penetrantes- y
después de preguntar: "¿Quién es Kiko?", me puso
las manos sobre los hombros y dijo: "Sé humilde y fiel a
la Iglesia, y la Iglesia te será fiel". Me acuerdo que
también nos dió una medalla, y Carmen le dijo que en lugar de
la medalla prefería que le impusiese las manos. Pablo VI, en
pie sobre el trono, sonriendo, aceptó, y haciéndola
arrodillarse delante de él, le impuso las manos.
Es sorprendente hoy contemplar
cómo las palabras: "Se establezca el catecumenado de
adultos", que el Espíritu Santo ha inspirado en el
Concilio -Sacrosanctum Concilium 64- las hemos visto realizadas,
por obra suya, durante estos casi treinta años, no en una mesa
de despacho, sino en una historia con hechos y con personas,
sostenidos y apoyados por los Obispos, y sobre todo por el Papa.
Todo nos ha superado de tal
forma que no podríamos hacer otra cosa sino esperar, día tras
día, el discernir las huellas de Cristo que él mismo nos
invitaba a seguir. En este sentido hoy, al ver tantos Seminarios
Redemptoris Mater para la nueva evangelización, surgidos
gracias al apoyo del Santo Padre para ayudar a las diócesis que
se encuentran en grandes dificultades, y ver los miles de
vocaciones que surgen de estas pequeñas comunidades, solamente
podemos decir con San Pedro después de la pesca milagrosa:
"Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador".
Kiko Argüello
y Carmen Hernández.
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