Intervención
de Kiko Argüello
en el " Meeting por la amistad entre los pueblos"
del movimiento Comunión y Liberación
Rimini el
22 de agosto de 1996
Empezaré diciendo algo de mí, de mi historia y de mi formación.
Soy español, nacido en León, de una familia católica; soy el
hijo primogénito de cuatro hermanos varones y he vivido toda mi
vida en Madrid. Estudié en la escuela de Bellas Artes de
Madrid, y de profesión soy pintor. Carmen Hernández, el padre
Mario Bezzi y yo, somos responsables a nivel mundial del Camino
Neocatecumenal, hoy difundido en casi más de cien naciones:
nunca habría podido pensar o imaginar lo que Dios ha llegado a
hacer con mi vida.
El Camino
Neocatecumenal como Comunión y Liberación, tienen en este
momento una tarea muy importante. El Papa en 1985, en el sínodo
de los Obispos europeos haciendo un análisis de la situación
europea caracterizada por la secularización, la
descristianización y la crisis de valores cristianos, dijo que
el Espíritu Santo ya está dando una respuesta, respuesta que
lleva a los Obispos a dejar los esquemas atrofiados para abrirse
a estas nuevas realidades que el Espíritu Santo está
suscitando para ayudar a la Iglesia frente a los desafíos del
tercer milenio.
Yo que soy un
pobretón, incapaz de hablar, estoy aquí sólo porque soy un
instrumento en las manos de Dios. Cuándo Dios se aparece en el
monte Sinaí al pueblo de Israel, la primera palabra que dice
es: "Escucha Israel, Dios es uno, El es el único";
pues la primera palabra que dice es: escucha. La fe viene por el
oído. Todos necesitamos que nuestra fe crezca, que se vuelva más
fuerte: sin fe no podemos convertirnos. Nuestra fe está en
Dios– qué nadie ha visto nunca– y en su Hijo, Cristo
crucificado: éste es nuestro anuncio, es el anuncio de la
Iglesia al mundo.
La formación que
recibí en la parroquia y en la escuela fue muy precaria, desde
el punto de vista de la fe: no me servia, y dejé todo empezando
una experiencia de ateísmo, es decir de separación de la
Iglesia, con gran sufrimiento de mi madre que es muy católica y
va a Misa todos los días. Entré en la universidad –un
entorno realmente de izquierdas y ateo– conocí el teatro de
Sartre y comencé ligeramente con Camus. Bien pronto
sobrevino la experiencia de un vacío, porque en mi ánimo hubo
numerosas preguntas: ¿quién soy yo? ¿quién me ha creado? ¿qué
es la vida? ¿qué sentido tiene la existencia? ¿porque vivo?
No pude divertirme, no logré escapar de estas preguntas, fue
como si Dios me hubiera clavado frente a la existencia, obligándome
a tomar en la mano mí vida. Dios realmente ha combatido
conmigo, como con Jacob, y me ha vencido. En aquellos momentos,
en efecto, casi estuve a punto de matarme y la única respuesta
que di a mis preguntas fue la absurdidad: creí tomar mi
existencia en peso, tal como era, porque la vida es una
absurdidad, todo es absurdo. La respuesta de la absurdidad, en
el fondo es una respuesta.
Dios en este punto
me ayudó, porque empezó a presentarse como posibilidad: en
cierto momento, quise creer, pero esto no bastó, porque la fe
no puedo dármela yo mismo. En esta situación Dios tuvo piedad
de mí y mientras lo invocaba se dejó encontrar. Dentro de mí,
en el alma, en el espíritu –palabras que, como demonio o
infierno, se intentan borrar de nuestro diccionario–, mientras
que lloraba recordando el último año transcurrido en un atroz
sufrimiento interior, sentí la garantía del amor divino, la
certeza que Dios existe, que es como un padre y que me quiere.
Esta certeza nació en una zona más profunda que la razón y la
intuición, en la parte más íntima de mi mismo, en el espíritu.
Si en el primer momento fui condenado a muerte porque Dios
no existía, en un santiamén, por milagro, por voluntad de
Dios, pasé a la certeza de que Dios existe. Esta certeza no me
la pudo quitar nadie, ya que es la señal de la fe, un sello
inborrable que sucesivamente el Bautismo confirmará.
En
esta condición espiritual, fui a un cura y le dije que quería
hacerme cristiano: no que necesitara los sacramentos,
visto que ya los recibí, pero quise una formación cristiana.
Aquel cura me invitó a participar en un "cursillo de
cristiandad", una especie de convivencia con laicos: este
encuentro me ayudó porque me quitó los prejuicios qué tenía
contra la Iglesia, heredados por la cultura de izquierdas.
Posteriormente empecé a ser catequista y empecé una formación
más seria, ante todo estudiando teología. Además como artista
fundé un grupo de arte sagrado, intentando ejecutar con otros
artistas trabajos y obras religiosas. Esto me llevó a una serie
de estudios y de viajes que me hicieron encontrar en España al
padre Voiyaunt, el fundador de los pequeños hermanos, sobre las
huellas de Charles de Foucauld. La espiritualidad de Foucauld me
ayudó, aunque no me haya hecho pequeño hermano, porque
representó el encuentro con una novedad.
Otro encuentro
significativo, otra señal de Dios que yo estaba esperando,
ocurrió en casa de mis padres el día de Navidad. Mi padre y mi
madre tuvieron a una criada que me contó uno historia increíble;
vivía con su familia en las barracas y su marido alcoholizado
le pegaba, mientras que el hijo estaba en cárcel. Así que
decidí ayudarla, hablé con su marido y le llevé a los
cursillos. Aquella mujer a menudo me llamaba, y yendo allí, me
encontraba con aquel entorno particularmente sórdido y
miserable, el problema del sufrimiento de los inocentes,
la presencia de Cristo crucificado y del pecado que Él toma
consigo.
Después del
servicio militar en África conocí a Carmen por su hermana, que
trabajó en una obra para ayudar a las prostitutas,
permitiendo a las que quisieron salir, encontrar un trabajo y
una inserción social. Ahora bien, esta mujer me contó que su
hermana estaba más loca que ella. Carmen se estaba preparando
para ir a Bolivia como misionera, para predicar el Evangelio a
los mineros. Pero antes de irse quiso formar un grupo, y así yo
también me fui a predicar el Evangelio en las barracas. Me di
cuenta enseguida que los cursillos no servían para los gitanos
analfabetos, no servian para la gente que vivia en la miseria
total, y que después de cuatro palabras en abstracto nadie te
escucha más... Dios nos ha llevado a un entorno donde nos ha
obligado a desarrollar una síntesis teológico-catequética:
Carmen no ha parado nunca de decirme la verdad, que fui un beato
o que mi predicación no tuvo sentido.
El Camino
Neocatecumenal ha nacido así, entre los pobres que han creido
las primeras catequesis. Puesto que aquellas personas fueron
todos ladrones, prostitutas, gitanos, no se defendieron frente a
la palabra, que gracias al Espíritu Santo tuvo un eco en sus
corazones, y así se ha formado un Koinonia, una comunión, y en
los barracas ha aparecido la respuesta a la Palabra de Dios.
Después de algún
tiempo la guardia civil con la ametralladora vino para derribar
nuestras barracas, pero yo llamé, en un primer momento al
Obispo, que conocí en la época de los cursillos, don Casimiro
Morcillo, y luego arzobispo de Madrid: cuando la policía vio al
arzobispo, ¡se fueron todos! El arzobispo pudo encontrarse con
nuestra comunidad, y desde aquel día fue nuestro protector.
De esta
experiencia de las barracas, también gracias a la ayuda y a la
confirmación constante de los Obispos, ha nacido el Camino
Neocatecumenal. El Camino –también en las parroquias en que
se ha difundido– no es otro que el abrir la iniciación
cristiana a los pobres (que son tan pobres de siempre escuchar
la misma catequesis) pero también a los burgueses, que no
aceptan la idea de la conversión porque siempre se sientan en
el mismo sitio. Hace falta hacer en todo lugar un camino de
kenosis, de bajada, para descubrir qué es el Cristianismo. Si
se quiere ser cristianos de verdad, hace falta desvestirse y
descubrir el bautismo. Ésta es la idea de la iniciación
cristiana que el Camino Neocatecumenal trata de actualizar en
los parroquias, más allá de cada etiqueta. La única
glorificación nuestra, apóstoles itinerantes, es encomendarse
a Cristo, Cristo crucificado.
Nos encontramos
hoy frente a un gran desafío: los sociólogos dicen que estamos
frente a la aldea global, al empequeñecerse el mundo debido a
la potencia de los medios de comunicación. Por el poder que
tienen los medios, todos vestimos de la misma forma, vemos las
mismas películas, comemos las mismas hamburguesas. Frente
a esto, como cristianos que poseemos el carisma profético del
bautismo, tiene que reflejar sobre qué está Dios diciéndonos
con estos hechos. ¿Qué antropología hay bajo las películas,
los telenovelas de nuestro mundo? ¿Qué concepto de hombre? ¿A
qué cultura nos quieren llevar, a qué civilización? Es una
antropología que no es cristiana, que es más bien anti-cristiana,
porque afirma –usamos una palabra tomada de la bioética– la
autopoiesis, la pretensión que el hombre tiene de ser creador
de él mismo. No hay más verdades porque cada uno tiene su
verdad, y luego viene el relativismo total. Autopoiesis es una
palabra nueva, moderna, que pero en el fondo no es otra que el
primer engaño que el demonio le hizo a Eva cuando le dijo:
"Tú serás como Dios, conocedora del bien del mal, podrás
decidir sobre ti mismo el bien y el mal. Serás Dios."
Esto implica, aún
más en profundidad, que se está destruyendo la familia. La
revelación que ha venido a traer Jesucristo, es que Dios, es
Padre, y que cada uno de nosotros ha sido creado para ser hijo
de Dios. Dios es Padre, pero si Dios no existe, no existe
ninguna unión, y todo es lícito. Es lícito el divorcio, es lícito
tener a la mujer del hermano... Frente a todo esto la Iglesia
debe de nuevo evangelizar, anunciar el Evangelio. ¿Qué quiere
decir anunciar el Evangelio? Quiere decir anunciarles a todos
los hombres que Dios nos ha creado para que fuesemos hijos de
Dios y que Cristo ha dado la vida por nosotros, en una cruz. El
hombre que se separa de Dios experimenta la muerte, porque Dios
es la vida. Dios ha puesto el hombre en un paraíso maravilloso,
dándole un solo límite: no comer del árbol de la ciencia del
bien y del mal, que Dios se ha reservado para si. En efecto, es
Él, Dios, quien decide el bien y el mal. Éste es el único límite.
Pero el demonio tomando ocasión del límite, nos ha seducido y
nos ha matado. La muerte en efecto no es otra que el no
reconocer la dependencia de Dios: si las raíces de mi ser son
cortadas, ontológicamente conozco la muerte, y a partir de este
momento el sufrimiento humano del trabajo, de tener hijos, se
convierten en una barrera. Quiero ser y mi ser está perdido. No
soy nadie; quiero que alguien me quiera, pero para ser querido
por alguien necesito dinero, belleza, ser el primero, ser
alguien...
¿Como podemos,
pues, ser curados de esta muerte interna? El hombre en esta
condición de muerte ontológica bajo el poder del demonio está
sometido al miedo a la muerte, es condenado a vivir por si y el
pecado le obliga a idolatrarlo todo: idolatra a las mujeres, la
sexualidad, el trabajo... se convierte así en el centro de una
nueva cosmogonía, porque él es el creador del mundo, de
la realidad. Pero esto en realidad es una condena, porque el
hombre, creado a imagen de Dios, para estar plenamente libre
tiene que amar como Él ama. Para querer así hace falta haber
vencido la muerte. Amar hasta dar la vida para el enemigo. Amar
al enemigo significa querer más allá de la muerte.
El Cristianismo no
es otro que este: la victoria sobre la muerte. Cristo ha
resucitado, para vivir en ti, y te aseguras la victoria sobre la
muerte, que es la vida eterna, una vida que no mueres más. ¿Quieres
esta vida? ¡Enséñamelo! Éste es el secreto del Camino
Neocatecumenal: no creemos en la fe de nadie; quién tiene fe lo
demuestra con obras. ¿Qué obras? No sólo el empeño social,
sería como los ¡comunistas! ¿Rogar? ¡Los judíos, el Islam
ruegan mejor que nosotros! ¿Cuáles son obras auténticas
de un cristiano, que un marxista, un judío, un mahometano no
pueden hacer? Los obras por las que hace falta haber recibido
del cielo a la Gracia del Espíritu Santo. Cristo ha donado su
vida al Padre ; en su testamento le ha dejado a cada uno de
nosotros. Cristo no te ha juzgado y no te juzga, ha dado la vida
por ti y te ha dejado en herencia su vida inmortal. ¿Cuándo
recibo yo esta vida inmortal? ¡Ahora! Ahora, el propio Cristo
está delante del Padre presentando en las manos las llagas
gloriosas de sus clavos por ti. Ha muerto, ha recibido el
castigo de tus pecados. Ha muerto por ti, para que tú no mueras
jamás, para que tú puedas recibir una vida nueva que se llama
vida eterna. Si tú tienes dentro esta vida eterna, aunque tu
mujer no te quiera, tu puedes quererla. Nos basta la gracia del
Espíritu Santo, ni siquiera el bautismo: el bautismo no es mágico,
como un muerto, no actúa sin ti y sin la Gracia. A nuestro
bautismo, arbolillo seco, tenemos que regarlo y hacerlo crecer.
Tenemos que desarrollar la riqueza del bautismo: el bautismo en
efecto nos devuelve a ser hijos de Dios, nos da una naturaleza
divina.
Todo cambia en la
vida cuando la vida es Cristo. Cristo ha roto las barreras que
obligaron a ofrecer todo a si mismo, según la única medida del
propio egoísmo. ¿Quien podría romper las cadenas y hacer que
se viva uno para el otro? Una nueva realidad, la realidad de
Cristo. Los cristianos tienen un nueva naturaleza, han recibido
de Dios la naturaleza divina.
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