| Alabado sea
Jesucristo.
Queridos, estamos viviendo el
período navideño. En este período vivimos en la fe el gran
misterio divino, el misterio de la Santa Trinidad en misión.
Se supo, y se confirma, que Dios es uno y único. También
podemos aceptar cuanto dijo Pablo al Aeropago, que Dios es aquel
absoluto espiritual en quien vivimos, en quien nos movemos, en
quien existimos.
Pero no se supo, y hoy es aceptada con dificultad,
la profunda realidad del Dios Trinidad, aquel en quien vivimos,
y nos movemos.
Y Él, Trinidad en misión, no es solamente un ente absoluto,
supremo a todo, es el Padre en su infinita e inescrutable
realidad que engendra, de la eternidad sin principio, su Verbo.
Y por su Verbo vive el inefable
misterio del amor, que es una persona y no solamente una relación
interpersonal; es una persona, el Hijo engendrado, Espíritu,
amor exhalado.
La Navidad nos recuerda cada año
este misterio de la Trinidad en misión, en la noche de Belén,
esta misión del Hijo, enviado por el Padre para traernos el Espíritu
que ha sido concebido por la Virgen. Viene para traernos éste
Espíritu.
He aquí, la Noche de Navidad es esta noche en que la realidad
del Dios - comunión, unidad de la Divinidad, unidad absoluta,
unidad de la comunión, se acerca a nuestra mente humana, a
nuestros ojos, a nuestra historia y se hace visible. Se vuelve
visible el misterio escondido, el "Mysterium absconditus a
sæculis", el misterio escondido desde siempre es revelado,
se hace visible.
Por esta pobre realidad del nacimiento del Dios, en Belén, de
la Noche de Belén, de Maria y de José, se revela el gran
misterio de la Trinidad en misión.
¡He aquí nuestro Dios, he aquí nuestro Dios! ¡Inefable
misterio!
Así nosotros tenemos que hablar, nosotros tenemos que confesar,
testimoniar, sabiendo nuestra insuficiencia delante del
inescrutable misterio de Dios, unidad divina, unidad de la
Divinidad y al mismo tiempo unidad de la comunión.
Durante
este período navideño la Santa Madre Iglesia nos hace celebrar
hoy otro misterio humano: la Sagrada Familia de Nazaret.
Nosotros contemplamos esta
realidad, este misterio de la Trinidad en misión: la
contemplamos durante el período navideño con una especial
profundidad e intensidad y con una inmensa alegría porque esta
misión - el Verbo enviado al mundo para hablarle en persona de
su Padre, de la realidad divina, el Verbo viene en esta noche
como un recién nacido humano, pobre, desnudo de todo: desnudo
ya en este momento - no pudo nacer de otro modo.
Ninguna riqueza humana pudo ofrecer un contexto adecuado al
nacimiento humano del eterno Hijo de Dios. Sólo aquella
pobreza, aquel abandono, aquel Belén, aquella noche de Belén
pudo serlo. Ha sido justo que no haya podido encontrar
alojamiento en esta ciudad.
Queridos, nosotros contemplamos
esta realidad divina, la Santa Trinidad en misión, y al mismo
tiempo sentimos como son insuficientes nuestros humanos
conceptos, nuestras pobres palabras humanas para hablar de
este misterio. Pero aquél que allí ha sido enviado, el Verbo,
viene para hablar y también viene para hacer hablar. Más bien,
ha escogido a los más simples para retomar esta Palabra, esta
Palabra divina: ha escogido a los más simples.
Tenemos que decir que hoy
contemplamos la Familia en misión, porque la Sagrada Familia no
es otra, es esta: la humana familia en misión divina. Y aquí,
esta familia humana como una comunidad más pequeña, se
muestra, al mismo tiempo, como una gran comunidad humana que se
encuentra en misión divina: ésta es la Iglesia.
La Iglesia, sobre todo en el Vaticano II, ha reconocido su carácter
de familia y el su carácter misionero.
Es una gran familia en misión. Dentro de esta gran
Familia-Iglesia se encuentra cada familia humana , cada
comunidad familiar como familia en misión. Ustedes han hablado
mucho de la familia como sociedad más pequeña, más básica y
todo esto es verdadero.
Pero cuando vemos el misterio principal constituido por la
Trinidad en misión, podemos ver una familia también en misión.
Y su misión es verdaderamente fundamental, fundamental por la
misión divina del Verbo, por la misión divina del Espíritu
Santo: es fundamental.
La misión divina del Verbo es hablar, dar testimonio del Padre.
Es importante la familia que habla por que revela como primicia
este misterio, que da testimonio de Dios Padre delante de las
nuevas generaciones. Su palabra es más eficaz.
Así cada familia humana, cada
familia cristiana, se encuentra en misión. Ésta es la misión
de la Verdad. La familia no puede vivir sin Verdad, más bien
ella es el lugar en el que existe la sensibilidad extrema por la
Verdad.
Si falta la Verdad en la relación - marido, mujer, padres,
madre, hijos - si se la echa de menos se rompe la comunión, se
destruye la Misión.
Todos vosotros sabéis bien como esta comunión de la familia es
realmente sutil, delicada, fácilmente vulnerable. Y así se
refleja en la familia, junto con la misión del Verbo, del Hijo,
también la misión del Espíritu Santo que es Amor.
La familia está en misión, y esta misión es fundamental para
cada pueblo, para la humanidad entera; es la misión del amor y
de la Vida, es el testimonio del amor y de la Vida.
Queridos, yo he venido aquí
muy de buena gana. He acogido gratamente vuestra invitación en
la fiesta de la Sagrada Familia para rogar junto a vosotros por
lo más fundamental y más importante en la misión de la
Iglesia: para la renovación espiritual de la familia, de las
familias humanas y cristianas de cada pueblo, en cada nación,
especialmente quizás en nuestro mundo occidental, más
avanzado, más marcado con las señales y los beneficios
del progreso pero también de las faltas de este progreso
unilateral.
Si se tiene que hablar de una renovación, de una regeneración
de la sociedad humana, más bien de la Iglesia como sociedad de
los hombres, se tiene que empezar de este punto, de esta misión.
Iglesia Santa de Dios, tú no puedes hacer tu misión, no puedes
cumplir tu misión en el mundo, si no por la familia y su misión.
Ésta es la finalidad principal por lo que he acogido
vuestra invitación a estar juntos y rogar juntos sobre todo en
este entorno compuesto por las familias, por los novios, por los
niños, sobre todo de familias itinerantes.
Es una cosa bonita. Vemos que también la Familia de
Nazaret es una familia itinerante. Y lo ha padecido, ya
desde los primeros días de vida del Divino Niño, del Verbo
Encarnado. Ella tuvo que convertirse en familia itinerante, sí,
itinerante y también refugiada.
Muchas
realidades dolorosas de nuestro tiempo - el de los
refugiados, por ejemplo, o el de los emigrantes - a son características
presentes en la Sagrada Familia de Nazaret. Pero para vosotros
ella es sobre todo una Familia itinerante porque va por todas
partes: va a Egipto, vuelve a Nazaret, va Jerusalén
con Jesús a la edad de doce años, siempre va como itinerante
para llevar un testimonio de la misión de la familia, de la
divina misión de una familia humana.
Yo pienso que vosotros como familias itinerantes,
neocatecumenales, hacéis lo mismo, siendo la finalidad de
vuestra itinerancia llevar a cualquier parte, en los ámbitos más
descristianizados el testimonio de la misión de la familia.
Es un testimonio grande, humanamente grande, cristianamente
grande, divinamente grande porque tal testimonio, la misión de
la familia, es inscrita por fin en el surco de la Santa
Trinidad.
No hay, en este mundo, otra imagen más perfecta, más completa
que aquél que es Dios: Unidad, Comunión. No hay otra realidad
humana más parecida, más humanamente parecida a aquel misterio
divino.
Y así, llevando como itinerantes el testimonio que es propio de
la familia, de la familia en misión, vosotros lleváis a
cualquier parte el testimonio de la Trinidad Santa en misión. Y
así hacéis crecer la Iglesia porque la Iglesia crece de estos
dos misterios.
Como nos enseña el Concilio Vaticano II, toda la vitalidad de
la Iglesia viene principalmente, de este misterio, de este
misterio de la Trinidad en misión. Por otra parte llega el
testimonio de la familia en misión que trata de caminar sobre
los huellas de la Trinidad en misión.
Y tan también se ofrece un mensaje, el mensaje de Belén, el
mensaje navideño, alegre. Sabemos que este mensaje, según las
tradiciones y las costumbres, siempre está unido a las familias
humanas, es la fiesta de la familia.
Se tiene que dar a esta fiesta un sentido profundo, una dimensión
llena, humanamente llena, porque este misterio humano, esta
realidad humana de la familia ha arraigado en el misterio
divino, en el misterio de Dios comunión.
Vosotros sois comunión, comunión
de las personas como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Sois comunión de las personas,
sois unidad. Sois unidad y no podéis no ser unidad. Si no sois
unidad no sois comunión; si sois en cambio comunión, sois
unidad.
Hay muchas familias en este mundo avanzado, rico, opulento que
han perdido la unidad, han perdido la comunión, han
perdido las raíces. He aquí que vosotros sois itinerantes para
llevar el testimonio de estas raíces; ésta es vuestra
catequesis, éste es vuestro testimonio neocatecumenal: así se
habla de la fructificación del Sagrado Bautismo.
Sabemos bien que el Sacramento del Matrimonio, la familia, todo
esto crece en el Sacramento del Bautismo, de su riqueza.
Crecimiento del Bautismo quiere decir crecer del misterio
pascual de Cristo. Por el Sacramento del agua y el Espíritu
Santo, somos sumergidos en este misterio pascual de Cristo que
es su muerte y su Resurrección.
Somos sumergidos para hallar la plenitud de la vida y la
plenitud de la persona, pero al mismo tiempo, la dimensión
de la familia - comunión de personas - para llevar, para
inspirar con esta novedad de vida los entornos diferentes, las
sociedades, los pueblos, los culturas, la vida social, la vida
económica... Todo esto es por la familia.
Vosotros tenéis que ir por todo el mundo a repetir que
todo es por la familia, no a costa de la familia. Sí, vuestro
programa tiene que ser plenamente evangélico, atrevido,
atrevido en testimoniar y atrevido en preguntar, en preguntar
delante de todos, sobre todo delante de nuestros hermanos,
delante de las personas humanas, delante de las nuestros
hermanos, a todas estas familias, a todas estas parejas, a todas
estas generaciones.
Pero también delante de los otros. Con este gran testimonio, la
familia en misión como imagen de la Trinidad en misión, se
tiene que llevar también antes que un programa diría
sociopolítico, socioeconómico. La familia es implicada en todo
esto y puede ser ayudada, llevada adelante, privilegiada o puede
ser destruida.
Debéis, con todos vuestras
oraciones, con vuestro testimonio, con vuestra fuerza,
ayudar a la familia, tenéis que protegerla contra la destrucción.
No hay otra dimensión en la que el hombre pueda expresarme como
persona, cómo vida, como amor, se tiene también que decir que
no existe otro lugar, otro entorno en el que el hombre pueda ser
más destruido.
Hoy se hacen muchas y cosas para normalizar estas destrucciones,
para legalizar estas destrucciones; destrucciones profundas,
heridas profundas de la humanidad.
Se hace mucho para arreglar, para legalizar. En este sentido se
dice proteger.
Pero no se puede proteger realmente a la familia sin entrar en
las raíces, en las realidades profundas, en su íntima
naturaleza; y su naturaleza íntima es la comunión de las
personas a imagen y semejanza de la comunión divina. Familia en
misión, Trinidad en misión.
Queridos, no quiero continuar,
no quiero alargarme. Os dejo estas reflexiones, que me vienen
tan espontáneamente. Hoy es el día en el que debe hablarnos
sobre todo la Sagrada Familia, y éste es mi humilde ruego: que
la Sagrada Familia de Nazaret, por nuestra asamblea, por
nuestros cantos por nuestras oraciones y también por esta mi
palabra, nos hable a todos.
Amén.
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